jueves, 9 de mayo de 2013

INCREIBLE... PERO CIERTO

¿Qué es “INCREIBLE… PERO CIERTO”?
Es una colección de relatos de cosas sucedidas en mi vida, o en mi presencia, que aún a pesar de los años que tengo y las muchas horas dedicadas para comprender y hallar una explicación racional, no lo he conseguido.
Y ha sido mi hijo, testigo de varios de estos sucesos, el que me ha hecho prometer que las reflejaría por escrito porque está seguro, según él, que a alguien le pueden ayudar a entender muchas de las cosas extrañas que en su vida ocurran.
No se porque a tanto no llego, lo que si se porque ya me ha sucedido, es que tras relatar alguna de ellas y cuando estábamos solos, se me han acercado algunas personas para darme las gracias por haber roto sus miedos, pues llevaban años teniendo dentro acontecimientos sorprendentes que llegaban a causarles trastornos físicos.
También puede ocurrir que al leer lo que escribo algún lector piense que son secuelas de la avanzada edad que tengo o relatos de una mente calenturienta que escribe con ánimos terroríficos.
Posibilidad que acepto y también las risas de alguno que se cree en posesión de la verdad y el conocimiento de un mundo, y una vida, en la que estoy comprobando que la mente es el más enigmático y sorprendente de los desconocidos.
Todos los relatos son tal y como están escritos porque en la mayoría he sido protagonista y de los otros testigo y si alguno hago referencia a terceras personas, éstas son para mi de total garantía porque con su relato en nada se beneficiaban además de ser testigo de su sufrimiento al rememorar ante mí los hechos.
Como al inicio digo, todo lo que cuento es “increíble  pero cierto” y que comienzo a recopilar en un domingo, día de San Juan, en que el viento del sur trae el calor de África y la sequedad del aire del desierto.

Bétera, veinte y cuatro de Junio del 2012
R.M.Abad
















INDICE


  1.- El sillón de la abuela Fina.
  2.- El Castell de Guadalest
  3.- Mazinger
  4.- En el cuarto de Chimo,
  5.- El viaje a Medellín
  6.- La casa de Mª Cristina
  7.- El friega suelos de Ingrid
  8.- Las visiones de Ecuador
  9.- La cisterna de Palleter
10.- El Cristo de la Vega 
11.- La luz de Palleter
12.- Las llaves en la puerta
13.- Mechi
14.- La puerta de Amelia
15.- Nueva Jersey
16.- El bastón de peregrino
17.- Dos noches despues
18.- El desodorante
19.- En el Siona
20.- En reanimación
21.- El pelo
22.- El día del entierro
23.- El palanganero
24.- En mi cama
25.- La casa de Amparo
26.- Las bofetadas
27.- Samuel
28.- La cama del chico
29.- Fuencarral
30.- La fotografia
31.- La esquirla
32.- Rosy
33.-
34.-
35.-
36.-










1.- EL SILLON DE LA ABUELA FINA
Era un sillón de mimbre trenzado primoroso con unos reposabrazos de curva suave en color miel, elaborado por un experto con buen gusto, que compramos para que cuando viniera la abuela se sentara en él y pudiera disfrutar del paisaje desde la terraza del chalet de su hija.
Traía para el asiento un delgado cojín de espuma enfundado en una tela rojiza.
Y lo comenzó a usar en exclusiva siempre que venia aunque hubo que comprar un nuevo cojín de más espesor porque se le dormía la parte de atrás por lo duro que era el primero.
Compré uno gris con flores lo más grueso posible y a partir de ese momento, la abuela no se quejó de nada.
Pasó el tiempo y ese sillón no lo usaba ninguna otra persona que no fuera ella.
En agosto tuve que entrar en la cárcel donde me pase dos años y medio antes de salir y poder regresar al chalet.
En ese espacio de tiempo, en junio del 82, falleció la abuela Fina y su hija me escribió dándome la noticia y la decisión de que ese sillón jamás se usaría mientras ella estuviera viva.
Salí en libertad y estuve por Valencia hasta el siguiente viernes, en que nos desplazamos los dos hacia donde vivía su hermana, donde se quedó para resolver alguna cosa y yo proseguí hasta el chalet al que llegué sobre las ocho y media de la noche de un día frío de enero del 83.
Abrí la verja y subí con el coche hasta la casa, lo paré y descendí para ir a abrir la cancela metálica de la casa y a continuación la puerta de madera.
Abrí la cancela, puse la llave en la cerradura de la puerta de madera y tras girarla, bajé la manecilla y la abrí  para encender la luz...
 Estaba todo a oscuras y antes de encender la luz, oí como crujía el sillón de mimbre igual que cuando la abuela se levantaba.
No tuve duda alguna de que se estaba levantando alguien porque  había oído ese sonido cientos de veces en el pasado.
Y mientras estiraba la mano hacia el interruptor y sin ninguna razón ni sin saber por qué, exclamé de viva voz: “Abuela, Li está en Ondara. Soy Raúl”
Encendí la luz y el sillón, que siempre había estado en la terraza o en el salón, estaba frente a la puerta pegado a la pared vacío y haciendo el mismo ruido que al abrir.
Lo miraba fascinado y perplejo y entonces me di cuenta de que el cojín que yo le compré estaba volviendo a la posición inicial como cuando se le quita de encima el peso que lo aplasta.
Lo miraba como hipnotizado aunque me moví hacia el y puse una mano encima del cojín y fue al tocarlo cuando se me erizaron todos los pelos de mi cuerpo porque el cojín estaba caliente.
Estábamos en enero y hacia más de una semana que el chalet estaba cerrado por lo que la sensación que tuve en el salón era de frío.
Sin saber por qué, volví a tocar el cojín, pero esta vez con ambas manos y de nuevo sentí que estaba caliente.
Pensé que Li tenia un gato aunque nada me había dicho, así que busque por si estaba en el salón y al oír abrir la puerta se había levantado y escondido.
Registrar el salón fue rápido pero no encontré al gato.
Pensé que podía estar en una de las habitaciones, pero todas tenían las puertas cerradas.
Estaba desconcertado pero encendí el fuego de la chimenea y mientras aguardaba que ella viniera, no paré de preguntarme el porqué había dicho esas palabras y qué podía haber causado el calor y el ruido oído tras abrir la puerta.
Tardo un rato y finalmente oí el coche así que bajé a cerrar la puerta de la verja y al regresar subimos los dos las cosas que traía.
Al llegar al salón le comenté que menudo susto me había dado el gato y con cara de sorpresa me contesto que ella no tenía gato en el chalet y preguntó qué había sucedido.
Entonces el sorprendido fui yo y le conté lo sucedido repitiendo las palabras que había dicho sin saber por qué y lo que había visto hacer al cojín.
Nos acercamos los dos y lo tocamos, pero estaba frío.
Fue tema de conversación aquella noche y durante mucho tiempo después sin haber hallado aún una explicación racional de lo sucedido.
Pasaron unos meses, no se cuantos, cuando una noche estaba leyendo un libro mientra ella se duchaba y en el silencio que allí reinaba comencé a oír cómo crujía el sillón como la vez anterior pero en esta ocasión, sin más, miré el cojín y pude ver como se hundía como si sobre él se estuviera sentando alguien.
Y como la otra vez, sin pensar y sin saber por qué dije: “Abuela, Li se esta duchando”.
Oí abrir la puerta del baño y desde dentro preguntarme: “¿con quien hablas?”.
“¡Sal y mira el cojín!” fue lo único que dije  y salió envuelta en el batín mirando hacia el cojín, instante en el que con lentitud comenzó a subir el cojín y el sillón a crujir.
Gritó “¡Mamá, mamá, mamá!” pero no se oía otra cosa que el crujir del sillón ni vimos más que cómo subía el cojín hasta recuperar la posición inicial.
Me levanté y dije de poner las manos encima los dos y después de hacerlo nos miramos en silencio porque el cojín estaba caliente.
No se durmió mucho esa noche y estos dos sucesos fueron tema de conversación durante mucho tiempo sin hasta ahora haber encontrado una explicación.

2.- EL CASTELL DE GUADALEST
Habíamos ido Li y yo a Guadalest para pasar el día y visitar todas las cosas hermosas que atesora ese pueblo perdido en la montaña alicantina.
Y salíamos de ver el cementerio, reducido casi como un pañuelo en tan poco espacio en la cima del castillo, por un sendero de cemento de un metro escaso de anchura caminando despacio y cogidos del brazo y al llegar a un lugar entre dos rocas que sobresalían desnudas, me quedé semiparalizado por algo que no veía.
Tropezaron conmigo los que me seguían al quedarme de pronto parado en el sendero y entorpecer el paso pero no podía moverme casi y tenia el vello de los brazos y el pelo de la cabeza completamente erizados, al mismo tiempo que comencé a jadear como si me faltara el aire.
Pasaron los que tropezaron y se me quedaron mirando y entonces Li giró su cara para mirarme mientras me preguntaba por qué me había detenido.
Intenté responder, pero sentía como agarrotada mi garganta mientras jadeaba buscando más aire.
Seguramente dijo algo pero me di cuenta que ella no entendía lo que decía y para que se percatara de que me pasaba algo, levante a duras penas los brazos con el vello completamente de punta mientras aumentaba mi sensación de muerte y la agonía..
Me miró asustada y tiró de mis manos para sacarme de aquel sitio y que los demás pasaran.
No paraba preguntando qué me sucedía, por qué los pelos estaban erizados y qué me ocurría que estaba jadeando.
Me hablaba para que me serenara y me pedía que respondiera, pero no podía hablar con claridad y balbuceaba, mientras el terror irracional y la agonía aumentaban impidiendo moverme por mi propia voluntad.
Yo miraba su cara y ella la mía viendo que estaba asustada ante algo tan extraño como lo que sucedía.
Y sin decir nada agarró mi mano y tiró con fuerza para moverme de donde estaba semiparalizado unos dos metros como máximo y a medida que salía de donde había estado parado desaparecía, como por ensalmo, toda aquella angustia, terror y paralización.
Me costó un poco dejar de jadear y conseguir que de mi garganta  salieran palabras comprensibles  aunque sin motivo aparente comencé a sudar aun a pesar de que no hacia calor.
Le explique lo mejor que pude todo lo que había sentido y experimentado y en sus ojos se dibujo la incredulidad y no me creyó
Insistí en que no mentía y solo obtuve un duro reproche convencida de que aquello había sido una broma de muy mal gusto que consiguió asustarla al ver la expresión de mi cara y el pelo puesto de punta.
Reiteré que de broma nada y que no imaginaba lo mal que lo había pasado.
Dije que hiciera lo mismo para que mirara con atención pero le rogué que si veía que se me ponía mala cara, que tirada de mi y me sacara.
Retrocedimos unos tres pasos y volví a situarme en el mismo lugar de antes y nada más llegar, volvió la sensación de angustia y todos los cabellos visibles a ponerse de punta.
No esperó más y cogiéndome del brazo tiró con fuerza hasta sacarme del sitio porque, como la primera vez, apenas podía moverme.
Salir y recuperar la normalidad del vello y del pelo, el poder hablar y poco a poco fue cediendo el jadeo, fue lo que sucedió.
Hablamos entre nosotros y comentamos que lo sucedido carecía de sentido, era inexplicable y desconcertante hasta el extremo de que comencé a sentir pánico.
Ella dijo de repetir la experiencia pero de distinta manera: andar con los brazos extendidos y con las palmas de la mano vueltas hacia el suelo.
Y dicho y hecho: extendí los brazos y primero introduje la mano y a medida que pasaba por aquella línea invisible se ponía de punta el vello.
Continué despacio metiendo el brazo y sucedía lo mismo.
Lo repetí varias veces: unas solo con los brazos y otras el cuerpo entero repitiéndose el mismo anormal fenómeno.
Y tan absortos estábamos que no nos dimos cuenta que empezó a reunirse gente que miraba sorprendido lo que me estaba sucediendo.
Los había que solo miraban, otros comentaban entre ellos y hubo uno que se puso a mi lado porque quería comprobar si a él le pasaba lo mismo.
Comencé introduciendo al otro lado de aquella línea desconocida las manos y se erizó el vello, introduje el antebrazo y lo mismo, luego el brazo y después el cuerpo.
Solo me ocurría a mí y aquel hombre que hizo lo mismo me miraba alucinado porque en él no le pasaba nada mientras que volvía a sentir la sensación de estar al borde de la muerte y tenía la cara desencajada.
Se había reunido más gente y escuché comentarios de todos los gustos al salir de aquel espacio donde estaba sucediendo lo inexplicable.
Me cogió del brazo para sostenerme mientras me recuperaba y nos alejamos y al volvernos vimos como entraban y salían de aquel espacio muchos de los que me miraron.
Fue tema de conversación durante el regreso, cuando se lo contamos a su madre y a su hermana que escuchaban incrédulas lo sucedido, cuando lo conté en el trabajo y después cada vez que alguien lo recordaba.
Pasaron varios meses, casi un año o el año completo, cuando volvimos acompañados de otra pareja tras un viaje a Alicante.
Y como quiera que se lo haba comentado a él, tras leer Castell de Guadalest en un cartel publicitario lo trajo a la conversación proponiendo que ya que estábamos tan cerca, fuéramos a comprobar si sucedía lo mismo.
Era domingo por la tarde y teníamos tiempo, así que no muy convencido por mi parte nos acercamos y mientras íbamos comentando las cosas tan sorprendentes que me habían sucedido porque según ellos admitieron, eran increíbles.
Estaba acostumbrado a que nadie me creyera, que muchos se guasearan sin recato y a escuchar de los más las sandeces mas peregrinas sobre un suceso que ellos no habían presenciado,  así que no les hicimos caso a nada de lo que decían.
Y llegamos a Guadalest, aparcamos el coche, aquello estaba semivacío y subimos relajados la calleja empedrada de la que habían desaparecidos los burros tan bellamente enjaezados y nos dirigimos en directo al camino de cemento hasta llegar a las dos piedras desnudas que llevaban allí milenios.
No estaba muy decidido a repetir la experiencia, pero pensé que ya que había llegado hasta allí, podría intentar averiguar si seguía repitiéndose el mismo fenómeno.
Me remangue la camisa y con lentitud fui introduciendo las manos primero y luego los brazos mientras miraba la cara de Pedro que me miraba asustado el ver todo el vello erizado y en sus brazos no notar nada..
Avisé para que me vigilaran la cara y al primer síntoma de sufrimiento que me sacaran como fuera e introduje todo el cuerpo.
Los pelos de la cabeza de punta, el jadeo tan violento como la otra vez y la sensación de muerte y agonía en aumento.
No podía volver la cabeza para mirar a nadie pero noté un violento empujón que me desplazo a un lado y las manos de Pedro que me sacaban a unos tres pasos.
No se como tendría la cara yo, pero Pedro y su mujer estaban lívidos con los ojos muy abiertos.
Mientras cesaba el jadeo y yo recuperaba el habla sentado en una de las piedras, se nos acercó un hombre muy anciano que se sorprendió al ver lo que estábamos haciendo.
Preguntó que qué nos pasaba y aunque pensé que me tomaría por idiota o cualquier otra cosa, le expliqué lo que me había sucedido ya en dos ocasiones distintas.
Como me mirara con incredulidad extendí el brazo hacia la zona e inmediatamente se erizó todo el vello del brazo.
Se quedó muy serio mirándome el hombre y me preguntó: “¿Sabe dónde está situado ahora mismo?”
Respondí que no y reiteré que no entendía nada del por qué me pasaba aquello.
Y comenzó a contar con la voz muy pausada algo aterrador sucedido durante la guerra civil en que en ese lugar existía un abismo al que arrojaban vivos a prisioneros políticos a los que se oiga gemir y suplicar hasta que el silencio indicaba que estaban muertos.
Nos miramos entre nosotros y no se quien de todos estaba más pálido y mas asustado.
Siguió diciendo que al acabar la guerra y llegar los vencedores, fusilaron a los asesinos que pudieron y a sus cómplices y extrajeron todos los restos que allí habían procediendo a tapar con viguetas y cemento el acceso y nunca más lo habían abierto.  
No estaba en el sito exacto, pero tras oír aquello, se me erizaron de nuevo los pelos sin saber por qué motivo.
Pasados unos instantes que estábamos en silencio, le dijimos adiós y salimos sin volver la cabeza atrás.
No hablamos mucho entre nosotros durante el regreso cada cual sumergido en sus pensamientos tratando de digerir lo que habíamos visto y oído.
Pasaron muchos años sin que volviera y cuando ya mi hijo empezaba a ser un hombre cogí el coche entre semana y lo llevé para que viera el castillo y recordarle todo lo que le había contado sobre lo allí sucedido.
Llegamos al sitio exacto, pero ya no sucedió nada.
Aquel lugar era como lo que lo rodeaba: belleza e historia.
Tengo 70 años cumplidos y debería tener escasos 35 cuando sucedió la primera vez, pero en todo el tiempo transcurrido no he logrado comprender por qué ni nadie ha sido capaz de darme una explicación satisfactoria.

3.- MAZINGER
Mazinger era el personaje de una serie de dibujos japoneses que emitían por la televisión y que había conquistado el alma de la chiquillería y como consecuencia de ello la industria había inundado el país con un muñeco que lo representaba.
Pero Mazinger era también el nombre con el que se  conocía en la cárcel modelo de Valencia, en la cuarta galería, a un chico joven con graves taras síquicas que estaba encarcelado por un hurto meno y que no habían admitido en un centro psiquiátrico.
Alto, huesudo y con la cara de un parecido asombroso al monstruo metálico de los dibujos de la televisión.
Poca es la piedad que hay en esos sitios por lo que era el receptor de las bromas más crueles, las puyas mas despiadadas, cuando no el recadero de los miserables que solo miraban a aquel muchacho como un objeto de diversión y era aquel trato tan vejatorio el que fue minando su afán de resistir y un día consultó sus miedos a un mal nacido que no se le ocurrió otra cosa que decirle que él en su lugar se suicidaría.
Yo estaba en lo que allí se denominaba “vestuario”, labor de entregar a los nuevos reclusos un jergón de borra de espuma con tanta suciedad  que el que quería no salir con picores e incluso sarna, tenia que acostarse vestido.
Pero eso es otra historia.
Un día, llevaría yo allí dentro unos cuatro meses, estando solo en “vestuario”, subió Mazinger a verme,  porque era tan inofensivo que le dejaban vagar como una res perdida por dentro de la galería mientras abusaban para que hiciera trabajos que no le correspondían.
Se plantó ante mí, con barba de muchos días, pelos desgreñados y sucios, ropas rotas y los pies deformados que tenia dentro de unas zapatillas que le habían dado y, para que le cupiesen los pies, las habían destalonado.
Llamo a la puerta y entrando me dijo: “Raúl, voy a suicidarme”
Y cogiendo una maquinilla Bic de mango amarillo, se hizo un corte en el monte de carne que hay bajo el pulgar en la palma de la mano izquierda.
Me lo quedé mirando para ver si brotaba sangre, pero de aquel corte no salía nada.
Y antes de que me levantara, volvió el muchacho a pasar la maquinilla con más fuerza y esta vez consiguió que salieran tres o cuatro gotas gordas.
Me acerqué, le di un trapo para que se secara la sangre y le dije que solo los cobardes se suicidan y que yo tenia la impresión de que el aún a pesar de lo que decían, el era un valiente.
Me miró sorprendido, y en su mirada se veía la inocencia de un niño, al preguntarme si de verdad creía que era un valiente.
Le respondí que si que lo creía y al oírme se puso a llorar.
Me acerqué y le puse la mano sobre un hombro y le pedí que me contara lo que le sucedía si creía que eso le haría bien y que siempre que necesitara hablar o desahogarse, que me buscara que le escucharía sin hacerle reproches ni preguntas.
Y su boca se abrió como la compuerta de un pantano lleno y narró lo que había sido una tragedia desde muy niño.
Malos tratos de su padre hasta que los abandonó, malos tratos de sus hermanos con burlas crueles y vejaciones, burlas en los colegios y en la calle.
Tristeza, desprecios y soledad que a duras penas compensaba su madre que salía de buena mañana a trabajar para sacar a toda la prole adelante.
Era un cuadro bien descrito del comportamiento de alguna familia, mejor dicho personas de una familia, a la que llega un hijo con un defecto físico o síquico.
Lo escuché en silencio mientras desgranaba su tragedia incluso la acaecida cuando estuvo en un centro oficial de internamiento de personas con minusvalías síquicas.
Trate de que se animara y le hable que por lo que estaba saldría pronto en libertad y cuando se despidió diciéndome “Raúl, tu si eres un amigo” añadió que iba a ir a ver a su madre.
Le pregunté si tenia visita ese día y dijo que no, que su madre trabajaba y no podía ir a verlo.
Me quedé un poco desconcertado y no me eche a reír de milagro pues si por su cabeza pasaba el fugarse de la Modelo de Valencia solo había conseguido salir un vasco, flaco como un hilo, acostado sobre el motor del camión de la basura y al precio de tener abrasado pecho, vientre y genitales y que fue descubierto en la calle debido a los aterradores alaridos que daba.
Salió y me olvidé del asunto.
La vida siguió con la monotonía de siempre, con las bajezas acostumbradas y la actuación de muchos funcionarios que se merecían más estar en la cárcel que muchos presos que habían entrado por verdaderas tonterías que no delitos.
Se hacían dos recuentos, uno por la mañana, tras tocar diana y otro por la noche antes de cerrar celdas y apagar las luces de las celdas.
No recuerdo qué día de la semana era, pero en el recuento de la noche, antes de cerrar las celdas, estábamos todos.
Aquella cárcel estaba en el 80 más que sobrecargada hasta el extremo de que estábamos en la misma celda cuatro internos con 17 pies del 45 de largo y 13 pies de ancho, a descontar el espacio que ocupaba el lavabo y el inodoro.
Si es verdad lo que describo, también lo es que a los que tenían alguna tara síquica, los ponían solos porque siempre pensaban que podrían atacar a otros internos.
La cuestión es que aquella noche estábamos todos y dieron el toque de clarín que lo confirmaba.
Y tocaron diana al día siguiente e hicimos las camas y recogimos aquello un poco mientras aguardábamos que nos abrieran las puertas para hacer el recuento.
Y empezó el recuento.
Pero empiezan a oírse voces y un cierto revuelo inesperado y comenzaron a cerrar las puertas de las celdas de nuevo.
Estábamos “chapados” y no teníamos ni idea de lo que pasaba.
Las voces continuaban y de vez en cuando se abría una celda y se cerraba de nuevo con un golpe seco.
Y pasa diez minutos, después otros diez y después media hora más sin oír la corneta que confirmaba  a cuatro las galerías que estábamos todos.
Abrieron la puerta de la celda y sin salir nos dieron el pan y el café con leche y nos volvieron a encerrar.
Y pasa una hora, y otra hora más y allí nadie tocaba la corneta porque no salía el recuento.
Al final suena la corneta, casi tres horas después, nos vuelven a abrir de nuevo y al patio.
Y fue allí donde comenzaron a oírse rumores de que el que faltaba un preso.
Aquello corrió como la pólvora por el patio de la cuarta galería y es indescriptible lo que se dijo cuando uno que abría las celdas, los funcionarios se ensuciaban las manos, aseguró que quién había desaparecido era Mazinger.
Repartieron la comida y tras la “siesta” volvimos de nuevo al patio y fue en ese lapso cuando me vino a la memoria lo que me había dicho Mazinger que quería ver a su madre.
Durante el patio,  hacinados como borregos y sentado en el santo suelo, pensé muchas veces en lo recordado, pero fui incapaz de encajar el deseo del muchacho con el hecho de haberse fugado.
Oí las más peregrinas razones de fuga, de cómo escapar por los desagües, oí de todo menos sobre la posibilidad de haber huido montado en el bigote de una gamba.
Radio macuto funciona en las cárceles con interferencias varias pero con noticias frescas y verdaderas.
La noche anterior el preso que cierra las puertas en presencia del funcionario vio a Mazinger dentro de la celda, cerró la puerta y la aseguró el funcionario girando la llave en la cerradura. 
Pero al hacer la operación inversa a la mañana siguiente, la celda estaba vacía.
Alguno puede que pensara en un milagro, otros en que el funcionario podía estar tan borracho, no seria la primera vez que pasaba, que lo había metido en otra galería o en las “americanas”.
Solo los sensatos pensamos que, no sabíamos cómo ni cuándo, se había fugado.
Fue tema de conversación entre los cuatro mientras aguardábamos que nos apagaran la luz y entre la panoplia de sugerencias había de todo, desde las más peregrinas a las más estúpidas, de las más fantásticas a las más gilipollas. Nos quedamos en silencio y finalmente me quedé dormido.
Y al día siguiente la misma rutina: diana, limpieza y recuento.
Todas las celdas abiertas menos la de Mazinger que estaba vacía.
Suena la corneta de conformidad en el recuento  y a continuación empieza a oírse aporrear una puerta de manera violenta.
Se oye con claridad gritar  al funcionario: “¿Numero?” y al cabo de unos segundos  se oye la respuesta fuerte de: “412”.
La “412” era la celda 12 de la planta baja de la cuarta galería y…¡¡¡¡la de Mazinger!!!!!
Supongo que algún funcionario abrió con un poco de miedo la puerta, pero tras abrirla, allí estaba Mazinger  con la ropa limpia y afeitado.
El funcionario no se lo podía creer y lo metió de un empujón hasta el fondo de la celda, salió, cerro la puerta y giró la llave.
A gritos cerraron de nuevo las puertas y allí nos quedamos sin saber que decir entre nosotros: no nos  creíamos lo que había sucedido.
Nadie pensaba en el desayuno y cada uno se inventaba una historia tratando de dar explicación a lo sucedido y cuando me cansé de oír idioteces supinas, dije que lo más probable que habría  sucedido era que la anoche anterior encontraran a Mazinger que se habría escondido, lo encerraron de nuevo en la celda y no se lo habían comunicado al funcionario, cosa muy inverosímil y cogida por los pelos porque era el mismo que entró a las nueve de la mañana del día anterior, después de la desaparición, y salía a las nueve de la mañana de hoy.
Luego supimos por el preso que abría las puertas que al abrir la de Mazinger, el funcionario se puso pálido y estaba sorprendido.
Por fin abrieron de nuevo, nos dieron el desayuno y al patio, majada de presos en la que permanecíamos, con frío, con calor, mientras no lloviera a cántaros.
Me llamaron para que preparara un jergón para que lo llevara a “las americanas” y allí me encontré a Mazinger con señales inequívocas de haber sido apaleado sin compasión. Les llaman “las americanas” porque son como se ven en las películas, pero con una  diferencia significativa: las de allí están en el interior y éstas dan a un patio.
Si una imagen las describe con exactitud es la de una jaula de animales en un zoológico.
En invierno estaban helados y en verano asados y no protestaras porque te podían echar agua al jergón en invierno.  
Llevar a un hombre allí era certeza de apaleamientos, humillaciones cuando no salvajismo con rotura de huesos, mandíbulas cuando no prótesis.
Y acompañado de un funcionario llego, le abre la puerta y le tiro el jergón dentro.
Estaba tirado en el suelo gimiendo quedamente como un animal apaleado.
Pasaron los días y como una semana después, me ordenaron ir de nuevo a “las americanas” a recoger un jergón: era el de Mazinger pero ya no estaba allí.
Lo había “chapado” de nuevo en su celda y se le entregaba la comida, el desayuno y la cena pero no salía.
Me enteré luego: estaban aguardando a que desaparecieran las señales de la paliza que le habían dado entre tres funcionarios por escaparse según ellos.
Y pasaron más días y un día, por fin, sale al patio y, como era natural, todos a preguntarle cómo se había podido escapar y él venga a contar sandeces a todos los que le preguntaban dándose  ínfulas de héroe.
Pero una mañana entra en “vestuario”, se sienta y le pregunto  cómo estaba y entonces se pone a llorar como un niño aun a pesar de medir casi dos metros.
Le dejo que se serene y le digo que me cuente si le han pegado y me dice que si porque no creían lo que el les había contado y pensaban que les engañaba y querían averiguar el escondite donde estuvo.
Le digo con suavidad que si me lo cuenta yo le creeré además no decir nada a nadie.
Me miró agradecido y me dijo, como la cosa más normal del mundo, que  después de la cena se había puesto a pensar en su madre y las ganas que tenia de verla con los ojos cerrados y en un instante, cuando los abrió, estaba en la cama de su casa y se sintió tan cansado que se quedó dormido.
Me lo quedo mirando atónito y le digo para que no se asustara: “¿y no te oyó nadie?”
“No, me responde, mi madre estaba durmiendo”.
“¿Tampoco se dio cuenta al levantarse?”.
No entró en el cuarto porque sabía que estaba en la cárcel y yo no la oí levantarse y salir.
“¿Tampoco tus hermanos?”
“No, no había nadie”
Le pido que siga y me dice que cuando regresó su madre por la tarde de trabajar se asustó mucho al verlo y le gritó si se había fugado de la cárcel contestando el que no, que solo quería ir a casa y estar con ella.
Y entonces su madre le hizo que se duchara, se cambiara de ropa y se afeitara y se acostara  mientras ella iría a llamar a la cárcel para que fueran a buscarlo, pero el se negó poniéndose muy nervioso diciéndole a su madre que le iban  a pegar.
Entonces su madre le preguntó cómo le habían dejado salir y el se lo contó, quedando su madre más asustada que antes, por lo que para que el no saliera huyendo como decía, su madre le dejó dormir esa noche y al día siguiente lo acompañaría hasta la cárcel para decir lo que había pasado.
A estas alturas del relato estaba cada vez más sorprendido y desconcertado y solo me quedaba por saber cómo había regresado a la cárcel.
Dijo que su madre le había hecho jurar que no se fugaría esa noche y que durmiera para ir los dos al día siguiente juntos a la cárcel.
Que regresó el hermano que lo odiaba que incluso le pegó cuando él trato de explicar lo sucedido y que gracias a su madre no le pegó más.
Se acostó y antes de dormirse cerró lo ojos y deseó regresar y cuando los abrió estaba en la celda “412” sentado en su litera y se quedó dormido.
Que cuando tocaron diana se despertó pero a la vez que no le abrían la celda tras el recuento, fue cuando se puso a dar golpes y al pedir “¿Número”? lo cantó.
Que, cuando nos sacaron al patio, lo apalearon para que dijera donde había estado escondido y quien era su cómplice que lo había vuelto a encerrar en la celda, pero que siempre les dijo la verdad de lo sucedido pero no le creyeron.
Recuerdo que le comenté que no era eso lo que contaba en el patio y me dijo que a mi sabia que me podía decir la verdad y que le creería.
La verdad es que no parecía la misma persona en aquellos momentos que la que se veía por la galería y el patio.
Oyéndole hasta parecía normal y creíble lo que había contado aunque personalmente no creyera nada y me resultara inverosímil.
Le dije que pronto saldría en libertad y que no se preocupara y que cuando estuviera fuera, que no se metiera en líos.
Y un día fue puesto en libertad y jamás lo volví a ver.
Yo estuve varios meses más antes de que me trasladaran a Murcia y aún no estando él ya, la historia de su fuga fue sufriendo añadidos y sandeces hasta quedar transformada en un galimatías.
No es frecuente que los funcionarios hablen con los presos, pero en eso como en todo, siempre hay excepciones.
Se llamaba Emilio, era delgado, con gafas y calvo, pero de trato exquisito y educado, cosa rara en ese gremio.
A veces hablaba conmigo sobre mi experiencia en el mar y yo le enseñaba pequeños trucos para saber el tiempo que haría al día siguiente y como capear si el mar se alborotaba.
Y así como el que no quiere la cosa, un día salió a relucir Mazinger.
Charlamos y como si fuera una cosa de broma le conté la versión que el muchacho me había dado sobre su desaparición y empecé a reírme, pero observé que él estaba serio mientras escuchaba.
Cuando acabé convencido que había dicho lo que no debía o tocado un tema delicado, me dijo que debía darle mi palabra de honor de que no comentaría a nadie lo que iba a decirme.
Me quedé sorprendido y en silencio, pero ante su mirada interrogadora le juré que no diría nada de lo que escuchara a nadie.
 “Raúl, lo que le ha contado Mazinger tiene que ser verdad y estoy en desacuerdo con lo que después le hicieron, porque en la mañana en que apareció dentro de la celda, también vino  su madre contando lo mismo y asustada porque su hijo había desaparecido esa noche y ella, al levantarse, él ya no estaba. Habló con el jefe de servicios y lo que dijo es lo mismo que el muchacho y para que no quedara duda alguna, ella traía la ropa que el llevaba en la cárcel y confirmó que la ropa que traía se la había dado ella para que volviera limpio. Yo, Raúl no se qué paso ni tengo explicación a lo sucedido, pero le juro por mis hijos que la verdad tiene que ser la que contó aquel muchacho, es más , pondría la mano en el fuego que ese muchacho hizo lo que dijo”.
Me lo quede mirando y no comenté nada.
Hoy, treinta y dos años después, no  he vuelto a ver a Mazinger ni al funcionario, pero no hay vez que pase por la cárcel modelo  que no venga a mi mente aquel suceso.
Sigo pensado, después de hablarlo disfrazado con otros que saben más que yo, que todo sucedió como dijo Mazinger y que aquello no fue una fábula bien planteada.

4.- EN EL CUARTO DE CHIMO
Chimo estuvo durmiendo en el cuarto que antes era de mi hijo durante año y medio cuando regresó de Mallorca por no tener trabajo.
Allí hay un armario empotrado de cuatro puertas y que es donde guardamos nuestra ropa, por lo que la entrada a dicho cuarto solo era para colgar o retirar las prendas que necesitábamos.
Tiene una cama individual de 90 cm de ancho con un colchón especial.
Mientras el ocupaba ese cuarto, yo dormía en el suelo del pasillo para aprovechar la ligera corriente de aire que circulaba desde la ventana abierta de la cocina a la puerta del garaje, lo mismo en verano que en invierno.
Entonces estaba en la fase más aguda de mis problemas pulmonares y de ahí que fuera él quien durmiera en el cuarto, que es interior con una claraboya en el techo y sin ventilación directa.
Y un día, sin más, decidió dejarnos porque se había buscado una casa y quería vivir solo, cosa normal para un hombre de 30 años y con bastantes ansias de mujer.
Arreglamos el cuarto, le puse un desodorante para que eliminara el olor a tabaco y lo dejé unos días con una fuente con vinagre que consiguió por completo eliminar el penetrante olor.
Y una noche, no me acuerdo cuando, me hice la cama y me acosté en la cama tranquilamente con la ventaja añadida que me podría levantar mejor que estando en el suelo.
Siempre he sido de mal dormir y conciliar el sueño requiere bastante rato, por lo que me entretengo rememorando cosas, pensando o, simplemente,  aguardo a que llegue el sueño.
Estaba con los ojos cerrados pero despierto, de eso estoy seguro porque lejana oía las voces de los que hablaban en la televisión, cuando noté el aliento en la cara de una persona.
Así que abrí los ojos convencido que había sido mi hijo que venia a ver como me encontraba y no le había oído abrir la puerta al hacerlo despacio.
Y con la luz que se filtra por la claraboya proveniente de la escalera más la de alguna cocina pude comprobar que no era mi hijo el que estaba junto a mí sino una figura nebulosa de aspecto humano de un hombre de unos cincuenta años calvo y demacrado que me miraba sorprendido a la cara.
No sentí miedo pero si una sorpresa tremenda que creció al máximo cuando acercó su cara a la mía y volví a notar su aliento.
Lo miré fijamente pero no dije nada aunque pensé que a quién estaba buscando era a Chimo, porque yo no tenía idea de quién era esa cara ni lo había visto  en mi vida, por lo que me convencí que había venido a visitar al anterior inquilino de la habitación.
No era mucha la luz que se filtraba de arriba pero si la suficiente como para ver que se acercaba de nuevo a mirarme y fue en ese momento cuando pude darme cuenta de que no se veía un cuerpo entero, que a través de esa forma vaporosa seguía viendo las puertas del armario y que surgía de la nada desde medio cuerpo para arriba.
Debió quedar convencido de que no era a quien buscaba porque comenzó como a retorcerse y se fue difuminando hasta desaparecer por completo.
Me incorporé y encendí la luz, pero allí no había nadie y las puertas del armario y la de entrada a la habitación estaban cerradas y seguía escuchando las voces de la televisión en la cocina.
No llegué a sentir miedo, pero si uno de los desconciertos más grandes de mi vida, pues aunque pienso que hay otra vida después de ésta, jamás me había sucedido nada parecido.
Que tardé en quedarme dormido dándole vueltas a lo presenciado no necesito jurarlo pero al final me quedé dormido.
Me levanté y volví a pensar en ello pero decidí no decir nada a nadie.
 Paso el día con normalidad y no me preocupé en ningún momento lo sucedido la noche anterior, así que cuando llegó la hora de acostarme eso hice y en la misma habitación.
Y esta vez si estaba durmiendo cuando el aliento desde cerca y caliente sobre  mi cara me despertó y al abrir los ojos di un respingo y me aparté porque tenia más cerca de mi cara la misma forma y figura de la noche anterior.
Se separó lo que parecía la cara sobre medio metro y en ella se reflejaba una expresión de sorpresa como si le extrañara encontrar en la cama a una persona distinta a la que buscaba.
Recuerdo sus ojos sorprendidos, el movimiento cuando respiraba de aquella neblina que conformaba el medio cuerpo que se veía.
Yo me había apoyado sobre el codo derecho y miraba entre asustado y sorprendido lo que estaba frente a mi y vi como a partir de ese instante desaparecía, como lo hace la niebla al sol, por completo.
 Era de madrugada cuando sucedió en esta segunda noche, pero aunque estaba seguro que todos dormían, me levanté y mire donde mi hijo estaba y la puerta donde duerme su madre y aproveché para revisar toda la casa: no había nadie.
No quise despertar a nadie pero en la cama estuve sin dormir y vi amanecer el nuevo día.
No sabía que había ocurrido, quién era el personaje ni por qué venia.
Me levanté como todos los días pero no lo conté tampoco.
Lo que si hice a la noche siguiente fue poner como pretexto que no respiraba bien en el cuarto y volver a dormir en el pasillo, lo que seguí haciendo hasta que pude hacerme con otra cama
Pasaron unos meses, no se cuantos, y coincidiendo con la cena de Nochebuena, vinieron los hermanos de mi hijo a cenar con nosotros y tras el postre y paladeando un poco de vino dulce, dije que ahora que estábamos todos les iba a contar algo que ellos no sabían.
Y relaté lo mismo que he escrito más arriba.
La cara de susto de la madre y de mi hijo y la de sorpresa de Concha y Chimo no es descriptible pero se quedaron en silencio y no respondió ninguno mientras me miraban incrédulos.
Al final Chimo dijo que a él no lo visitaba nadie mientras estaba en esa habitación y fue Concha la que cambiando de color dijo que la descripción que daba de la figura se parecía mucho a la de su padre y fue cuando me fijé con mas atención en los rasgos de Chimo y los de aquella figura se le parecían muchísimo, pero no hice ningún comentario al respecto.
Poco a poco se fueron animando a hablar y se dijeron las cosas más chuscas que imaginar se pueda,  majaderías dignas de premio y se terminó por decidir que los que  vinieron de visita y se iban a quedar a dormir, para comer juntos el día de Navidad, se iban a dormir cada uno a su casa y regresarían al día siguiente para comer.
Comenté que si tenían miedo yo dormiría en ese cuarto, pero con elegancia sostuvieron que era mejor irse para no molestar demasiado, así que cogieron las bolsas y en su momento se fueron.
No tengo ni idea quién era el personaje porque ni una sola foto conservan los hijos de él por lo que me es imposible decir si se le parecía a lo que ví.
Han dormido después más personas en esa cama y nadie ha hecho comentario alguno, pero los que no hemos vuelto a acostarnos allí hemos sido mi hijo y yo: el por miedo y yo por la acojonada que me entró después de sucedido tras analizarlo son calma.

5.- EL VIAJE A MEDELLIN 
Tengo que decir desde este momento que jamás he estado en Colombia y que no tengo ni idea si lo que describo es real, pues solo tengo la información obtenida de forma inexplicable y por el procedimiento que a continuación, tras un breve paréntesis, describo.
Ingrid es una bella catedrática de la universidad San José de Bogotá a la que conocí a través de una página de contactos y que dio comienzo a una buena amistad primero y posteriormente a un sentimiento.
Nuestro medio de comunicación era a través de Internet.
Cuando “percibía”, sin saber cómo ni por qué  que estaba deprimida o necesitaba hablar conmigo, la llamaba por teléfono y se tranquilizaba.
Durante un tiempo me estuvo hablando de un próximo viaje desde la universidad a Medellín, donde debían asistir a una convención o lo que fuera y, de paso, visitar el suburbano de la ciudad recién inaugurado y que, según le habían comentado, era una maravilla técnica que ella no conocía al carecer de él Bogotá.
Y por fin llegó el día de la partida y allá que se fue en un autobús fletado por la universidad.
Por aquel entonces la diferencia horaria entre España y Colombia era de siete horas por lo que  sobre las  seis de la tarde de aquí eran las once de la mañana en Colombia.
Estábamos sentados frente al ordenador leyendo mi hijo y yo cuando le digo sin ton ni son: “Ingrid va en un autobús sentada en el lado izquierdo en el sentido de la marcha junto a una mujer que va durmiendo y encima en la red lleva una bolsa blanca”
Me miró incrédulo y en sus ojos leí que dudaba de mi estabilidad mental.
Saqué el número de su celular y marqué en el teléfono fijo que tiene manos libres para que mi hijo oyera lo me iban a contestar.
Sonó  la llamada y al momento la alegre voz de ella riéndose y feliz porque la llamara.
Le pregunté si podía hablar y si me oía bien, siendo su respuesta de que perfectamente.
Entonces le rogué que me prestara atención que quería decirle preguntarle algunas cosas.
Dijo que de acuerdo y comencé
“Vas vestida con un pantalón largo blanco, llevas una chaqueta clara, vas sentada en el lado izquierdo del autobús según el sentido de la marcha, es una carretera re cien asfaltada y de doble carril, estas atravesando una zona selvática con árboles gigantescos de hojas muy verdes y grandes, lleva el autobús la televisión encendida, estás sentada junto al pasillo en el centro, más o menos, del autobús, en la red porta equipajes hay una bolsa como de lona blanca, la mujer que va sentada a tu lado junto a la ventanilla está durmiendo y ronca y…”
“¡Raúl, Raúl, es verdad! ¿Pero cómo lo sabes?”
Entonces dejó de reír y se quedó callada  unos segundos hasta que preguntó sorprendida: “¿Cómo era posible que sepas todas esas cosas?”.
Mi respuesta fue muy sencilla:
“¡No lo sé, solo sé que ahora mismo os cruzáis con un camión muy largo cargado de troncos de árboles gigantescos!”
“¡Es verdad, es verdad!”!
Le dije que la llamaría más tarde, que la quería y colgué.
Volví la cara para mirar a mi hijo y estaba pálido y sorprendido.
Al cabo de unos instantes me preguntó: “Papá, ¿cómo lo haces?”
Le respondí que esas imágenes se me formaban dentro de mi cabeza sin saber cómo ni por qué y que era la primera vez que eso me pasaba.
No sé si me creyó, pero le estaba diciendo la verdad.
Y sigo sin comprender por qué sucede ni cómo.

                                   6.- LA CASA
DE Mª CRISTINA
Mª Cristina vive en Argentina, exactamente en la ciudad de Santa fe, cuna del calor más sofocante y patria de los mosquitos, según versión original de la propia interesada al que transcribe lo sucedido.
Nos comunicábamos mas de tres años a través de Internet y entre nosotros se había consolidado una buena amistad como la que se puede tener a través de este medio, llegando nuestra confianza a ser, cada uno en su momento, el confesor y paño de lágrimas de las cuitas de cada uno cuando hay dolor y soledad.
Pocas veces conectamos la cámara para vernos porque ella tenía un cierto complejo relacionado con su físico y que yo no comprendía tras ver una foto reciente de ella con sus nietos.
No era muy alta, de turgentes senos, labios sensuales y ojos oscuros y profundos.
Pero una noche, estando solo frente al ordenador y sin saber por qué como cada vez que me ha sucedido, le ruego que me preste atención y le digo:
“Llevas una zapatillas negras con una flor encima, una especie de leotardos de color negro, tu ropa interior es de color carne y el sujetador primoroso, un pantalón oscuro pero ancho y una chaqueta o rebeca negra con unos bordados de intenso color a la altura del pecho, en la habitación que estás hay una cama de matrimonio con una colcha de encaje primoroso y en la de al lado una cama individual con una colcha oscura, tu cuarto de baño tiene una bañera grande, in bidé, un lavabo y un pequeño armario empotrado, es una casa de una sola planta que no esta en línea con la calle, sino que tiene un jardín delante y a la parte de atrás, hay una pequeña piscina vacía”.
Fue después de escribir todo lo puesto cuando me percaté que se había desconectado.
Esperé un rato grande y al no volverse a conectar, me acosté.
Al día siguiente, al conectar el ordenador, tenia un correo en el que me decía que se había asustado tanto al leer lo que le había escrito que se desconectó y que no le pareció correcto que me dedicara a verla desnuda.
Al leer esto último, me quedé muy sorprendido porque en momento alguno yo la había visto sin la ropa con que cubría las prendas íntimas y mucho menos desnuda.
Así se lo escribí porque era la verdad aunque esto parezca imposible.
Dije que todo el mundo puede imaginar, vestida o desnuda, a otra persona y que la imaginación no se controla, pero que lo que sucedía de poder ver  sin una voluntad manifiesta por mi parte, es que veía pero jamás cuando quería.
No se si me creyó, pero era la verdad lo que estaba diciendo.
Y pasó mucho tiempo hasta que nos volvimos a comunicar y cuando se reanudó, era ella la que me pedía que tratara de ver, o adivinar, cómo iba vestida.
Repetiré una vez más que sigo sin comprender por qué puedo “ver” ni cómo, pero los porcentajes de aciertos llegaron a una cifra superior al 85%.
Pero un día cesó y ya relacionado con esa mujer jamás volví a ver

7.- EL FRIEGA SUELOS DE INGRID
Eran cerca de las diez de la noche de un sábado cuando estábamos hablando por Internet Ingrid y yo sobre temas que ya no recuerdo.
En un momento dado empiezo a oler de una forma intensa a lavavajillas y sin dejar de escribir le dijo a mi hijo que está en la cocina qué ha ocurrido que huele tanto.
La respuesta de mi hijo fue que no ocurría nada, pero era tan intenso el olor que percibía que me levanté para ir a la cocina a ver que podía haber pasado.
Le ruego a Ingrid que espere un momento que debo ir a la cocina.
Me levanto de la silla y, antes de haber recorrido tres metros, el intenso olor desaparece, dejándome sorprendido, pero continúo mi camino hasta la cocina.
Reviso la cocina y todo está perfecto y compruebo que allí no huele a nada, lo que le comento a mi hijo y me pregunta qué es lo que me pasa.
Se lo explico y ante su incredulidad le digo que me acompañe al ordenador y eso hace.
Caminamos por el pasillo los dos sin que oliera a nada hasta que llegamos a unos tres metros del ordenador donde vuelvo a percibir con toda intensidad ese olor.
Me vuelvo a mi hijo y el mueve la cabeza y me dice de viva voz que allí no huele a nada.
Le digo que el olor a lavavajillas es tan intenso que había pensado que lo podía haber tirado al suelo la gata en sus subidas para asomarse por la ventana trasera.
Me dice que la gata no está y que el no huele nada y que como he revisado la cocina me convenza de que no huele a nada.
Nos sentamos e informo a Ingrid de lo ocurrido haciendo incidencia en que yo si huelo pero que mi hijo no huele a nada
Me comenta que es muy extraño y que si sigo oliendo tan intenso sin que haya nada, que revise a ver si hay algo en la despensa que se ha caído.
En eso momento le comento que es tan intenso el olor que yo juraría que más que lavavajillas es de un friega suelos.
Me vuelvo a mirar a mi hijo que lee lo que escribo y sin preguntarle me contesta que el no huele nada.
Hubo unos instantes de silencio y en la pantalla del ordenador aparecieron estas sílabas:
JAJAJAJAJAJAJA que ocupaban una línea entera.
Nos miramos el chico y yo perplejos porque no comprendíamos a qué venia tamaña respuesta, así que le pregunté por qué había escrito eso.
Tardó unos momentos en contestar y su respuesta fue esta:
“¡Es que Kata (su hija) quería echar friega suelos en un cubo y se le ha caído la botella haciendo un charco!”.
Mi hijo y yo nos quedamos atónitos sin comprender como era posible que oliera a más de 14.000 kilómetros algo que terminaba de suceder.
Unos minutos después escribió en la pantalla esta simple frase:
“¿Cómo es posible que lo hayas olido?”
Y sin titubear un solo segundo respondí que ya el olor había desaparecido y que no comprendía nada de lo sucedido.
Fue la primera vez que me sucedió.
8.- LAS VISIONES DE ECUADOR
Hablaba un día por el Messenger con Si… y le comentaba, perplejo aún, lo que me había sucedido de percibir el olor de un friega suelos en una casa que no conocía de Bogotá y que no hallaba razón alguna que lo explicara.
Se quedó sorprendida y más aún cuando le comente que había visto a la misma persona del friega suelos mientras realizaba un viaje en autobús por una carretera desconocida de su país.
Me preguntó si le estaba tomando el pelo y le respondí que no, que estaba tan sorprendido como ella, que era la primera vez que me ocurría y que no comprendía nada.
Preguntó si hacia mucho tiempo que me sucedía “eso” y le respondí que no, que solo en dos ocasiones había “visto” cosas que desconocía y otra en que olí el friega suelos.
Quiso saber si estaban cerca de aquí y se quedó con la boca abierta cuando dije que una era en Santa Fe, Argentina, y la otra durante un viaje a Medellín, Colombia, y lo que olí fue en una casa que no vi, en Bogotá, propiedad de la persona que vi viajar.
Hablamos largo rato sobre el tema y en un momento dado preguntó que si ella me decía el nombre de una persona o el de un lugar, podría ver algo.
Contesté que no lo sabia, pero que sobre todas las cosas tenia que tener en cuenta que en momento alguno controlaba la situación y que lo que  surgía en mi mente, sin saber cómo ni por qué, era lo que describía, u olía, sin tener la certeza de que lo visto u olido tuviera comprobación.
Contestó que más que nada lo que quería era explorar las posibilidades de mi mente, o más bien, la capacidad de percepción mía a distancia.
Dije que si se conformaba con eso, no tenía inconveniente en intentarlo, pero que no en aquel momento porque me encontraba cansado.
Quedamos de acuerdo en empezar al día siguiente.
Antes de proseguir con el relato de lo acontecido, desconcertante como mínimo, quiero puntualizar que las “visiones”, no encuentro otra palabra mejor para describirlo, se fueron desarrollando a lo largo de muchos meses y que suman unos cientos que conserva grabadas la interesada.
Y lo más inaudito de todo esto es que hubo alguna, las menos, en las que captaba con nitidez lo que pensaban algunos personajes y en el caso de una mujer aborigen  muy anciana, tuve verdaderas conversaciones telepáticas sobre un personaje que Si… conocía personalmente, a la que, de forma simultanea, veía físicamente en la cocina de donde vivía.
Pero si durante un tiempo las “visiones” quedaron como hechos sorprendentes, el estupor llego al máximo cuando pasados unos meses, Si… me hacía llegar fotografías del pueblo, de las casas, de los caminos, de los personajes, de las calles que coincidían, casi exactamente, con lo que había descrito anteriormente.
Repito que fueron cientos, pero solo voy a plasmar unas cuantas en las que quede de manifiesto que son casi exactas a como las vi y en un caso concreto con algo tan increíble como fue que el hecho “visto” acaeció en otro país distinto a Ecuador.
Pero si anómalo fue el proceso de inicio y más anómalo el desarrollo a lo largo de los meses, lo que es incomprensible del todo es que un día, sin más, deje de ver nada de ese país, de esos personajes y que aún a pesar de haberlo intentado más veces, en mi mente no se forman imágenes de ningún tipo
 
A.- En el bosque.
Recuerdo que ella me dio el nombre de una persona a la que conocía personalmente y con la que mantenía una buena amistad.
Fue leer el nombre de la persona y en mi mente apareció un lugar poblado de árboles tropicales por entre los cuales discurría una carretera de machaca que desaparecía tras una curva.
Observé que entre los árboles había tres hombres escondidos  vestidos con ropas manchadas de trabajo y los tres iban tocados con sombreros, teniendo dos de ellos bigote.
Uno estaba de pié y no paraba de mirar a un lado y al otro del trozo de carretera que se veía en ese lugar, mientras los otros dos permanecían sentados sobre unos  fardos cuadrados pequeños.
Yo lo veía todo desde arriba de la imagen, como si flotara en el aire aunque en momento alguno tuve esa sensación de ingravidez: simplemente estaba allí y miraba.
En un momento dado debieron oír un ruido, o un claxon o lo que fuera, porque el que esta en pié miró hacia el camino y los otros dos se levantaron.
Un momento después apareció un coche negro grande por una de las curvas, que al llegar a la altura del hombre que había estado siempre de pie y salido al camino, se detuvo.
Habló  a través de la ventanilla con alguien y mientras aparecieron los otros dos cargados con los fardos que depositaron en el maletero tras abrirlo, regresando de nuevo a los  árboles para cargar  sendos paquetes que dejaron en el mismo sitio y cerraron el maletero.
El coche reanudo la marcha y ellos desaparecieron entre los árboles, desapareciendo también la “visión”.
Si… me aseguro que eso no tenía de sentido para ella y mi respuesta fue que para mi era un galimatías, aunque pensaba que nadie carga nada entre medio de un camino en el bosque si no tiene el máximo interés en no ser visto
Pero pasó como un mes y medio, o dos meses, cuando me preguntó si recordaba “aquello” que había visto entre los árboles, respondiendo que si.
Me comentó que la persona que conocía no se hablaba con su familia porque no estaba de acuerdo con ellos porque traficaban con drogas
No se el tiempo que había pasado desde aquel hecho, pero un día llegó a mi correo una serie de fotografías de las fiestas de un pueblo y entre las muchas personas que allí aparecían había dos que juraría eran los que cargaron en el coche los bultos en aquel camino.
Me dijo que eran familia de su amigo.

B.- En una casa de madera
En otra ocasión me escribió el nombre de una mujer sin darme otro dato que creía era la esposa de su amigo, pero que no estaba segura y me pedía si de alguna forma podía decirle algo.
A los escasos segundos de haber leído el nombre apareció en mi mente una casa de madera con un porche delante separada algo de un camino.
La casa estaba cerrada y el cuidado de la madera era deficiente.
Me dijo que entrara y tenía un pequeño recibidor y dos habitaciones.
En una de ellas estaba acostada una mujer joven pero abandonada de cara redonda, pómulos grandes y labios no muy gruesos y de un tamaño mediano aunque parecía tener sobrepeso y junto a ella lo que me pareció un niño de unos diez años.
En la otra habitación, la de enfrente, dormía otra mujer de frente grande, pómulos marcados, labios carnosos y de una edad parecida a la primera y pensé que debían ser familia.
Miré como estaba construida, tal vez atraído por el hecho de que había construido en España algunas, pero no pude fijarme en más detalles porque sin saber por qué, desapareció la visión.
Unas dos o tres semanas, mas o menos, después me envió por correo la foto de tres personas, mujeres, que no había visto en mi vida y los rasgos faciales, era lo que sobresalía de entre las sábanas de dos de ellas coincidían con los que había visto en la casa de madera..
Me dijo que eran hermanas, pero que había un error en lo visto en aquella cama, porque la que dormía sola no podía estar allí ya que vivía en Madrid.
Le respondí que ya sabía más que yo, pero que si no era ella debía ser una hermana gemela.
Paso un tiempo, no se cuanto, y un día me envía una foto fechada en la que aparecían seis mujeres, cinco hermanas sin duda alguna, y la sexta la madre de todas.
Lo sorprendente  era que la foto fue realizada en el pueblo un día de fiesta, que ¡oh casualidad!, coincidía con la fecha en que vi a las dos mujeres durmiendo y que confirmó sin lugar a dudas, que la de Madrid estaba allí también en aquel momento.

C.- El muerto
Estaba solo y sin hablar con ella cuando se forma en mi mente el interior de una casa de madera y en una habitación veo el cuerpo rígido de un hombre muerto.
Me quedo sorprendido y me doy cuenta de que se trataba de la cama en la que en otra ocasión había visto acostada sola a una de las hermanas.
Salí de la casa y miré alrededor y enfrente, tras unos arbustos espesos que había entre los árboles vi a un hombre apostado como vigilando la casa.
Aún a pesar de las veces que “esto” me ha ocurrido, no tengo una percepción exacta del tiempo que transcurre ni el momento del día que es porque solo veo luz o veo noche.
Y desapareció la visión por completo.
Cuando se conecta al día siguiente, le hago a Si… el comentario de lo que había visto y sorprendida me dice que va a consultar vía Internet si en el pueblo ha aparecido algún cadáver o falta algún vivo.
Espero unos momentos y me responde que no hay nada al respecto.
Me pide que intente ver de nuevo aquella casa para comprobar si seguí allí el muerto.
Me pongo a pensar en ello y en mi mente aparece que allí era muy oscuro pero que tres hombres estaban sacando al muerto, tieso como un palo, al camino y desaparecían entre los árboles y ya no vi nada más.
Y fue al día siguiente por la tarde cuando me pide que abra para compartir una foto conmigo.
Lo hago y en la pantalla aparece un hombre tirado en el suelo al lado de la puerta de la iglesia muerto, de aspecto delgado y con un ligero parecido al que había visto tendido en aquel lecho.

D.- Estoy chateando con Si… por la tarde cuando empiezo a notar un olor a hierba verde quemada muy desagradable.
Se lo comento y digo que voy a mirar por la ventana de la cocina que da al campo por si hay alguien quemando las hierbas en los huertos de naranjos.
Me levanto y antes de llegar al pasillo, el olor desaparece por completo pero sigo para  llegar a la ventana  por la que miro, pero no percibo olor alguno ni veo humo.
Regreso y al llegar a un poco más de la mitad del pasillo vuelvo a percibir ese olor desagradable que permanece hasta que me siento en el ordenador  y le comento que en los campos de detrás no arde nada y le relato el detalle de que el olor desapareció a mitad del pasillo al ir y volvió, más o menos, en el mismo sitio al regresar de la cocina.
Me comenta que es extraño y le digo en ese momento que lo que huele tan mal es a ruda quemada.
Escribe media línea de jajajajajajaja y continúa contándome que su amigo, para combatir una bronquitis aguda, acude a la casa de una anciana indígena que le obliga a hacer inhalaciones del vapor de hierbas cocidas que le están mejorando mucho, pero que antes de empezar cada sesión, ella echa en las brasas del fogón una mata de ruda para alejar a los malos espíritus.
Me quedé de boquiabierto, pero nada más contarme ella este detalle, desapareció el olor por completo.

E.- En el hospital
Me comenta un anochecido Si… que la mujer anciana que trataba de la bronquitis a su amigo, había sufrido un fuerte dolor repentino y se hallaba ingresada en un centro hospitalario de urgencia.
Me pregunta si puedo ver algo y aparece en mi mente una edificación con aspecto de ser un hospital bastante nuevo que tenia acristalada toda la superficie de la galería que estaba orientada hacia una montaña que aún tenía nieve.
Me pide que busque en el interior y se me forma en la mente una habitación individual bastante desangelada conde hay una mesilla metálica de un modelo muy antiguo, una silla, parecía metálica, pintada de blanco, una cama de hospital metálica que me pareció antigua y dentro de ella, la figura de una persona muy anciana, con rasgos marcados de indígena o mestiza, muy arrugada y con los ojos negros muy penetrantes que solo sacaba del embozo de la cama la cabeza.
Me pregunta si veo a alguien y digo que esta sola y me pide que mire a ver si por el pasillo o en algún sitio localizo al amigo de ella.
Estaba en el pasillo hablando con, supongo, un medico enfundado en una bata de hospital que le está diciendo al amigo que lo que tenia esa anciana era un cáncer de hueso y que no sabia aún si tenia tratamiento.
Me pregunta si he oído eso y le respondo que estoy desconcertado porque con los las orejas no he oído nada, pero que esa era la frase que se ha formado en mi mente, pero que no me haga caso
Se despide el medico y el amigo entra en la habitación y los ojos de la anciana lo interrogan y él, bajando la cabeza, que no saben aún que le pasa, pero que se pondrá buena.
Yo no oí esta vez tampoco nada, pero eso se formó en mi mente.
La anciana lo miró sin decir nada.
Se sentó en la silla y ella sacó el brazo cogiendo el la mano, pura piel y hueso y son signos de haber trabajado duro toda su vida.
Me pregunta si puedo leer en algún sitio el nombre del hospital y le digo que no veo nada y desaparece lo que veía por completo.
Unos días después me dice que abra una web y allí aparece el edificio que describí, sus cristaleras en la terraza, la montaña de enfrente pero completamente nevada, el acceso y las instalaciones.
Y en una de las habitaciones que muestran, hay de varias dimensiones y comodidades, aparece una que parece reservada para los que menos tienen, con la mesilla, la cama y la silla iguales a como las había descrito la primer vez que lo vi.
Me quedé muy sorprendido y eso que ya empezaba a estar más acostumbrado a que las cosas que veía fueran así.

F.- El autobús
Una tarde me pide Si… que trate de localizar a su amigo del que hace dos días no sabe nada y estaba preocupada.
Fue decirme eso y aparecer en mi mente la plaza de un pueblo que en el centro tenía un jardín con dos fuentes con dos tinas redonda en donde se recogía el agua que brotaba y unos bancos de piedra con varios árboles no muy altos.
La calzada de la calle bordeaba la plaza y entre el asfalto y las casas había una acera ancha.
Frente a lo que parecía un bar, esta aparcado un autobús mediano con aspecto de haber conocido mejores tiempos y en su interior, sentado junto a la ventanilla del lado del conductor, estaba su amigo con la cabeza apoyada en el cristal como si estuviera durmiendo.
Dice que trate de averiguar a donde va ese autobús y si alguien se sienta a su lado.
En unos momentos se llena de gente cargada con fardos que se sienta y los ponen sobre sus rodillas.
Se sienta un hombre con sombrero a su lado y el amigo se despierta.
Aquello si que es aprovechar el viaje, porque hasta dos cabras suben a la baca del autobús, que después de un momento arranca y dando la vuelta a media plaza, emboca una calle que lo saca del pueblo.
La carretera es de tierra, de machaca, y se levanta el polvo a medida que el autobús avanza  por una carretera tortuosa llena de curvas en las laderas de las montañas cubierta de vegetación intensamente verde como si sobre ella hubiera llovido hace poco.
Curvas y mas curvas y en un momento dado ante mis ojos asombrados el autobús se hace más grande y mas nuevo sin comprender ese cambio y todo lo veo desde lo alto y es en ese preciso instante que veo que desde la parte más alta de la montaña se desliza con rapidez una enorme masa de árboles, plantas, rocas y tierras en dirección a la carretera.
Me sentí aterrado pues todo aquello cayó sobre el autobús dejando más del 90% aplastado y enterrado.
Me quedé mudo pero al insistir que siguiera escribiendo lo que veía, no me quedó más remedio que describir la tragedia que tenia ante mis ojos.
Si… escribió si estaba de broma o me había vuelto loco.
Le dije que solo escribía lo que había visto y ahora tenía la mente en blanco y lo único que veía era lo que de ella estaba saliendo en la pantalla del ordenador.
Permanecí en silencio hasta que vi escrito en la pantalla si es que estaba borracho.
Dije que no y me escribió: ¡¡¡¡acabo de llamarlo al celular y dice que esta llegando a su destino y que termino de despertarlo!!!!
Le juré que eso era lo que había visto y que no entendía nada.
Al día siguiente al conectar Internet y poner la página principal del msn vi una fotografía  en la que se veía un autobús aplastado y casi tapado por tierra y piedras en el que habían fallecido 41 personas a causa de un corrimiento de tierras… ¡en… El Salvador!   

Esta serie de extraños fenómenos se prolongaron durante meses, un día, tan de sorpresa como aparecieron, dejaron de manifestarse, llegando al día de la fecha, más de un año más tarde, sin que en mi mente se formen imágenes referidas a aquellos sitios.
Si quiero precisar que todo lo que se relata aquí sucedió como lo transcribo y soy consciente de que muchas de las cosas, así como las comprobaciones que me dieron, plantean preguntas difíciles de contestar e incluso aceptar, generando una serie de grandes dudas sobre su veracidad y la forma de obtenerlas.
Me consta la integridad moral de quien me las facilitó y conozco todos y cada uno de los métodos, legales todos ellos y de dominio público en Factbook, que podría citar pero no lo voy a hacer por el sagrado respeto que siento ante la privacidad de los demás y que, de decirlos,  podrían acarrear consecuencias indeseadas a alguna de las personas que describo.
Podrás creerme o no, lector, pero todo lo que cuento, como cientos de “visiones” más que callo, sucedieron como las cuento.

9.- LA CISTERNA DE PALLETER
Palleter es la calle en Valencia donde estaba el despacho de la empresa constructora que monté y al que tras salir de la cárcel, y por necesidad, hube de regresar y transformar de despacho a vivienda.
Y aunque ya no vive el dueño, Enrique Aguilar Requeni, quiero rendirle homenaje en este momento porque creyó en mi cuando le di mi palabra de honor de saldar todas las deudas pendientes acumuladas en esos tres años y medio que no estuve.
Recuerdo que me dijo: “¿Me vas a pagar cuando puedas lo que me debe?”
Contesté sencillamente “Si” y a continuación, y mirándome a los ojos, me preguntó: “¿Tienes donde ir?”
Mi respuesta fue “No”.
Me dio las llaves de la puerta y se fue.
Al entrar me encontré que de un despacho montado a base de bien solo quedaba una mesa que no pudieron sacar por la puerta y los cables de las lámparas colgando del techo.
Me puse a llorar, pero pronto pensé que llorar por la leche derramada carecía de sentido.
Mis pertenencias consistían en un petate del ejército con dos calzoncillos viejos, dos camisetas de manga corta, dos pantalones y una chaqueta imitación a cuero muy deteriorada, más una maquinilla de afeitar, un tubo de pasta y un cepillo de dientes con una pastilla de jabón Heno de Pravia.
Al día siguiente me trajo dos mantas, una de las cuales hizo de colchón y la otra de cobertor.
Ya estaba instalado y de nuevo, es un decir, en casa.
La verdadera había desaparecido también, pero esa es otra historia.
E n el lapso de mi estancia en la cárcel lo habían desvalijado con la tranquilidad que da el saber que nadie puede aparecer en un momento inoportuno.
Y así empecé a “buscarme la vida” de nuevo.
Un día me le levanto y me dirijo a lo que era el baño de un despacho en una casa antigua: lavabo pequeño con un espejo cuadrado encima, inodoro a juego, plato de ducha en el suelo de forma que al sentarte en el trono casi sacabas los pies por el otro extremo y en el rincón donde estaba el inodoro, arriba en el techo junto a la ventana, estaba situada la cisterna, de aquellas de cerámica vieja que se accionaba mediante una cadena que colgaba de ella enganchada al mecanismo de descarga.
Me duché primero y después de remojado y desnudo me pongo frente al lavabo y procedo a afeitarme sin darme jabón, la economía no me permitía aún ese lujo.
Desde el espejo, si girabas unos 45º la cabeza, veías la ventana completa y toda la cisterna.
Estaba pasando la maquinilla con tiento por la cara cuando oigo que la cadenilla de la cisterna hace ruido, por lo que giro la cabeza y contemplo que la pieza de plástico del final de la cadena estaba bajando y la parte externa del balancín de descarga también.
Pensé si era el aire, pensamiento estúpido donde los haya, pero eso pensé, pero al ver que la pieza de plastico no se balanceaba me convencí de que “alguien” estaba tirando de dicha pieza como si quisiera descargar la cisterna.
Estaba sorprendido, pero no asustado, contemplando lo que para mi carecía de sentido.
Siguió bajando la cadena hasta que cesó y como si “alguien” la soltara de golpe, inició una subida rápida igual que si fuera impulsada por un muelle.
Cayó de nuevo y volvió a subir otra vez pero con menos fuerza y luego se detuvo por completo.
Me acerqué, la así y tire de ella hasta que el balancín descargó la cisterna.
No es  que pensara que estaba mal, no: solo quería confirmar que el ruido que había  oído era similar al que se produjo cuando yo tiré.
Coincidía por completo.
Reconozco que tarde en afeitarme ese día un poco más que en otras ocasiones, porque cada dos por tres giraba la cara para ver si se movía.
Pero no sucedió nada ese día ni en ningún otro de los años en los que aún viví en ese piso.

10.- EL CRISTO DE LA VEGA
El Cristo de la Vega, su ermita, es más conocida que Toledo mismo, que la plaza de Zocodover o que el museo del Greco.
Creo que si le preguntas a una piedra de la muralla te indica desde allí mismo el camino y no veas si se lo preguntas a un perro, es que te acompaña hasta la puerta.
El Cristo de la Vega en un personaje célebre, no por ser Cristo, desde la edad media, sino porque es a la única escultura de madera del mundo, cuando Toledo era la capital del reino y ciudad imperial, a la que un tropel de gente, alguaciles, soldados y oficiales de los Tercios e incluso el corregidor de la ciudad y a un notario, a la que se fue a tomar declaración bajo juramento de un hecho acontecido entre una mujer de linda cara y un ardiente capitán de los Tercios.
Parece ser que el hombre pensó que a la mujer, para beneficiársela, se le podía prometer todo, incluso el matrimonio.
Y dicho y hecho: aquello salió bien hasta que él debió recordar ese refrán tan español que dice que “prometer hasta meter y una vez metido olvidado lo prometido” y con ese convencimiento mando a paseo a la zagala.
Pero ella no toleró el desprecio y al corregidor se fue a presentar denuncia.
Después de descubrir su secreto hubo de contestar al interrogador sobre si tenia un testigo del juramento del amnésico capitán de Tercios.
Dejo a la imaginación del que esto lea evaluar la sorpresa de algunos y el consiguiente cachondeo que debió haber cuando se corriera la voz por los contornos de que su testigo era un Cristo de madera por mucho que fuera el de la Vega.
Pero no seriamos españoles si no hubiéramos llegado al extremo de tomarnos en serio las declaraciones de la dama e ir y presentarse todo el mundo, convencidos de que el crucifijo dejaría en mal lugar a la demandante.
De ahí que fuera medio Toledo con un notario.
Pero vayamos al hecho.
Se presentan todos y en un momento dado el notario presenta ante el Cristo el procedimiento levantado y le dice, mas o menos, si jura que lo allí escrito es verdad sobre lo prometido.
Imagino la escena y el silencio que siguió cuando el Cristo de madera desclavó la mano derecha, la puso sobre los documentos y sus labios dijeron: “Si, Juro”
La historia no recoge el estado intestinal de todos los presentes después de escuchar en aquel silencio sepulcral hablar a un Cristo de madera.
Esta historia es verdadera y está registrada en legajos.
Bien, tras este inciso orientativo desarrollo la historia de la que fui testigo presencial cuando aún era un niño pero que me impresión de tal modo que habiendo pasado más de 60 años aún recuerdo las palabras y los hechos como si los estuviera viendo.
Lo voy a transcribir siguiendo un orden, más o menos, cronológico aunque la verdad de los hechos, antes de lo presenciado en aquella ermita, la conocí por mi padre una vez sucedido todo.
Mi padre era el cabo de la guardia civil de Santa Cruz y entre los guardias del puesto había uno que se llamaba Jovita.
Un día llega Jovita y le dice a mi padre que tenia que desplazarse a su pueblo porque su cuñada le había escrito que en la casa del pueblo donde vivía con su hija, pasaban cosas extrañas.
Va el hombre a su pueblo y cuando regresa le cuenta a mi padre que su sobrina un día sube a la cambra, el doblao como allí dicen y encuentra un hombre  y que asustada se baja y se lo dice a su madre.
Sube la madre y allí no había nadie.
Este suceso se repite varios días hasta el extremo de subir con su hija pero jamás vieron a nadie y solo lo veía la muchacha cuando subía sola.
Una de las veces la madre le dice que describa al hombre y cómo va vestido y la muchacha dice que es un hombre moreno, joven delgado y labrador porque lleva las perneras sujetas bajo la rodilla atadas con un atillo de esparto, con un pantalón azul oscuro y una Camila de rayas remangada.
Al oír la descripción la madre casi de desmaya y se pone a llorar mientras le dice a la hija asustada que aquel hombre era su padre y que iba vestido igual que la tarde que lo cogieron en la era y se lo llevaron a Toledo donde lo mataron.
La muchacha nació meses después de la muerte de su padre por lo que no lo podía conocer.
Pasan unos días y sube la hija y allí que estaba su padre y siguiendo las sugerencias de su madre le pregunta qué es lo que quiere.
El hombre le responde que había hecho una promesa de que si sobre vivía a la guerra haría una misa al Cristo de la Vega, pero que aunque lo habían matado, quería hacerla de todos modos y que fueran todos.
Y es llegado este momento cuando la cuñada llama a Jovita y se entera mi padre.
Hacen gestiones y conciertan la misa y allí que fuimos mi padre, mi madre, mi hermana y yo, además de todos los hijos de Jovita, siete, su madre y la viuda además de la hija.
Y esto es lo que oímos todos los que estábamos en la ermita, porque salvo la hija que hablaba y veía, nadie vio nada, incluido el cura que estaba en el altar esperando y con cara de sorprendido para hacer la misa.
“¡Ya está aquí!”
“Es la Lola, la hija del tío Jovita” (No la conocía porque Lola nació después de acabar la guerra)
“Son los hijos del tío Jovita”
“Abuela, dice que apartes la toquilla que le estás haciendo daño”
“Señor cura, que empiece la misa”
Se hace la misa, le hacen un responso y en eso que vemos como la muchacha, no tendría más de trece años, extiende la mano delante de ella, momento que aprovecha su madre para bajársela al tiempo que le dice: “¿Qué haces?”.
“Es que quiere despedirse de mi”
Vuelve a extender la mano y al mismo tiempo que da un grito la cierra de golpe.
Se volvió su madre que estaba al lado, se acercó su tío Jovita y mi padre que trataron que extendiera de nuevo el brazo y abriera la mano mientras la chica lloraba y gritaba asustada y dolorida.
El cura miraba con la cara pálida y estaba clavado en el altar y todos los demás asustados.
Los críos más pequeños de Jovita agarrados a Rosario, nosotros a mi madre y Lola de rodillas con su abuela llorando.
Al final lograron que estirara el brazo y abriera la mano apareciendo en la parte carnosa de la base de los dedos de la mano derecha unas heridas que empezaban a sangrar y que mi padre, que era practicante antes que guardia civil, dijo que sin ninguna duda las habían producido unas uñas, pero que por la forma y posición era imposible que fueran las suyas.
Si vi como Jovita y mi padre la llevaban a una farmacia y cuando regresaron traía la mano vendada pero ya no lloraba
Ya no recuerdo como se recondujo la situación, solo se que salimos de la ermita y cogidos por mi madre nos dirigimos a la parada del autobús que iba a Méntrida y paraba en Santa Cruz.
Después llegaron Jovita, la chica y mi padre.
Ellas se bajaron en Huecas y nosotros seguimos hasta el pueblo donde vivíamos
A la sobrina de Jovita la vi muchas veces, porque su madre la envió a casa de su tío por no estar segura de tenerla en casa.
Recuerdo haberle visto las costras y más adelante las cicatrices aún de color rosado.
Y siempre que venia a casa de sus tíos, le mirábamos las manos: las cicatrices no le habían desaparecido.
Nunca más volvió a ver a su padre.
Y con mis años sigo sin encontrar una explicación razonable de todo aquello de lo que fui testigo.

11.- LA LUZ DE PALLETER
Seguía residiendo en Palleter pero ya vivía conmigo la madre de mi hijo.
La situación económica era de pura subsistencia y el único mobiliario que teníamos era la mesa que no pudieron sacar cuando desvalijaron el despacho y dos sillas que había recogido abandonadas en la calle por viejas, además de un colchón de espuma barato que teníamos en el suelo para dormir.
Una noche, después de acostados y estando aún despiertos, oímos como la puerta del cuarto de al lado se abre y a continuación como se acciona el interruptor de la luz que estaba junto a la puerta antes de entrar.
Y en la oscuridad veo que la luz del cuarto se enciende lo que confirmo al ver iluminado el pasillo por la que salía por el hueco dejado por la puerta al abrirse.
Un poco sorprendido pienso que habría sido el viento porque la ventana de ese cuarto, que daba al des lunado, estaba abierta.
Así que me levanto, abro la puerta del todo y no observo nada anormal y entonces me dedico a mover el interruptor por si se hubiera enganchado y al abrirse la puerta encendido la luz.  
Después de unas cuatro o cinco pruebas para ver el funcionamiento del interruptor, cierro la puerta y compruebo que está bien cerrada y subo el interruptor.
Y me acuesto de nuevo.
No habían pasado cuatro minutos cuando volvemos a oír abrirse la puerta y a continuación que se accionaba el interruptor, encendiéndose la luz normalmente.
Nos miramos sorprendidos y ella pregunta qué pasa, le respondo que nada y me levanto de nuevo.

Al llegar al pasillo veo que la puerta está abierta y que por la separación sale la luz del interior del cuarto.
Todo estaba normal a primera vista, pero por si era la corriente de aire la que abría la puerta, entré y cerré la ventana que daba al des lunado con pestillo.
Volví a la puerta, comprobé  dos o tres veces si la manecilla funcionaba bien y si encajaba el pestillo en la ranura del marco, lo que así sucedía y lo mismo hice con el interruptor que subía y bajaba sin dar muestras de estar encasquillado.
Después subí el interruptor y cerré la puerta a la que di un ligero empujón para asegurarme que estaba bien cerrada.
Y regresé a la habitación donde la madre del chico me miraba con los ojos bien abiertos  a la que  dije que todo estaba normal, así que me acosté y charlamos sobre lo que estaba sucediendo sin darle mucha más importancia.
A los pocos minutos, volvemos a oír cómo se abre la puerta y el claro golpecito que da el interruptor al ser accionado hacia abajo… y vemos de nuevo la luz encendida.
La madre del chico empezó a ponerse nerviosa y a decir cosas raras, así que le pedí que se callara porque seguramente el interruptor estaba estropeado y saltaba solo.
Pero añadió: “¿Y la puerta también?”
Me levanté, salí al pasillo y esta vez no entré en el cuarto, sino que me limité a abrir y cerrar la puerta hasta asegurarme por completo que cuando la dejaba cerrada ni haciendo presión sobre la hoja se abría, por lo que la única forma de que se abriera era moviendo la manecilla.
Este mismo procedimiento seguí con el interruptor, quedando también convencido de que estaba en perfectas condiciones de funcionamiento.
Volví a cerrar la puerta, le di un empujón y subí dando un golpe el interruptor y la luz se apagó.
Y regresé al cuarto donde sentados en el colchón hablamos sobre lo que pasaba ya con el convencimiento de que era “demasiada casualidad” lo que ocurría.
Y hablando como estábamos oímos de nuevo abrir la puerta y a continuación dar al interruptor y ver como la luz se encendía.
Si dijera que estaba tranquilo mentiría, pero me levanté, me dirigí al cuarto, cogí la escalera y aflojé la bombilla
Regresé a la puerta, la cerré a conciencia y pulsé el interruptor hacia arriba aun a pesar de saber que la bombilla estaba floja y volví a la habitación.
No  había tenido tiempo para echarme en el colchón cuando oímos como la manecilla hacia ruido y de nuevo la puerta se abría y a continuación como se bajaba la pieza del interruptor y se encendía la luz
Volví allí y la puerta estaba abierta y el interruptor en la posición de encendido y la bombilla también.
En el silencio reinante dije a viva voz que ya estaba bien de cachondeo y que no me iba a levantar más porque quien fuera tuviera ganas de bromas, así que subí a la escalera a quitar la bombilla convencido de que no la había desenroscado lo suficiente, cerré la puerta y volví a subir el interruptor a la posición de apagado
Me metí de nuevo en el cuarto y ya no oímos más.
Al día siguiente, con luz natural, desmonté el interruptor al que no encontré problema alguno e igual hice con la manecilla y la cerradura de la puerta, a la que lo único que hice fue engrasar para facilitar el fácil encaje del pestillo en el engarce de la puerta.
Pasó el día sin novedades y a la noche siguiente nada más acostarnos volvemos a oír que la puerta se abre aunque no la manecilla, tal vez por estar engrasada, y al interruptor que se acciona.
Ante esto la  madre del chico se levantó asustada y ambos salimos de la habitación: ella se sienta en el comedor junto a la mesa y yo me dirijo a la puerta, la reviso y la vuelvo a cerrar de nuevo y a continuación vuelvo a subir el mecanismo del interruptor que estaba bajado como encendido.
Pero esta vez no nos acostamos, sino que permanecimos sentados en la mesa del comedor pendientes del menor ruido.
Estaba sentado de forma que veía la puerta del cuarto y tener la posibilidad de levantarme rápido y ver que sucedía.
No sé el rato que estábamos, no mucho más de media hora, cuando de nuevo oigo la manecilla y giro la cabeza y veo cómo alcanza la posición más baja de su recorrido, cómo se abre la puerta con lentitud y oigo el inconfundible golpe del mecanismo del interruptor aunque no lo veo
Me meto en el cuarto y la ventana seguía cerrada por dentro y todo normal.
Cierro la puerta y vuelvo a subir el interruptor a su posición de apagado y en las casi dos horas más que estuvimos en el comedor, no volvió a suceder nada.
Al final decidimos acostarnos y a lo largo de la noche no sucedió nada.
A la mañana siguiente fui a la ferretería y compre un pequeño cerrojo y un interruptor nuevo, que monté nada más llegar a casa.
Y esa noche no se abrió la puerta, pero si accionaron el interruptor nuevo que a la mañana siguiente estaba bajado, pero ya no estaba la bombilla.
El cerrojo permaneció en la puerta mientras viví en Palleter.
Y sobre el interruptor diré que de cuando en cuando lo accionaban, pero ya ni me molestaba en levantarme hasta que, un día, cesó del todo.

12.- LAS LLAVES EN LA PUERTA
La mesa del ordenador, donde me paso muchas horas al cabo del día, está a menos de un metro de la puerta de acceso a la calle que es de cristal y por la parte de fuera de la misma hay una reja de seguridad que en el momento de suceder lo que relato estaba corrida y asegurada con llave.
Con esto solo quiero resaltar que no era posible la manipulación desde fuera por impedirlo la reja y al ser la puerta de cristal, de haberlo intentado alguien, lo habría visto yo.
Serian sobre las seis de la tarde, con la fachada iluminada a pleno sol y leyendo en el ordenador un tema de historia de España, cuando oigo un tenue ruido como si quisieran girar las llaves que estaban puestas en la cerradura por la parte de dentro.
Giro la cabeza y observo que las llaves inician un movimiento de péndulo cada vez más acelerado.
Giro la silla por completo y me dedico a mirar con la máxima atención lo que estaba sucediendo.
El llavero es un aro de acero en el que hay tres llaves: una introducida dentro de la cerradura de la puerta y las otras dos colgando libres en la parte inferior del aro.
Las dos llaves que colgabas seguían aumentando su velocidad aunque sin llegar a formar un semicírculo en su recorrido.
La verdad es que estaba sorprendido sin hacerme preguntas de ningún género.
Al cabo de contemplar durante tres o cuatro minutos el movimiento de la llave, llamo a mi hijo que viene preguntándome que ocurre y sin decir nada le señalo las llaves.
Las mira un instante y me pregunta qué ocurre y por qué se mueven.
Le explico que no lo sé, que solo he oído un ligero ruido y que he visto como las llaves iniciaban ese movimiento de péndulo cada vez más deprisa.
Las mirábamos y las llaves seguían el mismo movimiento y llegando a la misma altura en cada lado de ese semicírculo que trazaban.
Y así estamos más de cuatro minutos hasta que al final decido que voy a pararlas, lo que hago cogiéndolas con las manos.
Las dejo paradas colgando y comienzo una disquisición con mi hijo sobre qué o cómo puede producirse ese movimiento sin un empujón inicial y lo extraño que resulta que por rozamiento y gravedad no vayan perdiendo velocidad.
Me pregunta si puede tocarlas y cuando se acerca a la puerta, las llaves solas comienzan de nuevo a moverse con lentitud.
Las miro y le digo a mi hijo: “espera que se van a acelerar solas”.
Me pongo a pensar en que se aceleren y las llaves inician un acelerado movimiento pendular que supera los 180º describiendo un semicírculo y permanecen en movimiento   hasta que pienso que deben detenerse y así se lo digo a mi hijo.
Y es a partir de ese instante cuando empieza a disminuir la velocidad sin llegar a detenerse,  formando en cada vaivén  un ángulo de más de 30º con respecto a la perpendicular y siguiendo ese movimiento por más de diez minutos hasta que las detiene con la mano.
Me pregunta serio si las muevo con la mente y le digo que no lo creo pero si le aseguro que “quién” las mueve “lee” lo que pienso y las mueve.
Me mira incrédulo y me dice que si en esta casa hay fantasmas y le digo que no lo creo, pero aprovecho el instante para hablarle de que sin duda existen más planos, más dimensiones que las que conocemos y que es casi seguro que desde alguna de esas dimensiones se puede interactuar en la nuestra.
Pone cara de no entender nada, pero le digo que a medida que se vaya haciendo mayor y viendo cosas inexplicables recordará que en presencia de su padre vio hechos, que además de extraños, no tenían explicación con los conocimientos actuales.
Me pregunta si puede moverlas él y le digo que sin problemas, así que les imprime un movimiento de péndulo y las llaves comienzan a moverse, pero tras cinco o seis veces, terminan deteniéndose como es lo normal.
Siguen las llaves puestas en la cerradura mientras estoy dentro de casa, pero ese movimiento que tanto nos impresionó no ha vuelto a producirse más.

13.- MECHI…
 Dirigía una reforma integral de un piso en Valencia propiedad por herencia de un granadino que había vivido allí en su niñez y que deseó arreglar para venir a acabar sus días aquí.
Las relaciones entre ambos eran las propias de estos casos entre dos hombres mayores, sensatos además de íntegros.
A lo largo de la remodelación, unas veces hablaba con el y otras con su hijo a quien conocía personalmente por haber estado en la entrevista previa para la concesión del contrato de trabajo a una empresa sin demasiada solvencia.
Se acabó la obra y llegó el momento de hacer la entrega de la vivienda y aquí se presentaron él, su esposa y dos familiares más que quedando gratamente impresionados por la calidad utilizada y perfección del trabajo realizado.
Si me di cuenta que la esposa iba de riguroso luto, pero como también podía ser por estética, no pensé en nada extraño.
El constructor en una ocasión me comentó, sin grandes precisiones, que la hija del promotor estaba muy enferma y que le habían detectado una enfermedad grave, pero de ahí no pasó la cosa.
Y como consecuencia de haber quedado satisfecho me hizo el encargo de venderlo porque tras una caída ya no podía subir escaleras y aunque era un primer piso aquello le supondría un infierno.
Me hice cargo de las llaves y periódicamente paso por el piso, a dar una mirada y ver como esta todo, además de las ocasiones en que debo ir para enseñarlo.
Como resultado de todo, se estableció una buena relación que ha cuajado en una buena amistad.
Si hay novedades les llamo y si no hay nada y el hombre se aburre, me llama por teléfono por la tarde y charlamos media, una hora o dos hablando de política, de libros, somos ambos muy aficionados a la lectura, de economía e incluso de creencias religiosas.
Y un día me confió que su vida y la de su esposa se habían acabado porque su hija Mechi había muerto en menos de cuatro meses por un cáncer en el cerebro.
Le quedan dos hijos más, pero aquella, la mayor de las hijas por lo que contaba el, era el alma de la empresa y un verdadero genio para los negocios.
Le dije que la vida tiene esas cosas y el hombre se desahogo un rato llorando lo suyo.
Otras veces me habla de los problemas caseros con su esposa que se niega a aceptar que la muerte le haya arrebatado a su hija y descarga toda su ira en el que está más cerca.
Y al cabo de un tiempo, somos los confesores de cuitas y pañuelos de secar lágrimas cuando nos brotan de los ojos del alma.
Un día, ya de noche y a una hora no acostumbrada, sonó el teléfono y era este hombre.
Después de saludarlo y preguntar si ocurría algo anormal me respondió que nada, pero su voz ronca y un tanto desgarrada me insinuaban algo que de normal no tenía nada.
No sé qué fue lo que me hizo decir estas palabras: “Sr. P…, se escuchar sin hacer preguntas, no juzgo, no sentencio ni condeno y lo que me cuentan jamás sale de mi”
Esperó unos instantes y me dijo que después de darle muchas vueltas a un asunto muy delicado, había tomado la decisión de hablar conmigo porque si seguía callando terminaría por darte un infarto como el que hace años tuvo y eso sería la desgracia de su familia.
Le dije que se serenara y que hablara cuando quisiera, que además tenía para el todo el tiempo del mundo.
Me dijo que no paraba de llorar, que estaba desconcertado, incrédulo y que no sabía que pensar ni hacer y que necesitaba contárselo a alguien.
Le di las gracias por confiar en mí y el hombre empezó a narrar lo que voy a transcribir a continuación con la mayor exactitud posible, aunque no utilice las mismas palabras que él pero si describo los mismos hechos.
Le había llamado por teléfono la última doctora que atendió a su hija en Málaga para rogarles que accedieran a recibirla en su casa porque debía comunicarles algo muy delicado que no quería tratar por teléfono.
Ante esta desconcertante petición todos se quedaron sorprendidos y el trató de que ella le dijera cuál era el motivo de su visita, a lo que ella respondió que era tan personal y delicado que no podía decírselo. Tanto insistió que ella se vio obligada a decir que era algo relacionado con su hija pero que si el asunto llegaba a la gente ella podría quedar por completo desprestigiada.
El hombre se queda por completo desconcertado y los demás familiares lo mismo cuando él les comunica lo que ha dicho la doctora.
En el lapso de tiempo que media entre la concertación de la cita y la presencia física de ella, lo que les pasó por la mente fue de todo y las elucubraciones aún más demenciales al no tener más que su imaginación donde agarrarse.
Llega el día y en la casa reciben a la doctora malagueña los padres, los dos hijos y la nuera. Dice que él entró directamente al trapo y que fue ella la que lo frenó y dijo que rogaba se le escuchara primero lo que debía decir y después que ellos opinaran, dijeran y lo que quisieran.
El dijo que de acuerdo y que no la interrumpirían para nada.
Y la doctora cuenta esto:
“Estaba en Madrid en una convención de médicos, sicólogos y medicina alternativa sobre fenómenos paranormales y su influencia en la medicina”
“El último día salí en compañía  de un especialista en parasicología que había dado la conferencia de la que salían”.
“Habían salido del barullo cuando quien la acompañaba le pregunta que por qué no le presenta a la amiga que caminaba a su lado y había estado sentada junto a ella en el salón de conferencias”
“Ella responde que está sola y allí dentro también estaba sola”
“El hombre se detiene y le dice que su “amiga” le dice que se llama Mechi y que tu eres la doctora que mejor la había atendido”
“Ella se queda muda y con incredulidad le pregunta que si la está viendo que le describa como va vestida”
“El hombre describe un rostro, un tipo y la vestimenta que lleva”
“Y la doctora casi se desmaya: ¡era efectivamente Mechi!”
“Ella grita histérica que Mechi estaba muerta y ella había asistido al entierro”
“Y el hombre le dice que Mechi quiere pedirle algo que debe transmitir a su familia, pero sobre todo a sus padres”
En este momento el padre pierde los nervios y se levanta de la silla y a gritos empieza a decir que si está loca, que cómo se atreve a hablar de esa forma después de la tragedia, que si lo que busca es dinero va a saber quiénes son ellos, que se va a ir al colegio de médicos y a la policía a denunciar lo que ella pretendía.
Me comentó que tuvo que intervenir el hipo porque a punto estuvo de agredir a la doctora y que esta, también a gritos, pedía que le dejaran terminar y que después se iría sin pedir nada ni quería saber nunca nada más de ese tema.
Serenados un poco, la doctora continua con su relato.
“En la misma acera donde se habían detenido, el hombre le transmite para que se lo diga a su familia, que está perfectamente y que allí solo hay paz y armonía, que no siente dolor ni sufrimiento, que dejen sus padres de sufrir porque la muerte no existe y ella sabe que se reunirán de nuevo y volverán a ser felices, que no temas que ella sabe que no pasará nada y que no es necesario que vayan casi todos los días al cementerio a verla, que su amor por ellos es inmenso y que no les agradecerá nunca lo suficiente todo lo que habían hecho para salvarla, que era su momento y que no tuvieran remordimientos por creer que no habían hecho todo lo posible”
“El hombre le dijo que se despedía de ella y que le suplicaba que hablara con sus padres porque sería a la única persona  que creerían”
“Y dicho esto dejo de verla el acompañante”.
“Que eso había pasado hacia más de un mes y medio que en ese lapso de tiempo ella se estaba rompiendo por dentro porque había sido testigo de algo que no tenia explicación científica ni en lo que tampoco creía pero que le había sucedido”.
“Que podían pensar, creer o no y hacer lo que quisieran, pero que hasta que no había tomado la decisión de acudir a Granada no sabía lo que era vivir y mucho menos descansar”
“Que les había dicho la verdad y que no quería nada ni aunque se lo dieran, solo pedía que lo que les había contado no fuera de dominio público porque su reputación como médico se destruiría y ella también tenía hijos que criar”
 “Que jamás podían imaginar lo que un suceso así puede condicionar una vida, unas creencias religiosas e incluso la relación de la pareja”
Me decía  que allí estaban todos llorando, que nadie hablaba y que cuando fueron capaces unos y otros de controlarse, le dieron las gracias y la doctora se fue.
Y a través del teléfono oigo, a este hombre desesperado, pedirle a su hija, mientras llora como un niño, que se lo lleve con ella, que no quiere vivir, que eso era lo último que había esperado que le ocurriera en su vida.
No sé el rato que estuvo llorando así hasta que por fin comenzó a serenarse y entre sollozos aún me hizo una pregunta: “Raúl, ¿Ud. qué opina de esto que le he contado?”
Recuerdo como si se lo estuviera diciendo en este momento que dije: “Yo sí creo y después de mis propias experiencias y las que se de otros, cada día estoy más convencido de que la muerte no existe”
“¿Cree que lo que contó la doctora es verídico y que aquel hombre vio a mi hija?”
“ Sin ninguna duda, porque aquel hombre describió a alguien que no conocía, vestida con ropas que solo la doctora había visto y que confía en Ud., porque tenga la seguridad de que antes de presentarse en su casa esa mujer ha tenido que valorar todo lo que se juega. No creo que Ud. haga nada, pero si se mueve, ha hundido una reputación y casi seguro a una familia: es demasiado riesgo para venir a contar una mentira” .
Y entonces le hablé de que había recibido hacía unos días algo relacionado con la vida después de la vida que confirma, sin lugar a dudas, que el ser humano esté compuesto de dos cosas distintas.
Y le afirmé que por primera vez en la historia se había podido fotografiar el alma cuando abandonaba el cuerpo de una persona al fallecer.
Me preguntó si se la podía enviar y le dije que sin duda alguna, pero que no era la primera vez que yo leía cosas sobre eso y que había descubierto, a través de las muchas lecturas que había hecho a lo largo de mi vida, que, despojadas de sus adornos, todas las religiones decían lo mismo: existe otra vida y hay un ser creador único.
Se quedó en silencio y aproveché para decirle que también le iba a enviar un libro escrito por un siquiatra americano, y consejero matrimonial, que hablaba sobre la reencarnación y sobre las secuelas en esta vida actual de vidas anteriores.
Que estaba seguro que era tanto el amor que su hija les tenía que ante el cuadro de verlos sufrir como sufrían había buscado a la persona más idónea para hacerles llegar el mensaje de su situación para disminuir su pena.
Cuando me callé me preguntó: “Raúl, ¿lo que me está contando es solo para animarme?” siendo mi respuesta “¡no, yo no voy a animarle y le hablo de lo que creo que de muchas formas y sucesos, he confirmado. Le hablo para que se dé cuenta que existen otros mundos, otras dimensiones, otros lo que sean que no vemos ni entendemos, pero que si analiza lo que lea y medita sobre lo que les ha ocurrido, sin duda llegará a conclusiones que no imagina ahora pero que le traerán la paz aunque no le eliminen del todo las lesiones de la tragedia!”
 Estuvo unos momentos en silencio y me dio las gracias y antes de colgar le dije que siempre podría saber cómo estaba el espíritu de su hija con un simple velón barato.
“¿Cómo?” me preguntó y mi respuesta fue esta: “Compre un velón grande, enciéndalo en un lugar donde no haya corriente y siéntese frente a él y hágale llegar a su hija todo el amor que siente por ella y pídale que a través de la llama le haga saber cómo se encuentra”.
No sé si me creyó o no, me repitió su gratitud y colgó.
Pasó algún tiempo y una de las veces que me llamó me dijo que gracias a lo que le había dicho de la luz, estaba más tranquilo, porque al final había aprendido a interpretar lo que su hija le decía a través de la llama.
Y pasó más de un año tras su confesión y en otra conversación, por cortesía, le pregunté cómo se encuentra.
Y me respondió que gracias a aquella conversación había hallado un camino leyendo muchos libros que le reconfortaban en su sufrimiento y empezaba a comprender que la vida aquí no se termina y que no es tampoco como le habían enseñado de chico.
Y seguimos hablando algunas tardes, pero ni él ha olvidado a su hija, ni yo he olvidado el dramatismo, la agonía, el sufrimiento y el llanto descontrolado que se reflejó en aquella confesión tan desconcertante.

14.- LA PUERTA DE AMELIA  
Amelia es la madre de mi hijo que duerme en una habitación sola y que por razones que no he llegado a comprender nunca ni he conseguido explicación alguna por su parte, hubo que instalar una cerradura que se pudiera bloquear por dentro.
Esa puerta lleva de esta manera casi nueve años y hasta el momento presente ha funcionado correctamente.
Se suele acostar sobre las ocho de la tarde como mucho y va a la habitación tras salir de la cocina en donde deja la luz encendida de forma invariable.
Seria sobre las diez y media de la noche y oigo gritar mi nombre de forma imperativa.
Estaba frente al ordenador sin más iluminación que la pantalla y el pasillo iluminado por la luz de la cocina que salía por la puerta abierta.
Me levanto y voy rápido hacia la cocina por el pasillo y al pasar frente a la puerta de su dormitorio veo que está abierta como unos 20 cm, el interior a oscuras y llego a la cocina,
Pero allí no había nadie.
La llamo y me contesta desde el interior del dormitorio, al que me dirijo y empujo la puerta oyendo como algo pesado caía al suelo.
Enciendo la luz, empujo la puerta y entro, y me encuentro una silla de madera en el suelo pegada a la hoja.
Miro a la cama y del embozo solo sobresalía su cabeza con la cara intensamente pálida y con los ojos muy abiertos.
Pregunto qué le ocurre y me contestas histérica “¡Me han abierto la puerta!”.
“¿Cómo que te han abierto la puerta?”
“¡¡¡Me han abierto la puerta!!!”
Retiro la silla y cierro la puerta desde dentro.
Intento abrir y no puedo: el seguro de la cerradura la bloquea.
La abro y salgo al pasillo e intento girar la cerradura, pero no puedo porque está el seguro puesto.
Cierro de nuevo la puerta y la empujo: no se abre por encajar perfectamente el pestillo en el marco de la puerta.
Me vuelvo hacia ella y le pregunto: “¿Qué ha ocurrido?”
“Estaba oyendo la radio despierta cuando veo que la puerta se empieza a abrir y en el hueco no veo a nadie y oigo como la silla se corre”
“Vamos a ver, ¿para qué pones la silla? Si mañana no te puedes levantar, ¿Cómo entramos nosotros?”
“¡Es que tengo miedo!”
Entonces sugiere que como el chico es algo bromista ha debido ser el por darle un susto.
Le contesto que no lo creo porque está en su cuarto con la puerta cerrada, pero le digo que se lo preguntaré.
Voy al cuarto del chico y ante la pregunta me dice que él no ha salido, pero se levanta y vamos los dos al cuarto de su madre e iniciamos una serie de pruebas de la cerradura y no le encontramos ningún fallo.
Hablamos sobre el tema y el chico se va de nuevo a su cuarto y yo procedo a cerrar la puerta poniendo el seguro que solo se puede accionar por dentro y con un clavo desde fuera para caso de emergencia.
Cierro, empujo y no puedo abrirla, así que apago la luz de la cocina y regreso al ordenador.
Sobre media hora después oigo un grito de terror que viene de la habitación, por lo que me levanto y tropiezo con mi hijo que también lo ha oído y sale a ver qué ha ocurrido.
Llegamos a la puerta y la encontramos abierta casi medio metro.
Enciendo la luz y la cara de Amelia, de un intenso color blanco, era la viva imagen del terror.
Intento girar la cerradura por ambos lados y el seguro la bloquea.
Y por el pasillo no había pasado nadie.
Estuvimos en poco y salí cerrando de nuevo.
Y ya no ha vuelto a suceder más veces.

15.- NUEVA JERSEY
Si… tiene un amigo peruano piloto que fue contratado a Estados Unidos por una empresa que, por razones que desconozco, quebró y el interesado se encontró en la calle de un día para otro, teniendo que trabajar en los más variopintos sitios y cosas que imaginar se pueda.
Mientras estuvo en vigencia el contrato, su estancia en el país estaba legalizada, por lo que pudo moverse con total libertad por toda la nación, pero al caducar pasó a engrosar la lista de millones de hispanos que están en Estados Unidos trabajando de forma ilegal porque carecen por completo de documentos.
En un determinado momento finaliza la comunicación entre ellos y pasan unos dos meses sin contactar aún a pesar de que ella enviaba correos y mensajes al celular pero nadie respondía.
Ante este silenció tan prolongado, comienza a preocuparse porque en el tiempo que se conocen le ha permitido valorarlo como persona seria, responsable y educada siendo ese comportamiento un tanto anormal en él.
Y un día me comenta lo preocupada que está y lo sucedido referido a su silencio. Mientras lo leía en el ordenador en mi mente aparece una casa de madera típica americana en una ciudad donde había bruma o era invierno o había niebla.
Le describo la parte delantera de la casa donde hay dos sillas de madera y una mesa a juego con las sillas apoyada en la pared debajo de un ventanal, la barandilla de madera y como eran los barrotes, el pequeño jardín delantero y que me daba la impresión que la habían pintado de blanco hacia poco.
Me pregunta si veo más y solo le digo que en el centro del porche exterior había una columna de madera cuadrada que tenía unos dibujos que no distinguía muy bien.
Me pregunta si puedo entrar en la casa y le digo que no, que lo que le he descrito es lo que se me ha aparecido pero que no tengo idea de qué puede ser aquello, dónde está y si es verdad cuando he descrito.
Y le comento que se ve brumoso, o está nublado o hay niebla, cosa que me llama la atención porque el tiempo que hacía en España era bueno, y aquello también es el hemisferio norte, por lo debería ser bueno.
Me pregunta si sé en qué ciudad está y respondo que no, que lo único que resuena es un nombre en mi cabeza: jersey, pero nada más.
Pregunta más pero mis respuestas son negativas porque se daba la circunstancia de que las imágenes habían desaparecido de mi mente.
Pasan unos días, no sé cuantos, y en otra charla a través del ordenador me enseña una foto de una casa de madera con dos sillas, una mesa situada en otro sitio la que vi en aquella ocasión.
Me pregunta si la reconozco y le digo que es la de la visión que tuve pero la mesa no estaba igual que entonces y me dice lo siguiente.
Esa casa la había alquilado Juan hacia unas tres semanas y, cuando la cogió, la mesa estaba en la posición que yo vi y las sillas también.
En otra de las fotos, se apreciaba con detalle lo que deduje era un dibujo en la columna central del porche, que no era otra cosa que las incisiones talladas en la madera.
Y la ciudad donde estaba era Nueva Jersey, en las afueras y que la primera vez que visitó la casa había una niebla muy densa anormal en aquel tiempo en la ciudad
Le pregunto cómo ha podido hacerse con esas fotos y me comenta que hacía unos  días recibió una llamada telefónica de él comentándole que ya tenía casa, que le habían robado el celular y que hubo de esperar a que le pagaran un trabajo para alquilar la casa y comprar otro nuevo.
En un momento determinado, ella le dice que cuando llegue a la casa, que le haga una llamada perdida porque quiere preguntarle in situ algunas cosas de la casa.
Extrañado acepta.
Se establece la comunicación ya en la casa y ella empieza a describirle lo que había en la terraza, cómo era la barandilla de madera, el mini jardín delantero, el detalle de la columna y que tenía la impresión de que la habían  pintado hacia poco.
Juan se quedó mudo de sorpresa y fue confirmando punto por punto cada una de las cosas que ella decía, incluida la niebla.
Y cuando ella le preguntó lo de la pintura, el respondió que la había pintado con sus manos, porque no tenía máquina.
Preguntó que cómo podía saber todo eso, y le respondió que un amigo suyo así lo había visto, por lo que le rogaba lo fotografiara uno por uno los sitios que le había citado para que yo confirmara con mis ojos que no eran imaginaciones sino visiones acertadas.
Y Juan no la creyó.
Ha pasado ya un tiempo más que prudencial y, según me comenta ella, de vez en cuando aún sale el tema de la visión.
Han sido muchas las veces que me ha sucedido, pero sigo sin entender cómo sucede y por qué.

16.- EL BASTON DE PEREGRINO
Estábamos comiendo en la cocina cuando de pronto oímos el golpe no muy fuerte de la puerta del armario del dormitorio del chico al chocar contra la mesa del ordenador.
Me lo quedé mirando y le dije que ya había dejado de nuevo a la gata dentro y ésta había empujado la puerta hasta abrirla para salir.
Llamo a la gata y oigo que maúlla en la cocina y al mirar la dirección del maullido veo que está echada y enrollada sobre si misma encima de la otomana que tenemos en la cocina.
Nos miramos los dos y pienso que se nos habrá “colado” alguien en casa sin oírlo, pero debe leerme el pensamiento el chico porque me dice que ha cerrado con llave la reja externa para poder comer tranquilos.
Me resulta tan desconcertante el suceso, que dejo de comer y me levanto para dirigirme a la habitación a ver qué había pasado.
Miro hacia  el armario empotrado de cuatro puertas y veo que la puerta última de la izquierda estaba abierta y apoyada en la mesa del ordenador, tal y como había imaginado.
Quito la silla que se interponía en mi camino para acceder a la puerta abierta, cojo con la mano izquierda el pomo y comienzo a cerrarla y entonces veo apoyado en un rincón del interior del armario, el cayado de peregrino con su calabaza vinatera, su vieira y su punta de hierro, que nos trajimos desde Santiago de Compostela hace unos tres o cuatro años y un bastón, más bien una vara de un metro cincuenta como máximo colocada a su lado, la que cojo e inspecciono no viendo ningún escrito que indicara de cuál era su procedencia.
Me quedo un tanto sorprendido pero cierro la puerta sin más historias pensando que el chico la habría dejado mal y esta se había abierto sola y el batón seria suyo de algún regalo.
Me siento y le pregunto que quién le había regalado el bastón que había visto en el armario y me contesta que yo se lo compré cuando estuvimos en Santiago.
Le digo que no es ese del que hablo sino de uno que hay al lado con una incisiones alrededor que ponen al descubierto la blancura de la madera enmarcadas las muescas en dos círculos completos arriba y debajo de las mismas.
Me mira sorprendido y me dice que de qué hablo y le respondo que del otro bastón que está allí y que no sabía que lo tenía.
Me mira más sorprendido aún y dice que allí solo está el de Santiago y me recuerda que ayer, cuando estuvimos guardando la ropa, lo saqué porque molestaba y, antes de cerrar las puertas, lo había puesto de nuevo.
Me quedo pensando y era cierto lo que el chico decía, pero también que en el lugar donde ahora había otro bastón, ayer, después de comer, no había nada.
Se lo digo y le pido que me acompañe y que abra la puerta del armario.
La abre y mientras lo hacía no le quitaba los ojos de encima para ver cómo reaccionaba ante lo que estaba dentro.
Fue una expresión superior a la sorpresa.
Se vuelve hacia mí y me dice si le estoy gastando una broma, porque él no ha tenido otro cayado que el que le compré en Santiago, que nadie le ha regalado otro y aquello ayer, cuando guardamos la ropa, no estaba.
Lo coge, lo inspecciona de arriba abajo, de una parte a la otra, lo hace girar en sus manos y todo da la impresión de que está recién fabricado.
Trato de hallar alguna explicación racional y vamos a ver a su madre por si pudiera ser  de ella y estuviera en donde vivimos y en ese armario porque lo hubiera dejado y no nos diéramos cuenta en los tres, o cuatro años, que hace que ella no entra en ese cuarto.
Se lo enseñamos y me pregunta toda seria que de donde lo hemos sacado.
Se lo explico y jura que ella no lo ha visto jamás, que no lo ha comprado, nadie se lo ha regalado y menos dejado en un sitio de la casa a la que ella no tiene acceso.
Hablamos un poco y le decimos al chico si es que quiere gastarnos una broma, pero me jura que no, que no sabe cómo ha llegado, que no es suyo, que ningún amigo lo ha traído e insiste una y otra vez que ayer, cuando colgamos la ropa, guardamos los sacos de dormir, las mantas y los edredones en el sitio que tenemos para guardarlos, tuvimos que  sacar el bastón de Santiago porque molestaba y luego lo retorné antes de cerrar la puertas.
Lo dejamos junto al otro y tuvimos tema de conversación durante bastantes horas hasta que él se metió en su cuarto con el ordenador y yo vine a leer un rato.
¿Explicación a eso?
Mucho tiempo después aún la seguimos buscando.
El bastón sigue al lado del de Santiago y no ha vuelto a abrirse la puerta.

                                           17.- DOS NOCHES DESPUES…
Una de las condecoraciones que la vida me ha impuesto tras sufrir treinta y cinco anginas de pecho, cuatro devastadoras y el resto de diversos calibres, a lo largo de los últimos veintiséis años de esta caminata hacia la muerte, es el que sin saber por qué, ni cómo ni de qué rincón salía, amanece un día en el que la aorta te grita con punzadas terribles que lo que mejor puedes hacer es ponerte en plan guerrero y tener cerca la munición de nitroglicerina por si mi amado corazón, para sobrevivir, la necesita metida en el cañón que forma la lengua cuando la depositas bajo ella en la boca.
Te acostumbras a este tipo de escaramuzas y sabes que en una de ellas perderás la guerra, pero mientras tanto, lo más inteligente es luchar y ver como las batallas son tuyas.
Pues así comenzó un día en el que no hice nada y aún tenía menos ganas de hacer.
Leí, me eché un rato y descansé, pero cuando se hicieron las diez mi cuerpo serrano me pidió que me acostara y tratara de dormir para estar mejor mañana.
Y dormía plácidamente, eso pienso, cuando noté que la mano de mi hijo se había posado en mi hombro y de sus labios brotaba un “¡papá, papá!” un tanto alarmado.
Le pregunté qué le sucedía y me dijo que podían ser manías suyas, pero que terminaba de ver de pie junto al ordenador desde donde escribo, la figura de un hombre alto y fornido, aunque no hay que descartar que el propio miedo que sentía le hizo verlo más grande de que era.
Aquello me despejó de inmediato y me levanté y encendiendo la luz recorrí el sitio donde me siento, el garaje y el cuarto donde está su ordenador sin que viéramos a nadie ni nada que hiciera sospechar que había sucedido lo que dice vio.
Después le pedí que me explicara desde el principio lo que había sucedido, pero después de que se serenara un poco.
Me dijo que estaba en la cocina con a luz encendida cuando sintió sed y se levantó para coger del frigorífico una botella de agua fría, que llegó al frigorífico y como la puerta se  abre al revés por motivos del diseño de la cocina, al abrirla hay que girar la cabeza unos 40 o 45 º desde la perpendicular de la puerta hacia la izquierda, de forma que los ojos enfocan el pasillo que tiene un poco de iluminación que proviene de la cocina pero que no llega a la puerta del cuarto donde está el ordenador del chico.
Y fue en ese momento cuando se percató que había una figura humana oscura de cierta estatura y fornida que debía estar entre el ordenador donde escribo y las cajas de libros apoyadas una encima de otra desde el suelo hasta cuatro cajas de 25 cm y que quedaba perfectamente recortada en la cortina que cubre las cristaleras de la puerta iluminadas por la luz de las farolas de la calle.
Pensó que sería una sombra y cogió una botella y, tras abrirla, bebió y después la cerró e inició las misma operación que cuando abrió pero a la inversa , por lo que volvió a enfocar sus ojos por el pasillo observando que al fondo seguía estando la misma forma humana opaca recortada sobre la cortina.
Sintió frío y a continuación se le erizaron todos los vellos del cuerpo, cerrando de golpe la puerta del frigorífico con la sensación intensa de que estaba siendo observado.
Encendió la luz del pasillo para venir a donde duermo y la figura desapareció antes de que llegara a tocarme y hablar.
Le digo que hagamos una prueba y le pido que se ponga en donde dice que vio la figura y yo miraré desde el frigorífico, pero dice, casi a gritos, que ni hablar, que me ponga yo.
Le digo que se ponga en la cocina en el mismo sitio desde donde lo vio y yo me situo entre la mesa del ordenador y las cajas de libros y me confirma que la figura era más alta que yo y más delgada, pero no flaca.
Que se me veía bien recortado sobre la cortina de la puerta y que no tenia duda alguna de que lo que vio fue una figura humana.
Hablamos unos minutos, sobre un cuarto de hora y le expliqué que a él ya le han pasado algunas cosas y yo le he hablado de las sucedidas a mí, así que no debe tener miedo aunque no sepamos quien es, qué quiere y por qué vine a esta casa.
Me pregunta si creo que estamos seguros viviendo aquí y le respondo que si nos hubieran querido hacer daño, ya nos lo habrían hecho, aunque reconozco que al no saber, es normal que estemos preocupados y un tanto nerviosos.
Le digo que vuelva a la televisión que voy a tratar de dormir más y me dice que va a pagarla y a acostarse, le digo que le espero y viene y empieza a desnudarse muy despacio.
Le pregunto si le ocurre algo y me dice que tiene miedo por lo que le digo que estamos los dos y nadie va a hacernos daño.
Por fin se acuesta y le digo que por qué no apaga la luz y me responde lo mismo: tengo miedo.
Le dejo un poco mas y al final la apaga.
No sé lo que me costó volver a dormirme esa noche porque no lograba apartar de mi mente lo que el chico me había contado, pero al final lo conseguí.
Y a la mañana siguiente, cuando se levantó, le pregunté cómo se sentía y repitió que asustado, porque dos días antes había aparecido un bastón de la nada y esa noche pasada había un hombre que lo observaba.
“Papá, tú dirás lo que quieras, pero lo que está pasando en esta casa no es nada normal y yo estoy asustado y preocupado”.
No se lo podía rebatir así que le dije que mientras no cambiara nuestra situación económica, no podríamos movernos de esta casa, además de que para los sucesos paranormales y las visitas de otros seres de otras dimensiones, ni había puertas ni distancias, por lo que no teníamos más remedio que soportar lo que pasara.
Sé que no se convenció de nada, pero como yo, no tenemos donde elegir.
Y pasado el tiempo sigo pensando que no puedo llamar casualidad a la aparición de un bastón y después un fantasma, o lo que fuera.
Pero también es verdad que sigo sin entender absolutamente nada de lo que sucedió en ambos casos
 
18.- EL DESODORANTE
Casi todos baños se parecen y tienen, salvo los de lujo y los de los excéntricos, un inodoro, un lavabo, una bañera, o plato de ducha, y un bidet.
Pero como he visto tantas cosas ya a lo largo de mi vida viene a mi mente el capricho de un nuevo rico para el proyecto de una mansión en Oliva, la inserción en él de un baño “privado” parecido a los del Palacio de Versalles.
Me quedé mirando al matrimonio y haciendo un esfuerzo por no reírme a carcajadas, le dije a la dueña, que fue quien pidió el baño, que buscara en alguna revista francesa algún modelo de baño que le gustara, porque “el palacio de Versalles carece de baños”.
Ante su sorpresa dije que hicieron tan grandes los jardines porque por la mañana se volcaba en ellos el contenido, desde la ventana, “de las tazas de la noche”, forma original de llamar a los orinales los franceses, que presumen mucho de sus palacios pero no están hechos pensando en esas necesidades tan básicas, cosa que el del Escorial si tiene, por lo menos en los aposentos de Felipe II, lo que me hacía pensar que también deben, debían en aquellos entonces, haber donde residen los monjes, porque al fin y a la postre, Felipe II donó a los monjes más del 70% de toda la edificación para monasterio.
Tras esta aclaración, diré que el baño de mi casa, más que modesto puedo calificarlo de espartano: un inodoro, un plato de ducha empotrado en el suelo, un bidet y un lavabo, todo de color blanco, con una barra para la toalla y una argolla para el bidet y paso a relatar lo que a continuación escribo sin más pérdida de tiempo.
Mi hijo y yo tenemos la costumbre de poner los dos cepillos de dientes y las maquinillas de afeitar Gillette en un tarro cerámico con tapa de agujeros,  la pasta de dientes junto al tarro y el dosificador pequeño de jabón para las manos en el rebaje que hay en el lavabo para la jabonera en el lado izquierdo y en el lado derecho, en el otro hueco simétrico, está el desodorante de áloe de Mercadona que tiene un tapón roscado muy grande de plástico verde que resalta sobre el blanco del lavabo,  en ese pequeño rebaje, casi tanto como lo hacía sobre un montón de yeso un cura de los de antes.
Ambos tenemos la costumbre de ducharnos al levantarnos y antes de hacer nada, así que ese día seguí el mismo ritual de cada mañana entrando en el baño, quitarme el slip y dejarlo en el suelo, quitarme la camiseta y extenderla en el suelo como toalla para no resbalar y meterme en la ducha.
Me duché, me puse encima de la camiseta y me percaté que el desodorante no estaba allí aunque no me sorprendió mucho conociendo lo desastre que es mi hijo.

A continuación me afeité, me lavé los dientes y me fui a buscar el desodorante porque algunas veces mi hijo se lo pone en la habitación y se le olvida reintegrarlo a su sito.
Y allí fui, pero no estaba.
Busqué encima de la mesa del ordenador y tampoco estaba, así que desnudo como iba volví hacia el baño y al encarar la puerta que había dejado abierta, estaba solo en casa, lo primero que veo es el lavabo y en su sitio el dichoso desodorante con su caperuza verde plantado como un abeto.
Lo estaba viendo, pero me acerque y lo cogí en la mano, lo volví a dejar y bajé la tapa del inodoro y me senté mirando sin parar el dichoso desodorante y analizando todo lo acaecido  confirmé que no es que no lo había visto, sino que no estaba.
No sé con exactitud el tiempo que estaba sentado cuando noté una sensación de frio, como si la temperatura entera del baño hubiera bajado cinco o seis grados de golpe aunque no sentí ningún escalofrío.
Me levanté y me dirigí a la cocina a coger de la secadora un slip y una camiseta mientras seguía pensando en lo sucedido.
Regresé al baño y todo seguía en su sitio, así que me puse desodorante en las axilas y me vestí, saliendo hacia donde tengo el ordenador para encenderlo.

No ha vuelto a suceder más, pero es tema frecuente entre nosotros aunque sigamos sin entender qué sucedió. 

                                                 
19.- EN EL “SIONA”

El “Siona” era un velero de 30 pies que alquilamos en el puerto de Moráira para darnos un paseo por el Mediterráneo occidental antes de que llegara el tiempo de los temporales de levante, y sus homólogos de poniente, que podían dar al traste con lo que iba a ser, en principio, una travesía placentera.
Salimos Juan y yo solos porque pensábamos que aquel aserto marinero de “una novia en cada puerto” era cierto y el resultado de la experiencia adquirida desde que se pasearon por esta costa, primero los fenicios, luego los griegos, más tarde los cartagineses y, ya en masa, los antiguos romanos que eran más trotamundos que el mismísimo Herodoto.
Personaje que había recorrido a pie, o en carro, todo el mundo antiguo conocido y de inteligencia tan fina que dijo que las crecidas del deificado Nilo no podían ser otra cosa que grandes deshielos.

Agudo que era el hombre y acertadas sus observaciones tal y como se demostró cuando encontró Stanley al doctor Livingstone cerca del lago Tanganika.
Pasamos por el Benidorm escandaloso, seguimos por el cabo Huertas alicantino y navegamos recto hasta vislumbrar el cabo de Palos y la isla de las Hormigas, pero como aquella zona parecía muerta desde siglos, seguimos hasta atracar en el puerto de Garrucha, donde creyeron que éramos dos homosexuales abstemios que se habían perdido.
Opinión que varió por completo cuando esa noche nos vieron en compañía de dos zagalas que se las traían, además de estar bien bañados por dentro de cerveza y otras bebidas.
Pero corramos un tupido velo y amanezcamos, de nuevo solos, navegando hacia el cabo de Gata y el puerto deportivo de San José, donde las tapas eran enormes, la cerveza fresca y abundante y las mujeres, de lo más sugerente y apetitoso.
En este puerto también pensaron lo mismo hasta tal extremo que se acercó un tierno mancebo con la estúpida pretensión de hacernos pasar una noche de ensueño.
Y es que mis antecedentes árabes pesan mucho y sigo, pasados ya los años y camino de viejo, que no debo probar la carne de cerdo.
Amaneció el día acompañado de un buen dolor de cabeza, pero nada como el agua de mar para que sacar la responsabilidad de entre la resaca y seguir navegando.
Y amanecimos, cuando el día estaba terminando, en el cabo Tres Forcas, el Tetra Madarí de los árabes, que nos acercó a Melilla, sede de legionarios, marroquíes, judíos y cristianos y hermosas mujeres que con sus ojos negros hechizan al más guapo.
Dormimos en el barco y el día en Melilla, donde comimos como reyes poco dinero y, para pasar la noche, en un taxi nos trasladamos a Nador donde dormimos, bueno esa era la pretensión acompañados por huríes que se había escapado del paraíso musulmán.
Y nos levantamos y fuimos a desayunar, no sin antes maldecir los huesos al muecín que a las cinco y media de la madrugada y mediante alaridos, nos hizo saltar de la cama con el último modelo de traje de Adan y Eva.
Después de poner en duda la honradez de su madre, expliqué a Juan que lo hacían para vque los verdaderos creyentes fueran a rezar y los más vagos para que se jodan y no puedan dormir.
No sé si le convencí, pero él siguió con las dos odaliscas y yo regresé a mi habitación seguro de que la cordera mía no había hecho puto caso de la llamada a la oración matutina.
Siempre los recién casados dan pie a buenas anécdotas y a nuestro lado había una pareja de españoles que se miraban embobados tras una noche de intenso amor, las caras lo decían todo, que pidieron al camarero chocolate para desayunar.
Y el joven, muy servicial, inquirió todo serio: “¿A la taza o del que se fuma”.
Casi salió el contenido de nuestras bocas, por lo que optamos por pagar y levantarnos tratando de controlar la risa que nos embargaba. 
Juan, que siempre se ha sentido como el Espíritu Santo por encima del bien y del mal, no se le ocurre nada mejor que llevarse como souvenir del viaje cuatros kilos del chocolate que no se servía en taza.
Yo deje de fumar en el 69 por una promesa y aún no la he roto, así que le avisé que, mientras estuviéramos navegando,  no se le ocurriera “liarse” nada que “la liaba” sobre sus costillas.
Creo que resulté convincente: no lo hizo.
Luego, debió tener un destello de iluminación divina, dijo que eso ayudaría a recuperarnos de los gastos del crucero.
No tenia donde elegir, así que lo escondimos de forma que lo viera todo el mundo, que es la manera de que nadie lo mire.
Imaginación que no abunda en mucha gente.
Y cara a la noche, después de una buena siesta y porque estaba harto de un sol abrasador que me derretía las escasas ideas que tengo, dijimos adiós a la Comandancia de Marina y salimos a motor hasta sobrepasar al Tres Forcas, que nos había recibido, e izaríamos velas para aprovechar el viento de poniente que soplaba desde el estrecho, con rumbo al cabo de Gata a donde calculaba que llegaríamos  poco después de amanecer el nuevo día, para virar hacia el cabo de Palos y desde allí directos al Peñón de Ifach para atracar en Moráira.
Como Juan se dormía en el filo de una navaja, dije que estaría al timón toda la noche y que el durmiera y que lo cogiera él en las horas del día.
El único ruido que oía era el de la proa cortando el agua porque no había olas, solo el movimiento continuo del mar fuera ya de la protección de la costa y el leve crujido de la arboladura al ser empujada por un suave viento de poniente que mantenía  las velas hinchadas dando al “Siona” una velocidad de unos siete nudos.
No era un galgo en el mar, pero navegaba.
Ya estaba la noche muy avanzada y en calma, lo que me había permitido dedicar mucho tiempo a la contemplación del cielo, ese fascinante misterio que desde niño me ha atraído y presenciar en él las cosas más increíbles, cuando desde dentro oí gritar a Juan alarmado.
Solté un momento el timón y miré por la puerta que da acceso al interior del velero sin ver nada y volvió a salir su voz más fuerte.
Até la caña del timón, encendí la lámpara de emergencia y señales que tenia a mi lado en el banco donde me sentaba y alumbré hacia el interior y vi a Juan de pie mirando el suelo y en él bastante agua que le llegaba casi a los tobillos.
Me miró y solo dijo: “¡Nos hundimos!”.
Seguí mirando y lo que vi era que el agua se movía a impulsos del movimiento del barco, pero le dije que saliera rápido.
Salió y echamos al mar el chinchorro que llevábamos por si acaso atado con un cabo a la amura, nos pusimos los salvavidas y até la radio baliza de emergencia a mi chaleco.
Le echamos dos garrafas de agua al chinchorro y antes de abandonar el velero dije de darle una mirada más detenida.
No le hice caso, así que alumbre de nuevo el interior y no me pareció que hubiera subido el nivel del agua, por lo que me senté al timón y con el faro a la mano, seguimos navegado.
Al final le tuve que decir que se subiera en el chinchorro si tan seguro estaba que nos hundíamos, pero renegando por lo bajo, siguió a mí lado.
Cada pocos minutos encendía la lámpara pero no observaba que el nivel del agua subiera más allá de lo que imprimía a las olitas de dentro el movimiento del barco.
Y fueron pasando los minutos, primero un cuarto, luego otro, después tres cuartos y así hasta una hora sin que el nivel hubiera subido de forma alarmante.
Si se veía ya cubierta por una capa aceitosa, lo que me indicaba que la zona del cárter del motor, estaba cubierta de agua.
Me lo pensé mejor, le dije que cogiera la caña del timón y que mantuviera la lámpara encendida mientras descalzo bajé para recorrer todo el barco, solo eran 9 metros, sin encontrar una vía de agua que me anunciara un hundimiento rápido.
Volví sobre mis pasos y, tras informarle de lo que había visto, dije que iba a conectar la bomba de achique, que no me dejara a oscuras,
Le dije que procurara que no se apagara el farol de emergencia y conecté la bomba de achique.
Lo hice y oí como funcionaba, pero hacía el mismo ruido que cuando trabaja en vacio.
Le grité que mirara si por el agujero de salida de la bomba veía salir agua y contestó que no salía nada, así que desconecté la bomba no fuera a ser que se quemara, o lo peor, agotara la batería no haciendo nada.
En ese intervalo, el agua no había subido, o al menos, no lo percibía a simple vista en aquella masa de agua en movimiento dentro del casco del velero.
Salí para decirle que me llevaba la lámpara porque iba a destapar la caja del motor y acceder a la bomba de achique para tratar de saber qué ocurría.
Dijo que estaba loco y era un suicida, lo que le confirmé mientras me iba diciendo que solo desde el instante de mi nacimiento.
Y con el agua a media pierna me metí en el motor y vi que el nivel del agua aún no llegaba a la varilla de comprobación del nivel del aceite, por lo que le grité que lo pusiera en marcha para recargar la batería y no agotarla entre la bomba de achique y el foco.
No sé lo que decía mientras renegaba más que un puerco, pero lo hizo, así que metí mis manos hasta la bomba y encontrarme que el tubo de plástico rígido original lo habían sustituido por otro de goma flexible y éste estaba doblado en ángulo agudo y endurecido.
No tuve duda alguna: habían calentado la goma flexible para introducirla en la salida de la bomba, pero debieron calentar más trozo y éste, tras embocarlo, se dobló y al enfriarse se puso duro impidiendo la salida del agua, al estar acodado tanto.
Lo apreté entre los dedos y no se abrió, traté de girarlo, pero la abrazadera me lo impedía, así que salí y en el cofre de herramientas busqué un desatornillador de cruz.
Regresé, volví a meter mis brazos en aquél agua aceitosa, e iluminado con la lámpara, estuve maniobrando hasta que logré que empezara a aflojarse.
En esa posición doblada y con el motor casi rozándome la cara y el pecho, retrocedí para coger uno de los sacos de dormir que empape en el agua y coloqué doblado cobre la tapa de balancines del motor tratando de evitar que, en un bamboleo del barco, cayera sobre él y me abrasara la cara o el pecho.
La abrazadera salió, pero al tubo no había forma de sacarlo de tan adherido que estaba.
Le grité que me diera una navaja y preguntó que pensaba hacer y se lo dije.
Tuve que ir a la cocinilla del velero y tomar un cuchillo de sierra de mesa y regresar para empezar a cortar el tubo flexible a unos 10 cm después de donde estaba el pliegue tan agudo y hacerlo costó un poco, no tanto por la dificultad como por la posición y el agua que llenaba el hueco.
Y una vez hecho esto, empecé a cortar, serrar más bien, en la parte de arriba del tubo empotrado en la salida de la bomba, hasta que sudando a chorros, logré sacarlo.
Salí a cubierta a respirar aire fresco porque los vapores del motor eran muy abundantes, tiempo que aproveche para explicarle a Juan lo que había hecho.
Menos  guapo, me dijo de todo, y cuando se calló le pedí que entrara conmigo, encendiera el hornillo de gas, calentara agua en un cazo y cuando lo pidiera, lo acercara para poner la punta del tubo y que se ablandara, pues la primera tentativa de introducirlo tal cual estaba, había resultado imposible al ser de menor diámetro que la embocadura.             
Calentó el cazo con agua hasta casi hervir y lo bajó para que sumergiera la punta, que  ablandó lo suficiente, la cogí desde detrás e intenté insertarla en su sitio, pero al haber agua se enfrió y al endurecerse, no entraba.
Aquella sensación fue demoledora en ambos, pero no teníamos más opciones que repetir la operación hasta que lo lográramos.
Lo intentamos dos veces más y siempre con el mismo resultado: se enfriaba y ya no entraba.
Ya muy nervioso, dije de salir y respirar aire fresco para los pulmones y tratar de que los nervios se serenaran, lo que hicimos.
Bajamos de nuevo, calentamos el cazo con agua y descendí hasta el motor: el agua no me llegaba aún a la rodilla.
Cogí el tubo, lo sumergí en el agua caliente y cuando vi que estaba blando, repetí la operación de meterlo a través del agua en la embocadura y no fue posible.
 En el último intento, estando Juan a mí espalda, teniendo en la mano el cazo con el agua caliente y en la otra la lámpara, metí la goma en el agua caliente y después iba repetir lo de las otras veces: al agua fría y a tratar de introducirla deprisa antes de que se endureciera.
Y fue un instante antes de intentarlo, con la desesperación que da el miedo, cuando  dije dentro de mí: “¡Dios mío, si tu no me ayudas, yo no puedo!”
Metí la mano a través del agua, localicé la embocadura, puse la manguera y sin hacer ningún esfuerzo noté, a través de los dedos, que se introducía hasta el tope por completo. Fue tal la sorpresa que retrocedí de golpe pegando a Juan, al que se le cayó el cazo y se golpeó contra el mamparo mientras gritaba “¿Qué pasa?”
Sin hablar, giré la cara y al verla se asustó más gritando histérico que saliéramos y no sé el tiempo que transcurrió, pero me lo quedé mirando y con calma dije: “¡Conecta la bomba!”
Me miraba como si viera un aparecido, pero salió y conectó la bomba, que de inmediato comenzó a sonar como cuando achica.
Veintisiete años después de aquel suceso, me he puesto a sudar como entonces al revivir aquel hecho como si sucediera en este instante.
Salimos y alumbramos con el foco el costado del velero y vimos como salía el agua sucia y mezclada con aceite.
Iba a preguntarme y le hice un gesto de que callara.
Aquellos momentos los proveche para, en la intimidad de mi conciencia, jurar que mientras viviera no volvería a maldecir el nombre de Dios ni las cosas de su iglesia.
Lo que he cumplido.
Me fui serenando y le dije que había entrado y que no pasaba nada.
Me miró incrédulo y dijo: “¿Cómo?”
Solo dije:”Entrando”.
Es la primera vez que cuento lo sucedido aquella noche y juro por el mismo Dios al que pedí ayuda, que lo que he contado, sucedió así.
Al rato el nivel de agua había bajado, pero seguimos navegando llevando el chinchorro remolcado, los chalecos puestos, las velas desplegadas, el motor en marcha y la radiobaliza de emergencia en el banco  del timón a la mano.
Amaneció tras una noche eterna y entonces descubrí, cuando la bomba había achicado todo, que el prensaestopas del eje de la hélice hacia agua, que se había ido acumulando durante la travesía junto a las duchas que nos dábamos y que la bomba, aunque la conectábamos, no achicaba de la sentina del barco por el problema que arreglamos, a lo había que añadir la ducha que se dio Juan antes de acostarse esa tarde.
Mientras el barco navegó al amparo de la costa, el oleaje de fondo normal, no afectó al velero, pero cuando ya navegábamos por el Mediterráneo y la corriente que viene desde el Atlántico, empezó a cabecear y sucedió lo que he descrito, dando la sensación de que había más agua de la que embarcaba el casco.
Nunca he dejado de creer que lo que me aconteció esa noche fue un milagro, hubiera el agua que hubiera.
Son cosas que solo las sabe el que lo pasó.

20.- EN REANIMACIÓN…
Seguía teniendo en la pierna izquierda, y en el pecho, aquella cremallera de grapas de acero con que me cosieron desde el tobillo hasta medio muslo y de arriba abajo el esternón.
La verdad es que impresionaba la visión con el añadido extra de ver salir tres hilos metálicos, por debajo de la tetilla, de distinto color enrollados de forma un tanto precaria y tapados con un apósito.
Haría unos días que estaba en casa tras el nuevo ingreso hospitalario como consecuencia  de una angina de pecho devastadora, debía ser la 28 o la 30 del cómputo general de las 35 que he soportado, el 13 de noviembre de madrugada y estar entre la depresión post traumática por la operación a corazón abierto, el sermoneo de la madre del chico por temas económicos, no había nunca otro tema entre ambos y la incertidumbre que tenia al descubrir que la empresa en la que trabajaba cotizaba por mí como peón de albañil en vez de jefe de obras, hacia que mi estado anímico estuviera por los suelos.
Los médicos, las enfermeras y todo el mundo, cuando piensan que no sobrevives o que es tan grave la cosa, no tienen recato alguno en hablar con un vocabulario, si no de prostíbulo, si de los que acojonan.
Se pasaron el trayecto hablando con el hospital al que le comunicaban que no llegaba vivo, que estaba semiinconsciente, que no llegaba y que me llamaran al Arnau para decir que íbamos con un paciente muy grave.
Entre ellos me decían mientras metían bajo la lengua Adalat, el sabor lo conocía desde el 85: “¡No te me mueras, cabrón!” “¡Aguanta, mamón, aguanta que ya llegamos” y “¡Este se nos muere!”: sin duda de un erotismo excelso.
Estoy seguro que pensaban que no me enteraba de nada, pero pasado el tiempo, un día le dije a  Manolo, al que más confianza le tenía, todo lo que había escuchado: se puso rojo como un pimiento.

El trayecto no era superior a la media hora y en principio pensaban ingresarme en el hospital donde me operaron el 20 de Octubre de ese año, de un triple by-pas coronario, necesidad perentoria como consecuencia de, en un cateterismo rutinario, haber rasgado una coronaria y perforado otra.
Debieron sentir remordimientos porque una vez en la faena, cambiaron una más que no debería presentar buen aspecto.
Eso pienso, porque la verdad es que entré para un cateterismo normal y corriente, mandado por el cardiólogo del Arnau, que harto de hacer electrocardiogramas sin hallar nada, me dijo que cuando me exploraran y regresara iban a mandar los de La Fe una nota interna censurando que enviara a pacientes que no tenían nada en el corazón, pero salí el 28 de Octubre con la pierna izquierda sin la arteria safena, un corte desde el tobillo hasta medio muslo, todo el esternón cortado, un triple by-pas coronario, el occipital fracturado, un corte en el cuero cabelludo de esa zona y el brazo derecho dislocado un tanto.
Así regresé a la casa subiendo los cuatro pisos poco a poco y para mantenerme un tanto distraído, contraté con Vía Digital, canal de pago, para poder entretenerme dado que ya me habían avisado que le recuperación del pleno movimiento de la pierna y del brazo, llevaría su tiempo: casi ocho meses, por lo que me dispuse a aguardar lo mejor que pudiera la llegada del final porque la realidad era que me encontraba muy mal.
Pero estaba preocupado por mi hijo de 7 años por cómo iba a ser el futuro suyo con  madre.
Y en uno de los programas vi como una mujer, con sus cartas de tarot, le adivinó a una consultante todos sus problemas y le aclaró sus dudas al mismo tiempo que le hacía unas predicciones. 
Anoté el número de teléfono y uno o dos días después, efectué una llamada.
Se puso una mujer y dijo que en unos segundos me contestaría un profesional de las cartas.
Y aquí comenzó la conversación.
“¿Dígame?” (Era un hombre)
“Buenos días, necesito hablar con alguien”
“Soy Yaiko, ¿cómo te llamas?
“Raúl”
“Desde donde me llamas?”
“Desde Valencia”
“¿Qué deseas saber?”
“Lo que me diga sobre mí y el futuro”
“Voy a barajar las cartas y cuando quieras, corto”. (Se oye barajar)
“¡Corte!”
“Hay dos montones, ¿Qué lado escoges?
“El izquierdo”.
Y comienza a hablar.
“Hace poco que has salido del hospital”
“Cierto”
“Tienes algo grave en el corazón”
“Cierto”
“Te han operado no hace mucho”
“Si”
“Qué te han hecho”
“Un triple by-pas coronario”
“No te han dejado bien”.
“No lo sé”.
“Tendrán que volver a meterte en el hospital”
“No lo sé”
“De mediados de marzo a mediados de abril del año que viene, pero te dejarán bien” (El catorce de marzo y como consecuencia de otra angina de pecho, la que me trajeron al cura para confesarme, me hicieron un nuevo cateterismo y descubrieron que una de las tres coronarias del by-pas se había doblado por completo y no irrigaba)
“No lo sé”.
“¿Trabajas en la construcción?”.
“Si”
“¿Tienes un niño pequeño?”
“Si”
“¡¡¡Tienes un pasado…!!!”
“Si, pero no son exactas las cartas”
“¿Cómo que no son exactas las cartas?”
“No, es mucho peor de lo que dicen”
Risas.
“¿Que me puede decir sobre el futuro?”
“Volverás a trabajar en la construcción pero no en lo mismo” (Cierto, luego fue en las oficinas de dos empresas constructoras y controlando obras fuera de Valencia))
“Te van a dar una pensión”
“Imposible, tengo un problema desde el 77 con la seguridad social y no me la darán”
“Te van a dar una pensión” (Cierto, me la dieron en julio del año siguiente por incapacidad laboral completa y absoluta y me descuentan cada mes para saldar la deuda con ellos)
“Nunca te faltará dinero porque cuando no te quede sucederá algo y te entrará un poquito” (Cierto)
“No lo sé”
“Y no ganarás dinero mientras no salgas de la situación en la que estás”  (Cierto)
Le doy las gracias para despedirme y me dice:
“¿Te puedo hacer una pregunta?”
“Si, por supuesto”
“¿Qué sucedió en reanimación?”
Me callé unos momentos y dije
“¿Qué le hace pensar que me ocurrió algo en reanimación?”
“Entiendo que no quieras hablar de ello, no te preocupes”
“Si, sucedió, no cuelgue que pago yo el teléfono y se lo voy a contar”
Llevaría cuatro días en reanimación, (eso lo supe después) con la mascarilla de oxígeno puesta, inmóvil boca arriba (tengo zonas del coxis necrosadas por el peso de mi cuerpo sobre la camilla), sondado, desnudo, conectado a un estimulador cardiaco (tenia “bajo gasto cardiaco”, eufemismo para decir que el corazón no funcionaba por si solo), el brazo derecho apoyado sobre mi abdomen y el izquierdo rígido con agujas clavadas en el pliegue del codo y encima de la mano y siempre con los ojos cerrados, oyendo como cada cambio de guardia de las enfermeras comentaban entre ellas “¡Dios mío, como aguanta!” y otras veces “¡Qué fortaleza tiene este hombre!”.
Y un día abrí los ojos y empecé a ver donde estaba y qué me rodeaba”
Reanimación es el espectáculo más duro de los hospitales que se puede comparar con los de sangre en el frente
“Había una zona separada por una mampara con la parte de arriba acristalada y más de la mitad hacia abajo, opaca (Luego supe que en esa zona estaban los pacientes en situación más desesperada).
Por la tarde, con el cambio, oí a una enfermera que me preguntaba cómo estaba y reconocí la voz: era una de las que hizo un comentario sobre mi situación
La miré y moví la cabeza, no podía otra cosa, y se acercó y entendió que quería hablar y retiró la mascarilla de oxigeno y dije “¡sí he aguantado!””
Cambió de color y debí hacer una mueca que era una sonrisa para que se tranquilizara y moví de nuevo los labios lo que le obligó a acercar su cara a la mía y dije:
”Creo que me está creciendo la cabeza, porque detrás me duele mucho”.
Pasó la mano por el cuello e intentó subirla hacia la coronilla, pero vi en su cara un rictus de sorpresa, sacó la mano y dijo que iba a avisar a quirófanos para que alguien bajara.
Bajó uno enfundado en su bata verde, una mascarilla tapando su boca y unas gafas sujetas por detrás con una goma
Se acerca, introduce las manos, me palpa haciendo daño y el hombre me miraba mientras exploraba aquello que me dolía.
Oigo que le dice a otro que se había aproximado qué no tenía sentido lo que notaba palpando, a lo que el otro respondió con un “pregúntale a ver si le ha pasado algo”.
Me quita la mascarilla, se me queda mirando y casi con una sonrisa de oreja a oreja, aunque  no se la veía por la mascarilla que llevaba, exclama con voz relajada y casi alegre:
“¡Ahhhh, pero si es éste!”, “¡No pasa nada!”
Y comenzó a alejarse con el otro que tenía una cara de sorpresa que asustaba, al que, cogiéndolo del brazo, comentó como si nada:
“Es que como pesa tanto, al intentar echarlo sobre la mesa del quirófano se nos escurría y tuvimos que subirlo de golpe y se dio contra el poste del anestesista”
No tenía fuerzas ni para maldecirlos, así que, a día de hoy, tengo hundido el occipital y una cicatriz.
No me di cuenta de cuando cambiaron a las enfermeras, se que lo hacen cada 12 horas, a las 7 y a l9, pero un rato más tarde, o una hora o más, no tenia noción del tiempo y sin ninguna razón especial, mi mente comenzó a despejarse y las brumas en las que estaba sumida desaparecían.
Era tan extraño lo que notaba que pensé que era fruto de la híper oxigenación del cerebro, pero es que, al mismo tiempo, percibía una claridad mental fuera de lo común, como si se hubiera iluminado, como si estuviera accediendo a una supra consciencia que no conocía.
A estas alturas de tan extraño fenómeno me daba cuenta que la claridad mental que tenia era excepcional, superior y que comenzaba a tener en el cuerpo una sensación de ingravidez.
Ya no notaba el dolor en la cabeza, en las heridas, en los brazos, pero seguía estando en aquella cama, no flotaba, no me había salido de mi cuerpo, pero no notaba que estuviera sobre ella.
Estaba inmovilizado y lo percibía, pero sin dolor alguno, con una percepción visual aguda, un sentido del oído nuevo (tengo las orejas casi como adornos por los años de estar metido entre motores y ruidos) y estaba sorprendido y sin entender nada de lo que me sucedía, porque es que, además, carecía de todo sentido y lógica dado el estado físico en que estaba.
Al otro lado de esa mampara, no veía quien o quienes estaban allí, apareció un medico joven que se inclinaba de vez en cuando sobre “alguien”; se incorporaba y consultaba algo en unas hojas de una carpeta de pinza.
Se iba y al poco rato regresaba, unas veces solo y otras en compañía y entre ellos comentaban cosas que no oía.
Y así fue pasando el tiempo, sin tener noción exacta de cuánto.
Aquella especie de iluminación mental que sentía, esa claridad, se iba haciendo más grande a medida que percibía una mejora en mi estado físico que carecía de sentido y explicación.
Apareció una enfermera con un foco que encendió para iluminar a aquel desconocido visitado por los dos médicos.
Aquella luz incidía directamente sobre mi cara y al salir la enfermera de la zona de la mampara se percató que me molestaba y acercándose  dijo:
“Voy a poner un paño verde de quirófano  para que no le molesten los ojos”.
Y así lo hizo.
Seguía mirando constantemente y viendo entrar al médico solo o acompañado por otro, pero no oía nada y sin tener una idea clara del tiempo que transcurría.
Y allí seguía el paño verde pegado con esparadrapo a la mampara como al principio.
Como lo tenía frente a los ojos, no había necesidad de mover ni la cabeza y era lo primero que veía al dirigir mi mirada a la mampara.
Y mirando hacia la mampara me llamó la atención que, en el paño de quirófano, se estaban formando dos caras, que al poco eran la de dos seres con barba, ancianos, muy serios que estaban mirando hacia aquel paciente que tanto era visitado.
Aquello fijó mi atención por completo.
Estaban serios y ceñudos y en momento alguno miraran hacia mi lado.
Yo seguía con plena consciencia y no soñaba, estaba despierto, aunque muy oxigenado, y comprendiendo lo que ocurría y estaba viendo”.
Entonces entró el médico más alto y consultó un libro y a continuación entró el otro compañero que había estado más veces.
Hablaron entre ellos y el primero, dijo, eso sí lo oí con claridad y no he comprendido cómo:
”¡Se me va, ya solo queda suministrarle vitamina K como último recurso!”
Y a continuación se llevó ambas manos al rostro y después se limpió los ojos”.
Lo estaba viendo, ver llorar a un médico, me parecía increíble.
Y en aquel instante y sin saber por qué me salió de dentro de mi alma esto:
“¡Dios mío, salva a ese hombre que no veo y haz que este médico deje de creerse un dios y pase a ser un hombre!”
Jamás en sabido por qué dije eso.
Lo había dicho en ni mente sin cerrar los ojos y en ese mismo instante, la cara inferior de las dos que aparecían en el paño verde, se volvió hacia mí y sonrió, dejándome por completo asombrado.
Parpadeé varias veces para asegurarme de que no soñaba, que me seguía mirando y sonriendo hasta que, en un momento que no he sido capaz de discernir, volvió a mirar al que no veía y fui invadido por una paz infinita que hizo que me quedara dormido profundamente al instante.
A las siete de la mañana cambian el turno de reanimación pero me vieron tan profundamente dormido que no me despertaron y cuando me desperté, ya muy de día, miré hacia la mampara y el paño verde seguía allí, pero las caras habían desaparecido.
Seguía con aquella híper consciencia mental y con la sensación de ingravidez y ausencia de dolor en todo mi cuerpo porque cuando vinieron a cambiarme la sábana bajera, la bolsa de orina y a asearme el cuerpo no noté ninguna molestia.
A media mañana apareció un cardiólogo que no paró de mirar entre los datos que suministraban los monitores y mi cara, pero no decía nada, es más, tuve la sensación de que no daba crédito a lo que veía, de lo que yo no tenía ni idea.
“No dijo otra cosa que “esto ya tiene otro color” y se fue”
Al medio día, lo sé porque en la habitación estaban dando la comida al otro, me subieron a planta, donde permanecí cuatro días más hasta que me dieron de alta
“¿Y no pensaste nada?”
“La verdad que no pensé en nada y es la primera persona a la que se lo cuento”
“Creo que hiciste la elección correcta”.
“¿Qué ha dicho?”
“Te van a dar vida a cambio de no haber pedido para ti”.
Me quedé en silencio y terminó diciéndome:
“Las cartas dicen que te había sucedido algo que, como poco, se puede clasificar como extraño”
Me despedí dándole las gracias y le añadí la anécdota de que cuando vino Torregrosa, el cirujano cardiaco, a darme el alta, se sentó un momento en la cama mientras miraba “la cremallera del pecho” y muy serio me soltó:
“Mira, Raúl, en los veinticinco años que llevo operando en la Fe a personas que me entran con tu cuadro clínico, tu eres la primera que sale viva, así que vístete y vete a tu casa, porque cuando te vi, pensé, ¿para qué  me traen a un muerto?”.
Solo pensé que si había algo excitante en el mundo, no era la viagra, sino oír aquello. 

 
21.- EL PELO…
Me había acostado hacía un rato y como siempre que estaba despierto, trataba de encontrar la posición más cómoda para mi espalda.
Hacia frio y solo sobresalía  la cabeza fuera del embozo de la sábana y las mantas, estando el resto del cuerpo cubierto por las mantas.
No recuerdo en qué estaba pensando pero sí que tenía los ojos abiertos y echado del lado derecho cuando noto como una mano abierta empieza a deslizarse por encima del pelo y se detiene en el cuello.

Sorprendido, miro sin moverme y no veo a nadie a mí lado y en medio de esta sorpresa inicial noto como la mano pasa de nuevo sobre la cabeza, llega al cuello y prosigue por encima de las mantas hasta recorrer el cuerpo entero.
La luz que entra a través de la rejilla del garaje y por la puerta de cristales permite, gracias a las farolas de la calle, gozar de una iluminación suficiente para distinguir todos los enseres y las zapatillas en el suelo, por lo que levantarse a “oscuras” no es un peligro, de ahí que para ir al baño, a lo largo de la noche, no se encienda ninguna luz.
Me incorporé y miré con detenimiento por si fuera la gata, pero la vi durmiendo enrollada sobre sí misma en el sillón que tiene para ella.
Estaba solo y oía, en el silencio de la noche, como mi hijo tecleaba frente al ordenador en  su cuarto.
No obstante, me levanté y poniéndome frente a él le pregunté si había venido a ver como estaba, cosa que hace mientras está despierto dos o tres veces.
Me miró y dijo que no.
Algo debió ver extraño en mi cara, que preguntó que si me ocurría algo.
Dije que no, pero que a mí me habían pasado una mano  dos veces sobre el pelo de la cabeza y una en el resto del cuerpo sin que viera nada ni a nadie.
Se levantó y fuimos a mirar los dos, pero ni antes había nadie ni ahora tampoco.
Así que él se fue al ordenador y yo regresé a la cama.
Me acosté y no sé el tiempo que transcurrió hasta que conseguí dormirme, pero no fue poco.
No tengo idea de que fue, ni quién pudo ser, ni por qué sucedió.
No tengo ninguna idea sobre lo sucedido, porque aunque lo medité mucho, yo no tengo a nadie recién muerto, el que menos hace son 18 y la que más, mi madre, 40.
Sigo sin entender nada al cabo de tanto tiempo

22.- EL DIA DEL ENTIERRO…
Habíamos terminado de enterrar a mi padre cerca de la una y media de la tarde y antes de entrar a trabajar a las tres, decidimos ir a casa a comer algo, pues no habíamos probado nada en toda la mañana.
Amelia tenía cara de agotada y seguía con sus hemorragias, que la habían dejado muy debilitada, de hecho, una semana después fue operada de urgencia, así que dije que no hiciera nada y que iba a ir a comprar dos pizzas en la pizzería que había casi debajo de  casa: una de verduras y otra de salami.
Las pedí, dijeron que volviera a la media hora por lo que decidí subir a casa, ducharme y cambiarme de ropa, para luego irme a trabajar.
Había  que conocer al dueño de la empresa que dijo que no se podían perder las ventas de la tarde.
Bajé de nuevo y ya estaban, así que subí, puse dos platos llanos grandes, dos tenedores y dos cuchillos y en cada plato la correspondiente al gusto de cada uno.
Soy muy rápido comiendo además de tener hambre, lo que hizo que terminara pronto, retiré el plato y el cubierto, lo llevé a la cocina y como teníamos una gata siamesa, lo puse encima de la encimera pegado a la pared de azulejos, porque aunque era de verduras, el gato podía moverlo.
Me senté de nuevo mientras ella comía y oímos como si arrastraran un plato y el golpe al caer al suelo.
Nos miramos sorprendidos y dije:”Ha debido ser la gata”, pero me di cuenta que se había despertado por el golpe pero seguía tendida en el sofá.
Nos levantamos ambos y desde la puerta de la cocina vemos el plato, que había dejado pegado a la pared encima de la encimera, dando vueltas sobre sí mismo en el suelo  apoyándose solo en el reborde de la parte de debajo de los platos.  
Nos quedamos más que sorprendidos que tras la caída desde esa altura, 90 cm, no se hubiera roto y estuviera dando vueltas.
Amelia se puso más pálida aún de lo que ya estaba y comenzó de decir histérica: “¡Ha sido tu padre, ha sido tu pare!”
Dije que no dijera cosas raras… pero el plato seguía girando sobre sí mismo como si las leyes del rozamiento, que todo lo frenan, no fueran con él.     
Es normal que el tiempo se distorsione cuando estamos ante un acontecimiento inusual, de ahí que parezca que el tiempo no corre y digamos que ha durado media hora cuando han podido ser escasos dos minutos.
Pero el plato giraba y giraba como cuando lo vimos la primera vez y si que estaba así ya  más de tres minutos.
No sé por qué razón, la gata bajó del sofá y vino a curiosear: muy normal entre los gatos, solo que nada más miró al interior de la cocina y vio moverse el plato, erizó todos los pelos de todas partes de su cuerpo pareciendo el doble de grande, dilató los ojos  aterrada, dio un fuerte bufido y desapareció bajo el sofá.
Ahora éramos nosotros los que nos miramos sorprendidos por la reacción de la gata, así que puse el pie encima del plato, que seguía girando, y lo detuve.
Lo así y lo dejé en el mismo sitio que la primera vez.
Pregunté si no comía más y al decir que no, guardé en el frigorífico lo que sobraba y después me despedí para irme.
Estaba tan asustada que gritaba que no se quedaba en casa sola, por lo que se venía al almacén hasta que acabara y fuéramos a recoger al crio que lo tenían unos amigos.
Y eso hicimos.
Por la noche, ya el chico con nosotros, la casa estaba normal.
Lo que si notamos es que pasaron unos días en los que la gata evitaba ir en la cocina y si tratabas de entrar con ella en brazos, te clavaba las unas y había que soltarla
Vivíamos en la calle Palleter de Valencia.
Han pasado casi diez y nueve años de aquello y no he encontrado ninguna explicación.

23.- EL PALANGANERO…
En los fríos inviernos de la provincia de Toledo, sentados alrededor de la lumbre de la cocina, donde ardían algunas cepas viejas arrancadas, o sarmientos mezclados con paja,  mi madre relataba cosas de su familia, de su infancia, de las que había sido testigo y otras que pudo comprobar cómo ciertas.
Y si hoy cuento estas cosas es porque pronto descubrió que había heredado de ella la capacidad de la predicción mediante el vaso, medio de agua, una alianza de oro y un simple hilo de coser donde se insertaba el aro.
Éramos géminis los dos y jamás dejó de transmitir a quien creía preparado, todo lo que sabía.
En aquellos años de miseria y penurias yo estudiaba libre y un maestro, Juan García Nuero y su esposa, Dª Rosario, se propusieron que aquel muchachito serio, seco y huraño terminara un poco más civilizado de lo que estaba.   Estudiaba solo en casa e iba a la casa del maestro a rendir cada día mis conocimientos y cuando llegaba el momento de los exámenes, partía con mi madre hacia Madrid y en el Instituto Cardenal Cisneros, me examinaba en la modalidad de libre.

Una vez de regreso en el pueblo, mi madre, ese mismo día o al siguiente, se quitaba la alianza, la insertaba con una hebra de hilo larga, la sujetaba en el dedo corazón de su mano derecha e introducía el aro en un vaso mediado de agua.
Hacia sus invocaciones y el anillo comenzaba a dar golpes y nosotros a saber qué asignaturas había aprobado, con qué notas, cuántas había suspendido, con qué nota y dejábamos anotado los resultados que cuando llegaba el libro de notas, un mes o mes y medio después, coincida con lo que ya sabíamos.
Un día, sin venir a cuento, comentó que cuando moza se reunían en su casa las amigas y sus hermanas, y que nada más sacaba el vaso mediado de agua y se ponía el anillo de mi abuela Milagros, mi abuelo se levantaba y desaparecía de allí sin dar explicaciones.
Mi abuelo era descendiente directo de un árabe converso cuando la expulsión de los moriscos en 1609.
Y en una clara demostración de no usar la cabeza, le pregunte:
“Mamá, ¿por qué se iba el abuelo?”
Y contó lo que sigue.
Mi abuelo, primogénito de la familia más rica del pueblo, era cojo porque una niñera le produjo una luxación de cadera y cuando intentaba empezar a andar se dieron cuenta, pero no tenia solución: el encastre del fémur en la cadera no era posible.
Al no poder hacer lo que las personas normales, su padre dijo que estudiara una carrera de forma que pudieran traerlo al pueblo.
 Estudió la de maestro y muchos años después, cuando iba a mi pueblo y me reconocían como el último varón Abad, muchos, ya bastante mayores, me decían con orgullo que les había enseñado a leer y escribir mi abuelo.
Fue a estudiar a Zaragoza donde residía en una casa solo con una doncella de la familia que le hacia todo lo necesario.
Y como era normal, se relaciono con otros estudiantes a los que invitaba a su casa dado que él era cojo pero el más solvente del grupo.
Y en una de tantas reuniones, uno de los amigos comenzó a decir que había conseguido un libro que al leerlo podía hacer levitar las cosas.
No se necesita mucha imaginación para oír aún las risas y las palabras de cachondeo de los amigotes.
El caso es que en un momento dado, estando todos en el salón, donde había un palanganero metálico de hierro forjado de los de antes, con su jofaina y con un aguamanil de cerámica basta, según puntualizaba mi madre, aquel comenzó a leer recitando palabras que nadie comprendía y el palanganero, que tenia puesta la jofaina y encima de ella el aguamanil, y que debía pesar bastante, empezó a deslizarse sobre el suelo para caer primero el aguamanil, después la jofaina que se rompieron y entonces empezó a separarse del suelo y volar hacia los allí presentes.
Alguno logró salir huyendo, pero la cojera de mi abuelo le impedía moverse con facilidad y por eso, cuando el palanganero de hierro forjado se precipitó hacia él, no pudo esquivarlo y sufrió en la frente un golpe tan fuerte que le abrió un corte desde donde se junta la ceja derecha con la nariz hasta arriba de la frente.
Cicatriz que se apreciaba con nitidez incluso en las fotos de aquellos tiempos.
El que leía debió asustarse de lo que presenciaba, o se le fue de las manos el poder que fuera, el caso es que lo cerró y el palanganero cayó al suelo.
Y por eso mi abuelo huía cuando veía a su hija “ponerse a hablar con los espíritus”
24.- EN MI CAMA
Estaba acostado, sobre el lado derecho, hacia un rato y con los ojos cerrados trataba de conciliar el sueño mirando hacia la puerta del garaje y de cristales de la calle.
Después de muchas vueltas a la búsqueda de la posición perfecta, que es en la que los dolores de la columna se toman un descanso, me disponía a enviar mis requiebros al sueño para entregarme con sumo placer en sus brazos.  
Casi habíamos llegado a una entente cordial cuando sentí sobre mi cara la sensación de  unos cabellos largos de mujer cayendo sobre ella.
Abrí los ojos y no vi nada, todo estaba quieto, en silencio y solitario, pero yo seguí notando el roce de los cabellos de una mujer que movía la cabeza sobre mí cara, pero no había nadie.
Mientras percibía en la cara eso, sorprendido comencé a notar como si un cuerpo tratara de ceñirse al mío, empujando con su trasero y su espalda contra mi pecho y el vientre.
Era tan intensa la sensación que me destapé por completo sin cambiar de posición y en ese momento noté cómo dos piernas se ceñían a las mías, de forma que éramos dos cuerpos en posición fetal pegados.
Pero allí no había nadie.
El calor que desprendía aquel cuerpo traspasaba la ropa que llevaba, porque no estaba desnuda “aquella mujer sin cuerpo”, porque distinguía unos pantalones largos de chándal, o parecidos, y una especie de sudadera. Incluso pasaba a través de la ropa, no estaba el cuerpo desnudo, el calor de su cuerpo.
Pasó un poco de tiempo y ya percibía que era un cuerpo delgado de mujer con poco trasero y relativamente joven.
Su pelo se pegaba a mi cara, su espalda y trasero a mi pecho y vientre, las piernas dobladas contra las mías y allí no había nadie porque yo estaba viendo, perfectamente, mis piernas desnudas, mi slip y el resto de objetos que allí hay.
No sé cuanto duró esa sensación porque me sentía sorprendido, pero sobrepasaría los dos minutos.
Y con la misma rapidez que empezó todo, así comenzó a desvanecerse la sensación de tener ceñido a mí un cuerpo uno de mujer.
Desapareció al mismo tiempo todo con una cierta lentitud y volví a taparme de nuevo.
Me cuesta quedarme dormido, pero cuando vino mi hijo a acostarse, pasado mucho tiempo, me preguntó que hacia despierto y le expliqué lo sucedido.
Su comentario me hizo gracia: “¿no le tocaste el culo?”.
Respondí que no había nadie pegado a mí, que solo fue una sensación.
Se echó a reír y sentado ya en la cama añadió: “¿No sería Ingrid, papá?.
Volví a contestar diciéndole que no lo sabía y se acostó.
Por aquel entonces me relacionaba vía internet con una colombiana de 46 años catedrática de la Universidad San José de Bogotá.
Era una belleza y un bombón de mujer que me fue enamorando y que muchas veces, cuando llegaba a su casa sobre las cuatro de la madrugada de aquí (hay siete horas de diferencia) se conectaba y charlábamos unos momentos si yo estaba levantado por no poder dormir.
Si dormía, solía dejarme un mensaje.
Como me dormí muy tarde, no estaba despierto esa noche cuando ella regresó, pero al día siguiente encontré un correo en el ordenador con una sola frase:
“¡¡Qué calentito tienes el cuerpo!!”
Estuvimos prometidos casi tres años y aguardábamos su venida a España para casarnos, sin habernos visto nunca salvo, en foto y por la cámara del ordenador, pero la cosa se estropeó y dejamos de relacionarnos.
Aún no he sido capaz de explicarme lo sucedido aquella noche.

25.- LA CASA DE AMPARO…
Un día, entre tantos anuncios que aparecen en internet para fomentar encuentros o relaciones, apareció uno en el que solicitaban relacionarse con gente mayor de 65 años y solo para amistad.
Venía acompañado de la foto de una mujer de media edad sonriente y con cara de ser despierta e interesante.
Y escribí porque no buscaba ninguna otra cosa y me respondió.

Amparo era una mujer delgada, alta, con cara graciosa a la que añadían encanto unas gafas que llevaba que la hacían encantadora.
Aficionada a las carreras de coches y motos, se había paseado por toda España con su hijo para ver las diversas competiciones que se celebraban en cada sitio.
Y así se inició una relación a través de internet fluido y respetuoso en la que intercambiábamos opiniones sobre los más diversos temas, desde la política, a la mecánica, de la geografía a los viajes, de la literatura a los espectáculos taurinos.
Era bastante culta y pronto descubrí que había viajado mucho porque contabas anécdotas, experiencias en muchos países del mundo, además de tener una educación esmerada y unas relaciones bastante buenas.
Vivía en el campo, cerca de Gandía, y el tiempo que le dejaban sus nietas, las gallinas, los perros de caza de sus hijos y las labores propias de la casa, se entretenía hablando por internet.
 Es posible que nos comunicáramos más de año y medio sin otra incidencia en nuestra relación epistolar, no nos conocimos personalmente, hasta que una noche, no recuerdo cuando, estábamos charlando por este medio, y sin nada que lo provocara, aparece en mi mente una figura humana sentada en una mesa camilla mirando una pantalla de ordenador.
No me sentí sorprendido porque cosas de ese tipo ya me habían sucedido, así que le comento:
“Amparo, ¿tu estas sentada en una mesa camilla?”
Unos instantes de silencio y luego una respuesta insegura.
“Si”
“¿Esa mesa camilla es redonda y tienes un brasero eléctrico encendido?
“Si”
“El mantel de esa mesa camilla está hecho a mano y no parece hecho aquí”
“No, lo compré en Méjico”
Nos quedamos en silencio unos instantes y aparecen unos muebles en mi mente.
“¿Detrás tienes unos muebles de artesanía hechos a mano de una madera muy oscura?”
“Si”
“No son de España, ¿verdad?”
“No, los compramos en Méjico y en aquellos años nos costaron una fortuna y traer toda la casa desde allí, otra”
“¿Todas las figuras talladas son hechas a mano?”
“Si”
“Oye, Raúl, ¿cómo lo sabes?”
“No lo sé, Amparo, solo veo unas imágenes en mi cabeza, porque mis ojos solo ven el teclado”
Se alzó un silencio entre ambos pero proseguí.
“¿A tu izquierda hay una escalera con barandilla de madera?”
“Si”
“No sé dónde pero veo un cuarto de baño con paredes de mármol de importación”
“Si, es mármol brasileño”.
“Creo que es arriba donde hay una cama individual cubierta con una colcha hecha de ganchillo”
“Si, la compre en El Salvador”
“Pienso que está en un cuarto a tu espalda, pero veo una mesa de madera de caoba que para sí la quisiera el mejor notario de España y las sillas llevan unas tallas que parecen la sillería del coro de una catedral”
 “No lo sé, lo compró mi marido en Perú y lo trajimos en un avión de carga con otras cosas que habíamos comprado allí”.
“¿Pero como los sabes, Raúl?”
“Te lo he dicho antes, Amparo: no lo sé y solo describo lo que veo sin saber exactamente dónde está”
“Esos platos de cerámica que cuelgan en las paredes son extranjeros, como ese disco de cobre batido detrás de la mesa que he nombrado, son peruanos, ¿verdad?”
“Amparo, esos ponchos tan colorista que veo colgados en un armario, ¿son de lana de vicuña o de guanaco?”
 “Voy a cerrar”
Y cortó.
Pensé que se había asustado, pero que al cabo de unos días se le habría pasado, pero esta es la fecha, más de un año y medio después, en que no se ha conectado y todos mis intentos de reanudar nuestras charlas, han sido infructuosos.
¿Cómo supe todo eso?
No lo sé, porque no fue inducido por lo que hablábamos ni por lo que veía,  ni sentía curiosidad alguna por la vida de aquella mujer y sus cosas.
Y continuo sin saber qué mecanismos se conectan para que tenga esa capacidad de ver aunque no por mi voluntad, sino sin saber por qué.
 
26.- LAS BOFETADAS…
Las cocinas de las casas solariegas del alto Aragón eran grandes, pues en ella se cocinaba para los dueños y los sirvientes
La de los Abad no era pequeña, tenía una chimenea de piedra  de la que colgaba un gancho, había sillas más bajas de asiento de anea, una mesa pesada no muy ancha y, en una de las paredes, una enorme cadiera que si levantabas el asiento, se transformaba en un espacioso cajón para guardar trastos. 
Todo estaba ennegrecido por el humo de los años, que no fueran siglos.
Cuando se hacía de noche, mientras se preparaba la cena, se reunía la familia y se charlaba de todo lo hecho en el día, el qué hacer mañana y los chafardeos de los vecinos s propios de un pueblo pequeño como era, y es, el mío.
Estaban dos hermanas de mi madre, Angelita y Floren, sus maridos, José y Celestino, mi hermana, que se durmió en los brazos de mí madre, ella, Antonia y yo.
Cuatro sentados en la cadiera y el resto en las sillas bajas.
En un momento dado, oímos como “Tona”, la perra que guardaba la casa, comienza a ladrar de una forma desaforada.
Las casas del alto Aragón tenían todas las mismas distribuciones: en la planta baja estaban las cuadras, el lagar y la bodega, donde se guardaba la leña de más inmediato consumo.  
En el primer piso  estaba la cocina, las habitaciones y una terraza posterior y el segundo piso que era el granero y lugar de guardar cosas.
Lo de abajo era la calefacción animal y lo de arriba la cámara aislante del frio y el calor
De la cuadra, que se cerraba con una puerta grande, se accedía al corral donde estaba un carro ligero, una galera de cuatro ruedas, tres trillos de pedernal y, en un rincón, apilado, el estiércol con el que, en su tiempo, se abonaban los campos.
El corral de los Abad tenía un portalón de dos hojas de madera que daba a la calle que llevaba a la carretera de Loarre y a la estación, a la huerta de los frutales y la alfalfa y, más adelante, llegabas a Fontóval donde estaba la huerta de las verduras y las patatas.
A cosa de 800 m de esa puerta, estaba el lavadero público, nosotros teníamos uno en el corral junto a los gallineros para el uso de la casa, que lo utilizaba las sirvientas y siguiendo la acequia que lo alimentaba de agua clara, llegabas a la Fontaneta, donde había una fuente que jamás se secaba y cuyo agua caía al río, un escuálido hilo de agua fresca, por el que me entretenía jugando con los barcos de madera que me construía con cualquier palo y cuando no estaba allí, sabían que estaba en el puente del aire, el que salvaba las vías del ferrocarril que sube hasta Canfranc, pero que acababa en Jaca, donde me pasaba las horas muertas contemplando a las maquinas de vapor enormes haciendo maniobras para conformar trenes cargados de mercancías.
Bajaron los hombres y regresaron al poco diciendo que no había novedades.
Uno de los cuñados, “papá Bóira”, un hombre de casi un metro noventa, gigante casi para aquella época, en sus tiempos rubio como el oro de ojos azules pero en aquellos momentos por completo alopécico, con menos carne que una bicicleta, se dirige a mi madre y exclama:
“¿Recuerdas, Antonia, a la tía Isabel cuando las bofetadas?”
“¿Cómo no me voy  a acordar, José, si era mi madrina y la última vez, antes de que muriera, estaba a su lado cuando se la dieron?”.
Mi tío Méndez, era de Totana y socarrón como buen murciano, dijo:
“A ver, contarme los secretos de la familia que los tenéis muy guardados”
Y allí estaba José Bóira Fontana, “papá Bóira” (“niebla” en aragonés y valenciano”) al que así llamábamos toda la chiquillería de la familia porque era como le llamaba Manolito, de mi misma edad, que fue criado por mi tía Florentina, que se le habían muerto dos gemelos varones, y a la que recurrió una madre, a través de intermediarios, que se le estaba muriendo el hijo porque su leche no alimentaba.
Son historias de pueblo en los que aún estaban las heridas de la guerra civil muy recientes,
Si bien es verdad que a los de la casa de Abad casi los exterminaron, unos fusilados en Paracuellos mientras estudiaban en Madrid y el resto en los frentes de guerra, hoy reposan sus restos en el Valle de los Caídos, a donde fueron como voluntarios uniéndose a los requetés que bajaron a pie desde Navarra, solo sobrevivió uno de ocho varones, en la casa de Sanos, donde había nacido un primogénito de unos padres republicanos y comunistas, los vencedores de la contienda también encarcelaron y fusilaron a unos cuantos.
Era mucho odio en muy poco espacio, porque lo que los perdedores humillaron en tres años a los vencedores, no era fácil de olvidar.
Intervino el médico y Mosén Paco, el cura que bautizaba a todos los nacidos fueran los padres de la ideología que fueran y hablaron con “mamá Floren” y, en contra de lo esperado, aceptó.
Así que Manolito, hoy 1.94 y más de cien kilos, paso a ser de la familia y desde los primeros balbuceos comenzó a llamar “papá Bóira” y “mamá Floren” a los padre “adoptados”
Y el resto de la chiquillería lo mismo, porque no íbamos a ser menos.
Y “papá Bóira” empezó su narración entre silencios más o menos largos, pérdidas entre los recuerdos y empujones de mi madre que le recordaba muchos pasajes o precisaba los más dramáticos.
La tía Isabel, hermana de la abuela Milagros, jacetanas de almas tomar, nació mujer por un accidente genético, porque durante toda su vida hizo alarde de unos huevos que acojonaban al más guapo, uno de los cuales era su marido.
Parece ser que la convivencia no resultaba de los más pacífica y aquel pobre hombre, o bien borracho o más harto que un cerdo bien cenado, un día decidió poner coto a las exhibiciones de su mujer y a los sufrimientos que la convivencia le traía.
Dicho y hecho, eligió una soga de calidad y en un gancho de la cuadra, un día apareció colgado y tieso como un jamón.
La mujer debió pensar que el muerto al hoyo y el vivo a lo que venga, aunque, según contaba “papá Bóira” y corroboraba mi madre con afirmaciones y movimientos de cabeza, algo “raro” comenzó a suceder en la casa porque al cabo de no mucho tiempo, la pareja no había tenido hijos, ella se presentó en la de su hermana, mi abuela, y comentó que cada vez que bajaba a la cuadra, nada más abría la puerta, se oía un “fuuuuuuuu” que apagaba el candil, entonces la luz eléctrica solo era para la zona donde se vivía, y le soltaban una bofetada que le dejaba la cara marcada.
Alguno se lo tomó a broma y entre risas le soltaron que era el muerto que quería vengarse, pero mi abuela no, por lo que encargó a los dos hombres que vieran que había de cierto en lo que decía su hermana.
Los apagones de candil seguían y las bofetadas también, hasta tal punto llegó la cosa que ya no se atrevía a bajar a las cuadras ni a salir a la calle porque llevaba los cinco dedos marcados y la cara hinchada.
Las labores de las cuadras las hacían mis tíos con los mozos de labranza que tenia, pero a ninguno de ellos le sucedió nada.
Por la mañana salían con las caballerías y regresaban por la tarde, entrando  y saliendo ellos y los mozos y a nadie le sucedió nada.
Ya se sabe que en los pueblos abundan las alma piadosas que eligen para guardar un secreto a la persona de la que están seguros lo contará todo, corregido y aumentado para regodeo de un pueblo
Debió de sufrir algún lapsus o el que le pegaba extralimitarse un poco, el caso es que una tarde, cuando regresaban los hombres, se la encontraron en el suelo sin conocimiento.
Aquello ya eran aguas mayores, pero como ella no quería irse de su casa y necesitaba cosas que estaban en la cuadra, se decidió que no bajara sola y así se hizo a partir de aquel momento.
Pero no cambió la cosa salvo que tras cada demostración de abofeteo, el que la acompañaba se negaba en redondo a bajar de nuevo, de qué calibre debía ser la acojonada.
Luego bajaron dos y el soplido del candil y la bofetada sonaban más fuerte que un disparo en un cementerio.
Hubo alguien que lo pensó mejor y decidieron entrar tres por la puerta del corral a la cuadra y otros tres por delante, revisar departamento por departamento de las cuadras, iluminados con faroles y candiles y una vez no hallado nadie, se le dijo a la mujer que bajara.
Había tres personas en la puerta que daba al corral y otras tres en la de acceso a la cuadra por la casa.
Abrió la puerta y nada más traspasar el umbral de la puerta, los allí presentes oyeron soplar sobre el candil y a continuación la bofetada que la oyeron hasta los que estaban en la puerta del corral y, sin embargo, ninguno de los presentes vio nada ni a nadie. 
Dijo “papá Bóira” que uno salió huyendo, pero los que quedaron, armados con hoces y cuchillos, revisaron la cuadra y allí no había nadie.
La majada a sopapos fue a consultar a Mosén Paco y aquel dijo de hacer una novena e ir a bendecir la casa.
Y estaba bendiciendo la casa cuando la tía Isabel recibe una bofetada delante del cura,  no en la cuadra,, que según “papá Bóira”, se quedó blanco rezando en latín algo.
Aquello ya fue demasiado, el pueblo entero estaba al tanto y ya solo faltaba cobrar por el espectáculo, pero la abuela dijo que se fuera a la guardia civil a contar lo que pasaba.
Y como la casa de Abad era mucha casa aún a pesar de estar diezmada y casi arruinada, se montó un servicio para comprobar aquello que se decía.
Y en esa ocasión, mi madre, una joven con casi 20 años, fue a acompañar a su tía y la llevaba de la mano.
La guardia civil, tras inspeccionar toda la casa, todas las cuadras, la leñera y los pajares, dijo que bajara la mujer y así lo hizo acompañada de mi madre.
Abre la puerta de la cuadra un guardia civil y entran dos, a continuación el cabo, todos con faroles, dicen que entre a la que abofetean cogida de la mano por mi madre.
Se oye como soplan en candil, lo apagan y la bofetada.
Según mi madre, no salieron corriendo de allí los civiles por vergüenza y al salir a la luz del día, todos vieron cinco dedos marcados en la cara de su tía.
La familia se hizo cargo de la casa y los animales y ella se fue a vivir a casa de su hermana, donde murió poco después, no se sabe si por acumulación de bofetadas o por un infarto.
Mi tío Méndez, que era un chuzón, se queda mirando al cuñado y a las mujeres y muy serio y bastante incrédulo dijo:
“Joder, ¡en qué familia he venido a caer!”.

27.- SAMUEL...
Se llamaba Samuel, era guardia civil y salió de Ayerbe como escolta, a finales de Agosto del 36, en un tren de suministros que bajaba a Zaragoza junto a 16 hombres muy jóvenes todos.
Jamás llegaron a su destino.
En julio de ese año, Maruja y Angelita, hermanas de mi madre, estaban en Tardienta preparando la casa de la segunda, que estaba embarazada, porque nada más naciera la criatura, viviría allí con su marido que tenia tierras.
Un día desaparecieron y ya no se supo más de ellas hasta que terminó la guerra.
 Con el movimiento de los frentes, los pueblos pertenecían en un bando como a los pocos días al otro, cosa normal cuando estaban junto a líneas estratégicas de abastecimiento por ferrocarril. 
Y Tardienta era un nudo vital para comunicar Huesca con Zaragoza, Navarra con Aragón y Madrid con Barcelona, o Lérida, máxime cuando caído el frente del Norte, toda la industria pesada de guerra había que trasportarla por esas líneas tan vitales.
Igual sucedía con los suministros procedentes de levante, de ahí la importancia del control de Teruel para garantizar el paso de los suministros en trenes por el cuello de botella de la capital            
Pasado no mucho tiempo se sabe que el tren fue capturado y descargado en el nudo de Tardienta.
Siguió la guerra, pero no se tuvo noticia alguna de los 17, lo qué fue asentando la opinión de que estaban prisioneros, pues de estar muertos, se habría comentado algo.
Mi madre, Antonia, era la novia del desaparecido Samuel, con el que se iba a casar cuando estalló la guerra, por lo que lo pospusieron para el final del conflicto.
También habían desaparecido los hermanos que estaban estudiando en Madrid, pero como aquello era otra zona, se pensaba que habrían sido movilizados, todo menos pensar en lo peor.
Lo que si llegaban, eran las cartas de los que estaban combatiendo, las notificaciones oficiales cuando caían heridos o resultaban muertos.
Al ser Ayerbe un nudo ferroviario que unía la líneas de Huesca, Zaragoza y la de Francia a través de Jaca y Canfranc, también era el cuartel general de aquella zona y donde estaban acantonados miles de hombres, tanto descansando, como recuperándose los heridos, como de refresco
Los generales Solchaga y Saliquet eran los mandos asentados allí y cuando el cerco y asalto a Huesca fue haciéndome más complicado por el número de bajas, mi madre pasó a estar en un  hospital de sangre y después, consolidada Huesca, en uno de retaguardia hasta que terminó la guerra.
Solo quedaba Florentina y mi tío Bóira para hacer frente a la casa y a los ancianos mientras mi madre estaba en el hospital
De las dos hermanas y de los que estudiaban en Madrid, en toda la guerra se supo nada, por lo que nada más acabada, empezó la búsqueda de todos, primero en los listados de muertos, heridos, prisioneros y después entre los huidos y aunque todo estaba destrozado y la nación entera era un caos, pronto empezaron a llegar noticias.
Primero llegaron por vía oficial, la notificación de que estaban en Barcelona toda la guerra como deportadas de los frentes en unos cuarteles enormes bajo la custodia de la Guardia de Asalto, así como que había nacido una nieta y que se la expediría en cuanto fuera posible y hubiera transporte, hasta Huesca.
De Madrid el silencio más absoluto aunque pocos meses después se les comunicó a mis abuelos que tres habían sido fusilados en Paracuellos del Jarama, además de los muertos en el frente o en los hospitales debido a las heridas.
De Samuel y sus compañeros el silencio más absoluto.
No figuraban como prisioneros, tampoco como heridos o muertos.
Si se tenía la seguridad de que no habían huido a Francia porque ellos eran del bando de los vencedores.
Un buen día, mi madre coge su anillo de oro y pregunta al vaso y la respuesta fue que estaba muerto.
Lo confirma de  nuevo al cabo de unos días, pero como el anillo no hablaba y no lograba localizar dónde estaba, así que con las mozas de “casa Gabin” bajan a Zaragoza a consultar a una afamada médium.
Inician la sesión y de la boca de aquella mujer empieza a brotar una voz de hombre que todos identifican como la de Samuel (todos sabían quién era y habían hablado con el muchas veces).
Describe que fue detenido el tren, bajada la escolta y en una charca seca, fusilados.
Le preguntan qué donde y dice que en Vicien, muy cerca de la vía del ferrocarril.
Jamás comentó mi madre nada más que lo que transcribo de aquella visita a la médium, así que regresaron al pueblo y se fueron a decirlo a la Guardia Civil.
 Aquellos inician indagaciones y al cabo de un tiempo, le comunican a mi madre y a los otros familiares, que en ese pueblo no tenían noticias de ese suceso, no existía una charca y nada hondo con forma alberca o charca de abrevar ganado.
La familia de mi madre, se pone en contacto con la de Samuel en Valencia y le cuentan lo que saben y, al mismo tiempo, le piden instrucciones sobre qué hacer con la ropa y pertenencias del hijo que le había entregado la Guardia Civil que tenía en el cuartel.
Mi abuela paterna, que los tenía muy bien puestos, tampoco localizaban al otro hijo que estaba de sargento en el bando de los perdedores, y no se arrugaba ante nada, se presenta en casa de la novia de su hijo y dice de acompañar a ésta a Zaragoza.
Y a Zaragoza que fueron.
Una vez en casa de la médium, ésta invoca el nombre de él y comienza un dialogo duro, doloroso e increíble.
Habla Samuel a su madre, que estaba destrozada, después le habla a la que iba a ser su mujer y le describe con exactitud casi milimétrica, dónde estaba la charca tapada, dónde estaban los restos de él y ante la pregunta de mi madre de cómo sabrían quien era él, asegura que no habrá duda para identificarlo, porque tenía la mano donde llevaba el anillo de plata y esmalte azul, debajo de su cuerpo.
Mi madre siempre dijo que había sido uno de los momentos más horribles de su vida y eso que estaba acostumbrada a que muchos heridos jóvenes murieran en sus brazos.
En un momento le pregunta qué había sucedido y Samuel dice que interceptaron el tren, los bajaron y los llevaron a una charca seca donde los tuvieron un tiempo y sin más comenzaron a disparar.
Que alguno murió en el acto, pero que varios solo estaban heridos y de dedicaron a echar sobre ellos paja y haces de mies hasta que los taparon y entonces les pegaron fuego.
 Cree que alguien debió darse cuenta de la barbaridad y al día siguiente, empezaron a transportar carros de tierra y escombros de la fábrica de ladrillos medio destruida hasta que lo igualaron, que estaban muertos, pero alguno lo estaba viendo desde lo alto y por eso lo sabe.
Nadie preguntó más en aquella escalofriante reunión.
Antes de despedirse, mi abuela le pidió que dijera como se llegaba a la charca y él lo describió con detalle.
En el trayecto de la estación a la casa de mis abuelos, se pasaba por delante del cuartel de la Guardia Civil por lo que entró y narró lo que sabía de nuevo.
Samuel pertenecía al puesto de Ayerbe.
Un día les avisaron para que en tal fecha se presentaran en Vicien a fin de identificar a los muertos y recibir sus restos.
Cuando llegaron allí había un grupo muy numeroso de familiares de los fusilado, e iniciaron el desescombro hasta llegar a los primeros esqueletos muy quemados.
Alguien contó que una vez tuvieron los datos facilitados por un familiar, se procedió a hacer una cata del terreno y pronto aparecieron cenizas y huesos.
Hicieron dos o tres más aleatorias  y en todas aparecieron cenizas y huesos, por lo que se acordonó y se avisó a las familias para realizar la exhumación en su presencia para que nadie quedara sin identificar.
No habló nunca de las escenas que presenció ni de lo que sintió al ver los huesos de quien iba a ser su marido casi carbonizados, ni tampoco cuando quitando los huesos del tronco apareció la mano con el anillo, tal y como lo había dicho él.
Aquello debió ser horrible e inolvidable.
En un punto dado, mi madre dijo que allí estaba él y procedieron a excavar  hasta que apareció el esqueleto medio quemado de un hombre caído de frente contra el suelo.
Lo limpiaron, lo sacaron y tal y como había dicho a través de la boca de la médium, allí estaba su mano bajo el pecho y en ella un anillo de plata con dos letras, SM, entrelazada y lacada en azul deformado por el calor.
Ese anillo lo conservo yo.
Después, años después, se supo que se apaleó a gente del pueblo hasta que hablaron, muchos fueron encarcelados por aquello y bastantes, fusilados.
Mi madre no hablaba nunca de aquello.
Regresó mi abuela a Valencia y al poco tiempo, tras salir del campo de concentración para prisioneros de guerra del Dueso, (Santander) apareció mi padre por Ayerbe para retirar los efectos de su hermano, conocer a la novia y dar las gracias a la familia por todo lo que habían hecho por su madre y por su hermano.
Solo tenía la dirección y el nombre de Antonia Abad Castillo,
Llega a la casa y llama a la puerta, en la que aún se leía “Carne de guardia civil a un real” (Recuerdo las fotos).
Le abren y una mujer asombrada que se echa a su cuello  y empieza a gritar “¡Antonio, Antonio, Antonio…!”
Y mi padre se queda perplejo porque frente a él estaba una de las dos mujeres que  estuvieron recluidas en el cuartel de asalto de Barcelona de la que él era el practicante y quien ayudó a nacer a la hija de quien estaba embaraza.
Angelita, esa era, sigue gritando y  llamando a su hermana Maruja, y tras ver a mi padre, se abraza a él.
Lo hacen subir y después de la gratitud le preguntan que cómo las ha encontrado, a lo que mi padre responde que no sabía que ellas vivían en ese pueblo, porque había venido en  buscar de la novia de su hermano muerto, de la que solo tiene su nombre y la dirección.
Le preguntan el nombre y contesta que Antonia Abad Castillo, y blancas le dicen que esa es su hermana, a la que hacen salir y entonces le preguntan cómo se llamaba su hermano y mi padre dice que Samuel Martínez Rueda.
Mi madre comentaba que hubo gritos, llantos, sorpresa y de todo, porque hicieron salir a los abuelos y no se creían que aquel fuera el hermano de Samuel y la persona que tanto había protegido a sus hijas en aquel acuartelamiento.
Habían estado casi tres años, hasta que lo llevaron al frente a un hospital de sangre donde fue hecho prisionero, en Barcelona juntos y no sabían que aquel que las protegía era el hermano del novio de su hermana y mi padre menos aún, que aquellas y la novia de su hermano, eran hermanas.
Así conoció mi padre a mi madre y casi dos años después se casaron.
Y pasaron los años, murió mi madre, murió Angelita y ya solo quedaba Florentina y “papá Bóira” que no sabía ya ni donde estaba.
Siempre desee saber donde había ocurrido aquella tragedia y en uno de mis viajes a Ayerbe a ver a mi tía Floren, que estaba grave, me coge de la mano y le dice a “María de Sanos”: “¿No te había dicho que nada más supiera que estaba enferma vendría a verme? ¡Él es un Abad, María!”
Me la quedo mirando y le digo que la tarde antes me lo había dicho mi hermana y que por eso estaba allí.
No hablábamos  sobre aquello en esos momentos, cuando me dice sin más que la “salvajada de Samuel” había sido en Vicien y que por la familia de otro de los asesinados, también de Ayerbe, sabía que habían hecho un monumento donde están los nombres y lo remataba una cruz.
Así que con Amelia, embarazada del crio, cada vez que íbamos a Huesca, una vez al mes como mínimo, nos desviábamos hacia Tardienta  y desde allí buscábamos.
Habían tumbas con más y con menos muertos, tanto republicanos, como falangistas, como requetés, pero allí no aparecía el nombre que buscábamos.
En Santa Quitéria, una ermita en un cerro que controlaba la vía del tren, habían más de 200, requetés en su totalidad, que con su resistencia consiguieron detener el avance y dejar expeditas y controladas hasta el final la guerra la vía férrea de Cataluña, la de  Canfranc-Zaragoza y la de Huesca-Zaragoza.
Después de recorrer toda aquella zona sin sacar nada, al siguiente viaje me presento en Vicien y me voy directo a la iglesia.
Pregunté a varias personas pero no ponían buena cara hasta que una mujer joven dice que si lo que buscábamos era de unos “civiles” y al responder que sí, nos indica cómo llegar, no sin antes tratar de explicar que aquello fue tan cruel por ambos bandos, que la gente tiene renuencia a hablar porque las heridas de ese tipo no cicatrizan pronto ni bien.
A las afueras había un sencillo monumento de piedra caliza un tanto marrón con una lápida donde estaban grabados los nombres completos de aquellos muertos y la fecha del suceso: 3 de Septiembre de 1936.
Estaba muy emocionado y a mi lado estaba Amelia, que de pronto se lleva las manos a la boca mientras grita: “¿pero no te das cuenta, Raúl, no lo ves?”
Miro el monumento y no veo nada especial y me repite la misma frase de si no veo nada.
Digo que no y me dice: “Mira las letras, la piedra y su color”
Rompí a llorar y me abracé a ella y cuando puede controlarme tuve que reconocer que el tipo de caliza de la losa era casi igual a la de la lápida de mi madre, así como el color.
Las letras eran del mismo tipo y dimensión y la losa estaba orientada al sur, como la lápida de mi madre.
Estuvimos un rato llorando en silencio, pero al final nos fuimos a Ayerbe y una vez en casa de mi tía Floren y le comenté lo que habíamos observado, así como la fecha que ponía en la losa.
No me dejó seguir y dijo: “El cantero se equivocó de fecha, porque ellos murieron el día dos de septiembre de 1936, sobre las ocho y media, según la guardia civil dijo a un familiar”
Me tuve que sentar llorando: mi madre murió el día 2 de septiembre de 1972 y a las 8.25 había expirado y dejamos de practicarle el boca a boca.
No discuto lo que cada uno piense, pero para mí las casualidades no existen.

28.- LA CAMA DEL CHICO…
No podía dormir y me había levantado y me entretuve un rato paseando por dentro de casa a lo largo del pasillo hasta que me cansé,. Así que decidí encender el ordenador ante el que me senté dispuesto a leer los titulares de la prensa del día siguiente y los correos que hubieran llegado.
El ordenados está a unos siete metros de donde dormimos el chico y yo y a unos cinco de donde está el interruptor de la luz que lo ilumina.
Llevaba unos diez minutos sentado y leyendo cuando el silencio tan impresionante que reinaba en la casa se vio roto por un grito de terror de mi hijo:
“¡Papá, papá, ven…!”
Me levanto y ligero llego al interruptor y enciendo la luz y me veo al chico con los ojos muy abiertos y expresión de pánico sentado sobre la cama y al verme exclama:
“¡¡Mira, mira esto!!”.
Me señalaba el borde del colchón de látex de 25 cm de espesor que está aplastado como si alguien estuviera sentado allí, aunque no había nadie.
Me dirijo hacia la cama, hay unos 3 m desde donde estaba, y a medida que me acerco observo como el colchón empieza a volver a su posición original al cesar el peso que lo aplastaba.
Llego, lo toco y noto que ese espacio estás más caliente que a ambos lados.
Mi hijo se levanta y se abraza a mí y le digo que se tranquilice, que no pasa nada y que me explique qué ha ocurrido, pero empieza a hablar y le digo que lo haga un poco ordenado porque no entendía lo que me decía.
Nos sentamos en la litera donde duermo y dice que estaba durmiendo cuando nota como una mano empieza a acariciarle el pelo con suavidad y eso lo despierta y vuelve a notar que le pasan de  nuevo la mano por la cabeza y al mismo tiempo que alguien se sienta en el colchón.
Que cuando se sientan, el resto del colchón se mueve al incidir sobre el somier el peso.
Le digo que hagamos una prueba y que yo este acostado y él se siente y veo que el colchón se hunde más que cuando lo he visto, lo que me indica que lo que fuera que se  sentó, pesaba menos.
Estuvimos hablando bastante rato sobre el tema y después de tranquilizarlo, le digo que se acueste, pero dice que esa noche no en esa cama, así que cambiamos, aunque solo por esa noche.
¿Explicación?
Ninguna, pero no ha vuelto a suceder.

29.- FUENCARRAL...
Lo que sigue a continuación es un resumen para el que he usado información que cuando inicié el proceso desconocía, nombro personas de la que ignoraba su existencia y testimonios de personajes conocidos después de ese hecho en el cementerio.
Después de un proceso que duró más de dos años y medio, que requirió recorrer  miles de kilómetros desde Valencia y ríos de dinero, reúno datos suficientes para saber sin lugar a dudas, que el padre de Amelia murió hacía unos diez años, que esta inhumado en el cementerio de Fuencarral (Madrid), que el nicho era para diez años y que nadie había efectuado gestión alguna para su exhumación ni reclamación de los restos, según acreditaba el Ayuntamiento al haber sido todas las cartas certificadas devueltas por “Destinatario Desconocido”.
Esta información me la facilita la Oficina de Cementerios, ubicada en el cementerio de la Almudena, sede del Registro de Fallecidos en Madrid y municipios incorporados, al mismo tiempo que me confirma que para la fecha del décimo aniversario, los restos serán sacados del nicho, echados al osario y, posteriormente, triturados, al no estar reclamados
 Ante estos datos, inicio los trámites de reclamación de los restos en razón de ser Amelia hija del fallecido, según acredita con partidas de nacimiento de ella y sus padres.
Esto qué es tan corto en su relato, supuso tres viajes a Madrid porque, según el funcionario,  “eran datos confidenciales y había que realizar los trámites en persona en las oficinas”
En el segundo viaje ya nos dicen que necesitábamos los certificados de Sanidad de que los restos reunían los requisitos para su transporte en furgón no fúnebre; un certificado para Tráfico que dijera más o menos lo que decía el de Sanidad, satisfacer  todos los costes y tasas de esos trámites y acreditar que se era titular de una tumba (hubo que comprarla ex profeso) en el cementerio “Parque de la Paz” de Godelleta.
Es obvio decir que esa serie de gastos, no pequeños, había que satisfacerlos antes y llevar los recibos a Madrid (tercer viaje) para que tuvieran todo dispuesto el día de la exhumación.
Por causas administrativas, nos llamaron por teléfono, un detalle, posponen la fecha de exhumación y entrega de restos, 21 días, dando nueva fecha  en el mismo cementerio del entierro.
Como quiera que teníamos muchos kilómetros de viaje, pregunté que si,  por causas ajenas a nuestra voluntad surgía una incidencia, se podía llegar más tarde, siendo la respuesta que ningún problema, dado que ya estaba toda la documentación tramitada, las tasas y certificados abonados.
El día señalado salimos de madrugada con el fin de ser de los primeros en retirarlo y regresar antes de la 5 de la tarde, hora que cierran el cementerio de Godelleta.
Alquilamos un furgón al efecto y salimos hacia Madrid, llevando al chico dormido en el asiento corrido de detrás.
El viaje se desarrollaba sin novedad y a unos pocos kilómetros de Madrid, el chico empieza a llorar, por lo que se vuelve su madre mientras le habla hasta que el niño se serena.
Cuando vuelve a sentarse me pone la mano en la rodilla y me dice:
“! Raúl, no viajamos solos, ahí detrás hay un hombre!”
Freno casi de golpe, me giro y no veo a nadie.
Le pregunto que dónde está ese hombre y dice que al lado de niño y que no sabe quién es.
Me detengo, me bajo, despierto al niño y lo pongo entre las piernas de su madre y reanudo la marcha.
Le pregunto si aún lo ve y contesta que sí.
Le digo que le pregunte quién es y qué quiere.
“Es mi padre”
“¿Tu padre? ¿Cómo puedes decir eso si no lo conoces?”
“¡Es mi padre!”
No hablamos mucho más, ella iba rezando un rosario y el niño sobre sus piernas.
Ya con Madrid a la vista, le pregunto si sigue viendo a su padre y dice que ya no hay nadie.
Al cementerio de Fuencarral había ido unas cinco o seis veces, como poco, y me conocía el acceso bien, porque además no tenia pérdida alguna.
Quiero decir con esto que sabia llegar con los ojos cerrados que se dice vulgarmente, pero ese día, ya de día por completo, comienzo a sufrir despistes inexplicables que me llevan por carreteras que no conocía y termino apareciendo frente a la entrada del cuartel de la Brigada Acorazada Brunete en Colmenar Viejo.
Al ver el cuartel, lo conocía por haber estado en él cuando era soldado e ir a visitar al hijo de Amelia que estaba en esa unidad de carros, me pregunto qué hacía allí y tengo que preguntar para que me dijeran como podría regresar a Fuencarral.
Diré que esto es como si uno quiere ir al Retiro, en Madrid, y termina en la Casa de Campo o en El Pardo.
Hasta Amelia me preguntaba asombrada sobre qué me ocurría y si sabia dónde estaba, porque no entendía que teniendo tan buena memoria y estado allí tantas veces, me perdiera.
No entendía lo que me sucedía ni por qué no era capaz de coordinar para regresar a donde quería.
Salgo de Colmenar y me vuelvo a perder, pero al final, aparezco en la entrada del cementerio de Fuencarral
Entro con toda mi documentación y uno empieza a correr para ponerse delante de mí.
La digo que yo he entrado primero pero que me es lo mismo porque ya llevaba todo arreglado.
Cuando llega el momento, el que me precedía entra en las oficinas y sale unos minutos más tarde.
Entro, me identifico y sacan la carpeta donde estaba todo preparado tal y como me dijeron y se empiezan a oír unos gritos y alguien abre violentamente la puerta entrando el que me precedía y dos hombres más.
El de la oficina les dice que salgan y uno empieza a gritar que nadie se lleva a su padre a Valencia.
El funcionario dice que ya tengo la autorización y que los restos son míos.
 La situación se pone tensa y observo a través de la puerta abierta que allí fuera había dos hombres más y tres mujeres escuchando.
El funcionario dice de llamar a la policía y digo que espere un poco que creo que lograré aclarar las cosas.
Les ruego que salgan y observo que Amelia, alarmada por las voces, viene con el niño de la mano y se acerca.
Les empiezo a hablar, más o menos, así:
“Aquí nadie ha venido a robar nada a nadie”
“Yo he reclamado los resto de Demetrio Torres Caballero porque los que lo enterraron, Uds. no han respondido a las cartas de la oficina municipal, tal y como he comprobado personalmente”.
“Y antes de que fueran  echados al osario y triturados, como un desconocido, la hija, esta mujer que está a mi lado con el niño de la mano, iba a retirar los restos de su padre, al que no conocía y del que siempre le habían dicho que murió en la cárcel”.
Allí estaban todos mudos, blancos y a cual más asombrados.
Uno de ellos, el que parecía más sensato, me preguntó si podía demostrar que lo que había dicho era cierto.
Respondí que si y delante de todos saqué la partida de nacimiento de Amelia, que se le llama así porque su madre le cambió el nombre para que su padre no la pudiera localizar, siendo su verdadero nombre Honorata, la partida de nacimiento de su padre, la partida de nacimiento de un hermano del padre y la del abuelo.
Los miró a todos y dijo:
“¡Sin duda alguna tu eres hija de mi padre y hermana nuestra!”
Contó que sabían de la existencia de ella y que su padre, después del abandonar a la hija y a la madre (regresó de una estancia fuera por trabajo de un año y la encontró embaraza de cinco meses), había viajado, hecho averiguaciones para tratar de localizar a aquella hija repudiada, pero nunca supo donde estaba.
Que siempre vivió con remordimientos de conciencia por esa acción y hablaba de ellos, y que estando a punto de morir, mandó reunir a todos sus hijos y allí presentes les hizo jurar que no pararían hasta que la encontraran (murió por secuelas de un accidente de tráfico con resultado de amputación de una pierna, cosa que sabíamos ya).
Dije de entrar a la oficina y allí mismo renuncié por escrito a mis derechos por los restos y al salir le pedí que explicara cómo era posible que no los localizaran y respondió que se debió a que el ayuntamiento les adjudicó una vivienda y les obligaron a desalojar donde vivían cuando se produjo el óbito e inhumación de su padre y el Ayuntamiento enviaba la correspondencia a una dirección que fue demolida y no a donde estaban empadronados.
Que no habían olvidado la fecha de finalización del alquiler del nicho y por eso llamaron a las oficinas para saber qué trámites debían hacer y se limitaron a decirles que se presentaran el día de la exhumación y que allí mismo pagarían todo y les entregarían los restos.          
Al que antes cité como más sensato, ya más serenos todos, le comenté que habían tenido suerte porque de no haberme equivocado aún a pesar de saber cómo llegar al cementerio y tener la mente como si tuviera humo, cuando ellos habían aparecido yo ya habría retirado los restos y llevaría muchos kilómetros de regreso
Comentó el que parecía más sensato::
“Mi hermano que debía recogerme con la furgoneta  el primero y luego de camino para aquí recogeríamos a los demás, se ha quedado dormido y por eso hemos llegado tarde”
En todo el tiempo transcurrido solo se oía mi voz y la del otro, guardando todos silencio.
La mujer mayor, la viuda, que todo el tiempo había estado mirando a Amelia y a mí, dijo:
“Tengo otra hija que ha dado a luz y por eso no está, que es igual que tu (luego, al cabo de un tiempo, la conocimos: parecían gemelas), pero de lo que no tengo ninguna duda  es que vuestro padre manipuló todo lo sucedido esta mañana para conseguir que nos juntáramos todos, pero él no quiere salir de Madrid”.
Respondí convencido”
“Creo que tiene Ud. toda la razón”.
Me volví a Amelia y le dije:
“Tu padre quería veros a todos juntos, pero no salir de aquí”.
Así fue como se conocieron  y lo que es más importante, él pudo ya descansar en paz al encontrar a su hija tras décadas de búsqueda y de remordimientos.
¡Qué extrañas maneras tiene el destino para hacer realidad lo que nueve no quisieron y en ella el sueño de su vida, ahora con 46 años, de conocer a su padre.
Ellos jamás demostraron que eran hermanos.

                                        30.- LA FOTOGRAFIA…
Maite era una alemana de maravillosos ojos verdes, de mirada fija y penetrante que “reinaba en la barra de un bar”, según canta Sabina, que permanecía abierto hasta tarde en Cullera.
Delgada, alta y con un cuerpo escultural que para si hubiera deseado tener Esther Williams.
Y fue al final de un largo viaje en que pasé a visitar a un amigo y éste me condujo al bar con el comentario de que me iba a presentar a una alemana inolvidable.
Y era cierto lo que dijo: aquella alemana se ajustada cien por cien al tipo de mujer que me ha encantado toda la vida.
Pedimos pacharán y salió de la cocina un joven bastante calvo al que nos presentó como su novio
Tras las presentaciones, nos preguntó si habíamos cenado y al decir que no, se ofreció para hacernos una cena rápida y exquisita y vaya que lo hizo, felicitándole por su buena mano al guisar.
Así nos conocimos y a partir de ese día, cada vez que regresaba me pasaba por el bar y charlábamos mientras me bebía mi pacharán.
Vivía con su novio, unos 15 o 20 años más joven, en el chalet de ella en primera línea de la playa en el Marenyet, propiedad heredada por fallecimiento de su esposo, un adinerado alemán, muerto unos seis o siete años atrás con el que se había casado siendo ella muy joven.
Un día, el chef decidió cambiar de aires y para financiar su viaje se llevó de la casa todo lo de valor que pudo, entre otras cosas algunas obras de arte, joyas y toda la cubertería en plata maciza repujada que le había regalado el difunto marido por un cumpleaños.
Amén de cuanto efectivo había en la casa que no era poco.
Y un día, o dos, después aparezco por Cullera y ella me cuenta lo que ha sucedido y su miedo a que regresara, por lo que le aconsejé que cambiara la cerradura y formulara una denuncia ante la Guardia Civil.
Su respuesta me desconcertó cuando oí que prefería perderlo todo antes que dar ciertas explicaciones a las autoridades, entre ellas un arma de fuego.
No suelo hacer preguntas, así que dije que me pasaría el viernes cuando acabara de trabajar y le montaría una cerradura de calidad.
Y eso fue lo que hice.
Llego al bar sobre las siete, le pido la llave y me voy para su casa, donde empiezo a desmontar la cerradura vieja y a acoplar la nueva que era para dejar la puerta blindada.
Eso lleva su tiempo y más a un aficionado, pero no sé si porque desconfió, porque no se encontraba bien o por lo que fuera, el caso es que sobre las diez y media, o las once, veo aparecer  el coche y le explico lo que estaba haciendo.
Dice que se va a bañar en su piscina y eso hace mientras prosigo.
Aparece envuelta en una toalla y dice de subir a su dormitorio.
El caso es que termino y en vista de que no bajaba, subo y la encuentro desnuda por completo encima de la cama dormida y esa visión es la que me ha hecho afirmar más arriba que no tenía nada que envidiar a la nadadora citada.
A partir de eso momento, cada vez que viajaba por esa zona, pasaba a visitarla y ahí comenzó una buena relación que se fue asentando hasta que llegamos a la intimidad.
Muchas noches, cuando cerraban el bar nos íbamos juntos al chalet y después de bañarnos desnudos en la piscina, nos acostábamos.
Pero como yo trabajaba, me levantaba amaneciendo y me sentaba en aquella mesa de madera y era tan hermoso el paisaje al ver amanecer sobre el mar, que buscaba un papel, muchas veces una servilleta, otras una hoja de calendario y, más adelante, cuartillas que ella había comprado y describía lo que veía y los sentimientos que en mi despertaba.
La visión que tenia del conjunto era nocturna y por la mañana, con las prisas, ligera, aunque si me había dado cuenta que en una de las paredes colgaba un cuadro de un hombre mayor de pelo cano, con bigote también blanco y muy apuesto.
Era una fotografía enmarcada en un marco casi de lujo protegido por un cristal y del tamaño de un A-3.
Un sábado, que espere a que se despertara, al poco tiempo de relacionarnos y mientras ella desayunaba le pregunté si aquel del cuadro era su marido y respondió que sí.
Comenzó a hablar de él, de sus años de convivencia, de lo felices que fueron, que lo echaba de menos aunque habían pasado casi siete años y que la foto tenía más de doce años y se la hizo en un viaje a Alemania a ver a sus hijas.
Y siguió nuestra relación un tanto atípica porque yo vivía en Valencia y no podía ir cada noche a dormir con ella debido a que tenía que madrugar mucho para estar en el trabajo.
Una madrugada mientras amanecía y le estaba escribiendo como siempre que me iba, me fijo de forma accidental en el cuadro colgado de la pared y observo que la imagen estaba deteriorada como si se estuviera borrando por partes.
A la siguiente vez que voy a verla, cuando salimos del bar e íbamos camino de su casa, le comento lo del cuadro y dice que se lo explique cuando estemos allí.
Después del baño en la piscina, nos envolvemos en las toallas y pasamos al salón de la planta baja.
Y allí, enciendo todas las luces y le hago notar que se va difuminando la imagen del cuadro.
Noto que no se mueve y me vuelvo a mirarla y parecía una estatua de cera.
Le pregunto qué le ocurre y me dice que me lo dirá en otro momento.
No insistí y nos subimos al dormitorio, pero esa noche a ella le desaparecieron los deseos.
Sigo yendo cuando puedo y los fines de semana y al llegar al salón miraba el cuadro que poco a poco, se iba difuminando.
Era tan notorio el deterioro de la fotografía que una mañana, mientras ella dormía y antes de ponerme a escribir lo que me inspirara el amanecer, me acerco al cuadro, lo descuelgo y le doy la vuelta convencido de que podía ser ella la que manipulara la foto y darle la apariencia que iba adquiriendo
Lo dejo sobre una sella y me dedico a observar los tornillos y las patillas metálicas que sujetaban la plancha sobre la que estaba la fotografía, pues por delante estaba un cristal.
Aquellos tornillos estaban oxidados de años, cosa normal si tenemos en cuenta que estaba el chalet en primera línea del mar y las patillas lo mismo.
Me convencí que de intentar girarlas, alguna se habría roto, y que sería casi de todo punto imposible girarlas ni no se les añadía un desincrustante: tres en 1.
 Vuelvo a colgar el cuadro y me marcho descartando por completo una manipulación de la foto y entendiendo menos qué podía pasar a aquella imagen que se iba difuminando poco a poco
A la siguiente vez que nos reunimos, un 24 de diciembre, fue la primera Nochebuena con ella y cenamos embutidos alemanes, dulces de donde ella era y bebimos vino del Rin y otro dulce que no sé de donde era: vamos, qué no pasamos sed.
Además de alegrarnos el cuerpo y colorear la cara, desatascó las lenguas y cada uno de nosotros contó parte de sus vivencias y anécdotas de nuestras vidas.
Así me entere de los años que tenía, diez más que yo, y otras muchas cosas que solo nos importaban a los dos.
Y no sé por qué, fui yo el que sacó a relucir las transformaciones que detectaba en el cuadro y que para mi carecían de explicación racional.
Entonces ella se levantó, sacó una caja de madera y de ella una baraja española y empezó a echar las cartas, una tirada tras otra, sin decir nada.
Yo miraba entre sorprendido y escéptico dentro de una cierta alegría etílica por lo que habíamos bebido, pero le dejé hacer lo que quisiera sin un solo comentario.
Estuvo casi tres cuartos de horas tirando las cartas y sin mirarme, pero al final  volvió a meter las cartas en la pequeña caja de madera negra con incrustaciones en la tapa y me miró con fijeza.
Y comenzó a hablar.
“Mi marido estaba muy enamorado de mi y cuando ya estaba muy próximo a su muerte, en el hospital, me cogió de la mano y me dijo: “Maite, estaré a tu lado siempre hasta que te vuelvas a enamorar de otro hombre y cuando eso ocurra desapareceré de tu vida”
Me quedé perplejo y más cuando ella me miró, se levantó y se fundió en un fuerte abrazo mientras nos besábamos.
¿Cuánto duró eso?
No lo he sabido nunca, pero ella se separó con los ojos inundados de lágrimas y prosiguió hablando.
“Tu yo no viviremos juntos aunque te amo como no te imaginas, Raúl, porque tu dentro de poco vas a tener muchos problemas  y ya no podrás venir a verme”. (Así sucedió unos meses después)
“Tú estás enamorado de una mujer mayor que yo y tenéis intimidad, pero te dejará cuando empieces a tener problemas con tu corazón” (Tenia 16 más y sucedió exactamente así tras el devastador ataque al corazón del 88)
“Dentro de unos años, si logran salvarte la vida cuando suceda algo que no se, te operarán del corazón y empezarás a declinar” (En un cateterismo rompieron una coronaria y debido a la hemorragia solo tengo el 47,8% de capacidad pulmonar y se inició ya mi declive en octubre del 2000)
“Para entonces habré conocido a otro hombre con el que viviré aunque siga enamorada de ti y no pueda olvidarte”
Iba a hablar, cuando ella extendió la mano y me tapó la boca.
“Mientras podamos, vivamos intensamente porque lo que siento y me haces sentir, es maravilloso e inolvidable”.
Y seguimos bastantes meses aún y cada vez que llegaba al chalet del Marenyet miraba  la fotografía que de semana en semana se iba haciendo más difusa.
La antepenúltima vez que estuve allí, mientras ella dormía y amanecía, volví a descolgar el cuadro y con un desatornillador traté de que los tornillos se aflojaran y lo único que conseguí fue romper la cabeza de uno y de una de las patillas, lo que me confirmó que aquella fotografía estaba desapareciendo de forma misteriosa e inexplicable, tras haber permanecido  impecable desde que se hizo, unos años antes de fallecer él y tras siete años hasta que me conoció.
Y la última vez que estuve allí, estaba en blanco por completo.
No lo he contado a nadie hasta este momento y tras escribirlo y haber sido testigo directo sigo dándole vueltas en mi mente sobre cómo fue posible aquello.
 
31.- LA ESQUIRLA…
Maite, la alemana de Cullera de ojos fascinantes, que vivía en el Marenyet junto al mar, tenía una hermana que pasaba largas temporadas en España dado que desde muy joven se le concedió una pensión por incapacidad laboral a resultas de los trastornos que le producía un trozo de metralla que en un bombardeo durante la Segunda Guerra Mundial se le incrustó en el mastoideo izquierdo.
Se llama Jenny y era más entrada en carnes que Maite y aunque no hablaba nada de español, era todo un encanto de mujer derrochando sonrisas y una más  que acreditada paciencia para entenderse conmigo y mi alemán de andar por casa aprendido mientras trabajé de minero en Dorsfeld  y que por el tiempo pasado ya estaba más que oxidado.
 El trastorno de Jenny consistía en un constante dolor de cabeza con crisis periódicas de aumento del dolor que llegaban a privarle del sentido del equilibrio y tener dificultad de articular un lenguaje comprensible.
Había consultado a los mejores neurocirujanos alemanes y visitado las clínicas más acreditadas, pero todos los diagnósticos coincidían en que corría el riesgo de morir en la operación, además de que técnicamente no podrían operar sin dañar el cerebro, pues los dolores provenían porque la metralla presionaba en alguna zona del mismo y no había forma de averiguar en aquellos tiempos a qué profundidad estaba pues las radiografías no se veían claras y no podían realizarle resonancia magnética por el miedo a las consecuencias, por lo que nadie se atrevía a operar.
Maite tenía varias radiografías de su hermana y ellas se apreciaba el acero de la metralla en el cerebro o rozándolo, o metido, y detrás de la oreja estaba la cicatriz por donde penetró.
Jenny no se había casado porque cuando los dolores aumentaban el carácter se le agriaba y se hacía insoportable.
Había probado con marihuana, con hachís, con morfina y los dolores solo se le reducían un poco pero jamás desaparecían.
Y así estaba desde la Segunda Guerra Mundial.
Maite me hablaba sobre lo que sufría su hermana y lo impotente que se sentía por no poder hacer nada por ella, pues era desgarrador cuando la hermana casi aullaba por el dolor u ya daban por perdida toda esperanza de mejora y no digamos de curación.
 En una de mis visitas, allí estaba la hermana, le comente mi conversación con una familia de Ondara que para mí lo eran todo, en la que los padres me relataron la curación de los dolores de cabeza muy fuertes que padecía Ana, la hija, como consecuencia de la caída de un caballo cuando tendría unos 15 o 17 años.
Me contaron que de una forma accidental habían oído hablar de un curandero de Navarrés, cerca de Játiva, al que ya desesperados, y ante la absoluta ineficacia de los tratamientos que la medicina oficial les ofrecía, acudieron con la esperanza de que, por lo menos aliviara a su hija.
Comentó que la primera impresión que causaba, era un hombre casi anciano y arrugado como una pasa, era deprimente y que su fe se vino abajo cuando, después de sentar a Ana de forma que agarrara el respaldo de la silla con ambas manos y tras pedirle que se desabrochara un botón de la blusa, extendió sus manos y se escupió en ellas para a continuación frotarlas entre ellas.
Me comentó el padre que lo sujetó su mujer, porque ya intentó levantarse y acabar con aquella, así lo pensó, farsa.
Pero como si no vieran nada, los padres se callaron.
Comenzó a palpar la zona cervical e iba subiendo hasta introducir los dedos en el pelo y volvía a bajar los dedos.
Se quedó en un momento determinado quieto y a continuación  le pone una mano en la barbilla de Ana y la otra en un punto de las cervicales y realiza un giro violento de la cabeza que hizo gritar a la paciente tras oírse un chasquido de los huesos.
Sorprendidos los padres lo miran y escuchan que le dice a Ana que se levante y se abroche, que ya está curada.
Contaba la madre que ella y su marido se miraban incrédulos y que su sorpresa fue más grande aún cuando Ana de dirige a ellos y les dice que no le duele la cabeza y solo un poco el cuello.
Pagaron con generosidad al hombre y salieron camino a Ondara.
Ana tiene ahora 56 años y desde los  22 o 23 años que tendría entonces, no ha vuelto a sentir ningún dolor de cabeza.
Y esto es lo que le comenté a Maite y ella lo tradujo a su hermana.
Hablamos bastante sobre lo relatado y señalé que conocía a pastores que curaban problemas de hueso sin tener  idea de lo que es medicina, pero que el caso de la hermana no era precisamente lo mismo.
Cenamos, me despedí y regresé a Valencia.
No se los días que habían pasado desde aquella conversación, pero me llama Maite al trabajo y me dice que cuando pueda que vaya que quiere hablar conmigo.
Creo que fue esa misma tarde cuando me presenté en Cullera en el chalet de la playa.
 Después de las efusiones al llegar y mientras saboreaba  una cerveza negra alemana, Maite me comenta si tendría inconveniente en llevarlas a Navarrés para que el hombre aquel que se escupía en las manos mirara a su hermana.
Me pareció raro porque no era el mismo problema, pero aseguré que nada más hablara con los de Ondara y me dieran el teléfono de aquel hombre, si aún estaba vivo, concertaría una cita e iríamos.
Así lo hice y el hombre aún seguía vivo, por lo que le rogué una cita para un sábado a fin de acompañarlas si era posible
El hombre contestó que no veía inconveniente, pero que fuera por la tarde sobre las tres y media.
Dije que sin problemas y el sábado acordado me voy a Cullera, recojo a ambas hermanas y sobre las tres y cuarto ya estábamos en la puerta de la casa.
Era una casa muy antigua con puerta de madera pintada en marrón oscuro partida en dos por la mitad, más o menos, lo que me confirmó que por allí entraban animales hacia las cuadras.
Nos hizo pasar a una habitación toda encalada de blanco con las paredes desnudas de cuadros, estampas o imágenes, en la que había una cama turca con una colcha encima de dibujos, una mesa de madera marrón oscuro bastante rústica y cuatro sillas de madera con asiento de anea ya de un color propio de la pátina que los años acumulan.
 Encima de la mesa había una jarra de cristal sobre un plato blanco de loza y un vaso de agua bastante antiguo pero limpio.
Las presento, digo que una de ellas no habla nada de español y me pregunta que le ocurría.
Se lo explico y le digo que observe la cicatriz tras la oreja y que habíamos ido con la pretensión de que si era posible, le quitara el dolor.
El hombre en principio dice que el toca más cosas de huesos, pero que si está tan mal la mujer, que intentará rebajarle los dolores si no era capaz de quitárselos.
Maite había traído una radiografía y le dijo si quería darle una mirada, pero el hombre dijo que él no entendía nada de esas cosas y me pidió que le dijera a la mujer que se sentara mirando el respaldo de la silla con las piernas abiertas, llevaba pantalones cómodos, menos mal, que se cogiera al respaldo que iba a empezar dándole unos masajes.
Maite le dio en alemán las indicaciones a su hermana y esta se sentó como el hombre quería mientras nosotros pensábamos que sería un milagro si lograba rebajarle los dolores.
El hombre inicia el ritual y se escupe las manos, se las frota y toca suavemente por la zona de la cicatriz y luego revisa todo el cuello mientras le pregunta si le hace daño.
Maite traducía a velocidad y aquella contestaba que no sentía ningún dolor en la zona que el tocaba.
Dice que procure no moverse lo que le traduce la hermana, mientras el vuelve a escupirse las manos y frotárselas.
A continuación pone una mano sobre el lado derecho de la cara y la otra sobre el lado izquierdo sobre la oreja y la cicatriz donde comienza a frotar suavemente de arriba abajo Se para, coge la jarra de cristal y observo mientras echa agua en el vaso que le tiemblan las manos y  bebe un pequeño sorbo y a continuación vuelve a escupirse en las manos y se las frota.
Maite y yo nos miramos un tanto intrigados y el vuelve a colocar de nuevo cada una de sus manos en la posición de antes y continua con la izquierda frotando suavemente.
No le quitaba los ojos de la mano izquierda cuando noto que Maite me toca y me hace mirar la cara del hombre y me sorprendo al verlo con los ojos cerrados y un gesto de estar realizando un tremendo esfuerzo físico y sudando copiosamente.
Empieza a tener como temblores o espasmos y tanto Maite como yo comenzamos a alarmarnos cuando el hombre  separa la mano izquierda del mastoideo, estira el brazo y deja caer sobre el plato blanco de loza algo que produce un ruido metálico, lo que hizo que miráramos con rapidez el plato.
Me quedé paralizado porque encima del plato había un trozo de metal de unos tres centímetros de lago y un centímetro de grueso, siendo más o menos esas las medidas.
Noto un movimiento y es que el hombre se sienta en una silla junto a la ventana mientras miraba lo que allí había depositado.
Estaba extenuado físicamente, con el rostro desencajado, sudoroso y con los ojos entrecerrados.
Me levanté y nos acercamos Maite y yo a ver que le pasaba y hasta la hermana, que continuaba sentada en la silla, también miró sorprendida de lo que estaba viendo y preguntó, eso sí lo entendí, si el hombre estaba enfermo y Maite respondió que no.
El hombre se levanta, volvió a beber agua y comenzó a serenarse.
Ninguno de los allí presentes se había atrevido a tocar lo que estaba sobre el plato, pero todos lo miramos entre sorprendidos, perplejos e incrédulos.
Sin más le pregunté al hombre qué y cómo lo había hecho y su respuesta me dejó más desconcertado:”¡No lo sé!”.
Añadió que a través de sus manos había notado el sufrimiento de aquella mujer y se  aclamó a Dios en demanda de fuerza para ayudarla y que lo que le producía el dolor desapareciera.
Le contesté incrédulo que no podía ser, aunque en el plato seguía aquella pieza metálica atrayendo como un imán nuestros ojos y él respondió que en un instante dado notó en su mano algo duro que estaba pegado  detrás de la oreja, que lo cogió con los dedos y lo dejó sobre el plato.
Nos mirábamos unos a otros sin hablar y Maite se acercó a su hermana y le miró tras la oreja, pero allí no había ninguna herida.
Ninguno daba crédito a lo que estábamos contemplando y a lo sucedido, pero en el plato seguía aquel objeto metálico.
Maite estaba muda y tuve que tocarla y sugerirle que le preguntara a su hermana si notaba algo fuera de lo normal.   
Le habló y de pronto la hermana se levantó y en su cara, pálida como la de un muerto, se podía ver sorpresa, incredulidad y llevándose las manos a la cara rompió a llorar como una niña.
Yo no recuerdo haber visto un cuadro tan sobrecogedor como el que sucedió cuando ambas hermanas se abrazaron llorando convulsivamente.
El hombre las miró, cogió la jarra y llenó el vaso de agua y se lo bebió de un solo trago y s continuación inquirió: “¿Le duele la cabeza?”, frase que Maite tradujo a su hermana de cuya garganta salió un alarido, más que un grito de un “¡Nichtttt!” (¡Noooo!) que nos dejó sin habla.
Le dije al hombre lo que significaba y hasta cambio de expresión su cara de lo contento que estaba por haber ayudado a resolver un problema.
Y la metralla seguía allí como un dedo acusador encima de aquel plato blanco de loza como dicIéndonos ¡AQUÍ ESTOY Y SOY REAL!, así que extendí la mano y la cogí.
Sin ninguna duda aquello era de acero.
Ya más controladas ambas hermanas le pregunté al hombre qué le debíamos y oigo su voz aún  bastante tenue: “¡La voluntad!”
 Entre Maite y yo reunimos diez mil pesetas y el hombre dijo asombrado que era mucho dinero y no lo quería aceptar, por lo que al final dije que o las cogía o se las dejaba en la puerta de la calle. 
Nos despedimos de él y Jenny, lo abrazó y beso hasta llorar de agradecimiento.
Maite le prometió que volvería porque lo que había hecho aquel hombre no tenía precio.
Y sé que volvieron ellas solas y le dieron veinte mil pesetas más que el hombre se negaba a aceptar, pero se las dejaron encima de la mesa.
Mientras conducía de regreso no paraban de hablar ambas hermana y yo de mirar por el retrovisor la cara de aquella mujer y sus facciones que en un momento eran de incredulidad, otras de duda y también de miedo por si estaba soñando y la cruel realidad volvía.
Durante el viaje sugerí que para que no hubiera dudas al respecto, que solicitaran la realización de una radiografía en la misma posición  que la que llevamos para poder ponerlas una encima de la otra y ver si estaba la metralla o había desaparecido de su cabeza.
 Y así hicieron y nada más salir del radiólogo, me llamo por teléfono Maite para decirme que dentro de la cabeza de su hermana no había nada y que el dolor de cabeza no había vuelto.
Cuando volví por Cullera, Maite me comento que le había rogado al radiólogo que comparara una radiografía con la otra y que afirmó el profesional que ambas pertenecían a la misma persona al compararlas, siendo la diferencia en que en una se apreciaba un objeto metálico dentro y en la que otra, la que había hecho él, no aparecía nada en la cabeza.
Cuando el radiólogo preguntó dónde y cuándo la habían operado, Maite le relató lo sucedido y él cortó diciendo que no toleraba que le tomaran el pelo contando ese cuento, pero aquella también era de las tajantes y le respondió: “Créalo o no, así ha sucedido”
Sigo preguntándome cómo fue posible aquello que se realizó ante mis ojos.



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